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Historias
La líder birmana ha ganado las elecciones después de pasar 15 años sin libertad
13 Noviembre 2015 11:03
Michael Aris y Aung San Suu Kyi con uno de sus hijos
El pasado domingo, Aung San Suu Kyi ganó las elecciones en Myanmar (Birmania), por una aplastante mayoría. El 70% de los votos le dieron la victoria frente a la Junta Militar que gobernaba el país en una férrea dictadura desde 1989.
Suu Kyi fue puesta en libertad en 2010. Hasta entonces, en diferentes períodos de tiempo, estuvo 15 años privada de libertad, en la cárcel o en arresto domiciliario. El país no celebraba elecciones desde 1990. Entonces, Suu Kyi también las ganó, pero la dictadura jamás aceptó el resultado y puso a la líder demócrata entre rejas.
Sin embargo, el calvario de la líder birmana no se limitó a la pérdida de libertad. El verdadero dolor de Aung San Suu Kyi fue la elección de sacrificar su vida y la de los suyos por traer la democracia a su país. Una especie de Mandela birmana.

Suu Kyi el pasado domingo, tras vencer en las elecciones. Según el reglamento de la junta militar no podrá ser presidenta porque no está casada con un birmano. Ella ha respondido que si no es presidenta, gobernará el país en la sombra.
La historia de Suu Kyi es el relato de una apasionante y a la vez dolorosa historia de amor sin la cual no podría entenderse el inicio de la Transición en Birmania. Y, para Suu Kyi, la victoria del domingo también se debe a un hombre: Michael Aris, su marido y que murió sin poder despedirse de ella.
Suu Kyi era hija de Aung San, un general del ejército que en 1947 negoció la independencia de Birmania del imperio británico. En 1949, una revolución tumbó al gobierno que lideraba su padre. Cuando Suu Kyi tenía 8 años, él fue asesinado.
Al terminar la escuela en 1964, la madre de Suu Kyi, diplomática, la envió a estudiar a la Universidad de Oxford. Allí se graduó en Filosofía, Ciencias Políticas y Economía. Durante su estancia en la universidad conoció a Michael. Nacido en Cuba e hijo de diplomáticos, era un profesor especialista en cultura tibetana y había sido el tutor personal de los hijos del rey de Bután.
Después de una estancia de tres años en Naciones Unidas en Nueva York, Suu Kyi volvió a Inglaterra y se casó con Michael. Tuvieron dos hijos, Alexander y Kim, y trabajaban como profesores en la universidad.

Suu Kyi con sus hijos Alexander y Kim en la década de los 80
Según el testimonio de Michael, Suu Kyi se entregó por completo a sacar a su familia adelante. Era una ama de casa, con un trabajo, con una familia y con una vida sin escaseces. Y así podría haber pasado a la historia. Sin embargo, una llamada en 1988 cambió la vida de Suu Kyi para siempre. Su madre estaba enferma y los médicos se temían lo peor.
Suu Kyi viajó a Rangún con la idea de estar unas semanas con su madre y luego regresar con su familia. Sin embargo, durante su estancia, una revolución interna de los militares llevó al país a una gran convulsión.
Suu Kyi, que vivía alejada de la realidad de su pueblo en la comodidad de la vida de Inglaterra, pudo ver con sus propios ojos la represión y la violación de derechos humanos que la junta militar estaba ejecutando en el país. Siendo la hija del general que trajo la independencia al país, los partidarios de su padre acudieron a ella para que liderara un movimiento de oposición democrática.
Cambiar el destino de su pueblo y pasar a la historia, o dedicarse a su familia y pasar desapercibida
Ella llamó a Michael y le dijo que su estancia en Birmania se alargaría hasta que hubiera puesto las bases del movimiento democrático. Después tenía la intención de volver y continuar con su vida de profesora y madre. Pero nunca volvió.
Los acontecimientos hicieron que Suu Kyi se viera en una encrucijada a la que la había empujado la historia: cambiar el destino de su pueblo y pasar a la historia o dedicarse a su familia y a su trabajo. Elegir entre dos responsabilidades igualmente legítimas.
Ahora, los roles protagonistas se habían invertido. Michael pasaría a estar a la sombra y, como Suu Kyi reconoce, fue el principal apoyo para su lucha por la democracia en Birmania.
En 1989, Suu Kyi fue encerrada por primera vez. En 1990 ganó las elecciones, a las cuales la junta no dio legitimidad. Hasta 1995, privada de libertad, solo pudo encontrarse con Michael y sus hijos en cinco ocasiones. A partir de entonces no se vería con su marido nunca más.

En 2007, con Suu Kyi nuevamente en arresto domiciliario, los monjes budistas salieron a protestar pacíficamente en las calles de Rangún. La represión fue brutal. Su acción, sin embargo, dio un empujón a las fuerzas democráticas encabezadas por la líder birmana.
Michael dedicó aquellos años a promover en las instancias internacionales la causa democrática que su mujer llevaba a cabo en Birmania. En 1991 a Suu Kyi se le concedió el Premio Nobel de la Paz, que no pudo recoger hasta 20 años después, en 2011. Junto al Nobel, recibió numerosos reconocimientos internacionales.
La lucha de Michael se truncó en 1997, cuando le diagnosticaron un cáncer. El régimen negó el visado a Michael para ver a su mujer, a pesar de la intercesión de personalidades de la época como Juan Pablo II o Bill Clinton. Y a Suu Kyi los militares le dijeron que, si abandonaba el país, no podría regresar jamás.
En ese momento Suu Kyi quiso abandonar, volver a Inglaterra como había dicho en 1989. Pero, una vez más, Michael le dijo que ni se lo pensara, que su lugar estaba en Rangún. Todo el combate que ambos habían dado durante años no podía ser en vano.
El estado de Michael empeoró y, finalmente, murió en 1999. Suu Kyi hizo un vídeo para él con sus mejores galas en la Embajada británica de Rangún, en el que le decía todo lo que le quería y cómo, si no hubiera sido por un apoyo abnegado, ella jamás hubiera sido capaz de liderar el movimiento democrático en Birmania.
El vídeo llegó a Inglaterra dos días más tarde de la muerte de Michael, un héroe a la sombra de la democracia Birmana. El sacrificio de ambos tuvo el domingo el primer gran resultado.
Un precio a pagar mucho más alto que la cárcel
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