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Historias
Lo peligroso de Donald Trump no es que sea un racista, que no lo es. Lo peligroso es que, si gana, no sabrá que hacer.
04 Agosto 2016 06:00
En uno de sus viajes a su mansión de Mar-a-Lago, en Palm Beach (Florida), Donald Trump le pidió a su hijo Eric, de entonces 13 años, que le pusiera una película. Trump comenzó a verla y al cabo de unos 20 minutos se aburrió. Entonces sacó el VHS, lo guardó en su caja y cogió otra cinta. Colocó la nueva en el reproductor y le dio al play: se trataba Bloodsport, de Jean Claude Van Damme en la que el actor, como de costumbre, repartía hostias (casi) sin pausa. Sin intención de mostrar disimulo, Trump cogía el mando a distancia y se saltaba las escenas que pretendían explicar el nimio argumento, para pasar directamente a las hostias.
En ese vuelo, en algún momento de 1996, acompañaba a Trump el joven periodista del New Yorker Mark Singer. Singer estaba escribiendo un largo perfil sobre el excéntrico magnate. Ahora el texto se ha reeditado en el libro El Show de Trump (Debate). Probablemente sea uno de los documentos imprescindibles para entender la personalidad de un hombre que, con el mismo estilo que derrochaba en los años 80 y 90, se ha convertido en el principal candidato a la presidencia de EEUU.
Singer reconoce que en el avión, el 727 de Trump, se reía mientras miraba de reojo la película de Van Damme. Trump lo percibió, volteó la cabeza y le dijo algo así como:
—Sé que escribirás que me entretengo viendo películas de Van Damme y que paso rápido lo que no me interesa. Pero al menos sé honesto y reconoce que a ti también te gustó.
Trump, con toda la intención del mundo, pero queriendo aparentar un gesto involuntario, quería decir que era un hombre del pueblo. Rico sí —para demostrar que cualquiera podía llegar adonde él estaba— pero con gustos del pueblo al fin.
Brillo en los edificios y las zapatillas de Shaq'
Trump es un tipo que heredó una gran fortuna de su padre Fred, que ganó millones con promociones inmobiliarias en los estados de Nueva Jersey y Nueva York. Donald tomó el relevo y multiplicó el dinero gracias a la alquimia de los casinos. Transformaba el dinero que la gente perdía en las apuestas de Atlantic City en dinero para su bolsillo.
En las élites neoyorquinas nunca despertó admiración. De alguna manera, nunca formó parte de ellas. Lo consideraban un apestado que hacía dinero con el juego. Y con mal gusto. Mientras ellos leían el New York Times, Trump leía el New York Post. Jamás se avergonzaba por cosas así. Trump consideraba que el tabloide sensacionalista era, al fin, lo que la gente del pueblo leía, mientras que las élites solo usaban el Times como el adorno perfecto para el café del desayuno.
Cuando Singer le preguntó qué era lo que veía cuando se miraba en el espejo todas las mañanas, Trump contestó extrañado. Singer le aclaró la pregunta: se refería a si estaba cómodo consigo mismo. Trump le espetó, sin más rimbombancias: "La mejor compañía es un buen culo".
¿Que si estoy cómodo conmigo mismo? La mejor compañía es un buen culo (Trump)
Y así con todo. La colección de las ya conocidas trumpadas es casi infinita. Mientras en los apartamentos de las familias Rockefeller o Vanderbilt uno podía encontrar pollocks, kandisnkys y las últimas evoluciones del gusto, Trump incrustaba los suelos de mármol de Carrara y bañaba las lámparas y los pasamanos en oro. La idea era que todo fuese muy brillante. Singer también le preguntó por su fijación por el brillo. Trump respondió que eso era lo que a la gente le gustaba. Era lo que al pobre le gustaba de ser rico y, también en eso, él era un hombre del pueblo.
Así, cuando atendía a un magnate ruso para cerrar negocios en la Trump Tower de la Quinta Avenida, no le hablaba del cuadro de Renoir que decoraba su despacho. (Probablemente, Trump lo hubiera comprado por compromiso). Al revés, Trump le enseñaba las zapatillas con dedicatoria que el jugador de baloncesto Shaquille O'Neal le había regalado. O el cinturón de campeón de Mike Tyson, para entablar con su amigo ruso una apasionada conversación sobre qué boxeador era el que mejor pegaba en cada momento.
Por eso Trump tampoco hacía donaciones a las universidades más prestigiosas. Lo suyo fueron los concursos de Miss Universo o casarse con una de sus exesposas en uno de sus casinos en Atlantic City, Las Vegas de la Costa Este. En aquella ocasión, para celebrarlo, ordenó que el casino expidiera una ficha de cinco dólares. La gente le adoró. Años más tarde, el casino, como tantos otros de sus negocios, se fue al garete.
El rey de los buscavidas
Uno de los motivos por los que las élites empresariales de Nueva York siempre le han criticado es por su constante propensión a la mentira.
En una ocasión, con Singer delante, Trump atendió una llamada. En la conversación aseguraba que había cerrado un trato para la instalación de una estatua de Cristóbal Colón en Nueva York más grande que la Estatua de la Libertad. La estatua se había encargado a un artista ruso, Zurab Tsereteli, reconocido mundialmente. Trump afirmaba que la cabeza ya estaba en ruta hacia Estados Unidos. Cristóbal Colón aún está esperando a asomar en el skyline de Manhattan, porque el coloso terminó plantado en Puerto Rico.
Con escenas como esta, Trump se proyectaba como el clásico buscavidas que es capaz de engañar a su jefe con que ha conseguido un cliente que hará en la empresa una inversión millonaria. Es la clase de persona que transmite entusiasmo con la misma facilidad con que, en el día acordado para una falsa reunión, anuncia la suspensión de la misma debido a un imprevisto de última hora. Trump es también el hijo que no ha estudiado nada durante el año y que le dice a su padre que ha aprobado todas las asignaturas. Y, acto seguido, le hace un obsequio al profesor para que le ponga el aprobado sobre el suspenso.
El magnate defendía su patrimonio neto en unos 2.500 millones de dólares. Cálculos posteriores de periodistas de investigación situaron su fortuna en no más de 250 millones
Este estilo negociador, canalla y aprovechado, acompañado de una labia fascinante y una confianza en sí mismo arrolladora, ha hecho que nunca se haya derrumbado. Y esto, a pesar de los obvios fracasos que le ha acarreado esta manera de hacer negocios. A veces, el soborno al profesor funciona. Otras veces, no.
Que se sepan, sus fracasos han sido Trump Beverages, Trump Airlines, Trump: The Game (un videojuego), Trump Entertainment Resorts Inc. (casinos y salas de juegos), Trump magazine, Trump Mortgage, Trump Steaks, GoTrump.com (de viajes online), Trumpnet (de telecomunicaciones), Trump Tower Tampa, Trump University, Trump Vodka.
El magnate defendía su patrimonio neto en unos 2.500 millones de dólares. Cálculos posteriores de periodistas de investigación situaron su fortuna en no más de 250 millones. La apariencia, claro, no engañaba. En algunos momentos de su carrera llegó a deber 800 millones a los prestamistas —los bancos también le han atacado a lo largo de su carrera— y en horas bajas también tuvo que vender su preciado 727, decorado con su particular gusto, que más tarde recuperó.
Trabaja como yo y serás como yo
Como no podía ser de otra manera, todas las empresas que fracasaron y las que le han traído riqueza llevan su nombre. El mundo comienza y termina en él. Trump se levanta a las 5:30 de la mañana, duerme cuatro horas en las que descansan él y los demás, y a las 7 de la mañana está en el despacho, como si quisiera demostrar que hacerse rico no es una cosa de vagos y niños de papá (aunque él, claro, lo fue).
No ve a su mujer por la mañana. Tampoco lo hace la mayoría del tiempo. El mensaje a sus parejas (se ha casado tres veces) es claro: no pasaré tiempo contigo, pero llevarás una vida que está al alcance de muy pocos. Comerás ostras en el mejor restaurante de París un día, para estar al siguiente en un jacuzzi en Mar-a-lago y escuchar luego un concierto privado de Julio Iglesias.
El resto del tiempo, se dedica a cuidar a su personaje, que ya es indisociable de la persona. Y con ello, pontifica a los jóvenes embriones de empresarios en shows de televisión como The Apprentice. En ocasiones escribe libros —a través de escritores fantasma— para enseñar a liderar. O a negociar.
Trump es el tipo que te recibe en su despacho y te suelta consejos para enmarcar, como cuando tu padre en una cena navideña se arranca con “en el mundo hay dos tipos de personas...”
¿El reconocimiento total? Cuando a los nigerianos de la esquina, que no hablan inglés, te gritan '¡Trump, Trump!' Ese es el reconocimiento total (Trump)
Cuenta Singer que le dijo: “¿Quieres saber lo que es el reconocimiento total? Te diré: cuando ya puedes estar seguro de que lo tienes. Cuando a los nigerianos de la esquina, que no hablan inglés, que no saben donde están parados, que están vendiendo relojes para algún tipo en Nueva Jersey, los pasas en la calle y te gritan ¡Trump, Trump! Ese es el reconocimiento total”.
Y escuchándose a sí mismo, proseguiría: “Hay que conocer a los nigerianos de la esquina”. Lejos de quedarse en palabras, se encarga con detalle de que eso suceda. Su conexión con el pueblo, más allá de su estilo de vida aspiracional, es real. Trump es el tipo que pide al chófer que detenga la limusina delante de los chicos que recogen la basura de la Trump Tower de Nueva York, para soltarles el clásico: “Así me gusta muchachos, seguid así que váis a trabajar muchos años en esta empresa”.
La reacción inmediata es la adoración del tipo de la basura hacia el magnate que supuestamente tendría que tratarle mal. La siguiente es el deseo de tener esa limusina con tapicería blanca y acabados dorados. Y lo tercero es votarle en las elecciones.
No es un tipo peligroso
Este párrafo de Singer resume mejor que nada al actual candidato:
“Desde luego, el Trump del retorno es el mismo de los años ochenta; no hay un nuevo Trump como nunca hubo un nuevo Nixon. Más bien siempre ha habido varios Trump: un adicto a la hipérbole, que tergiversa por diversión y en beneficio propio; el experimentado constructor cuya atención al detalle asombra a sus socios; el narciso, cuyo ensimismamiento, sin embargo, su mortífera capacidad para explotar las debilidades de los demás; el perpetuo adolescente de 17 años que vive en un mundo de suma cero, donde solo hay ganadores y perdedores totales, amigos leales y completos canallas; el insaciable cazador de publicidad que a diario corteja a la prensa, a cuyos mensajeros, sin embargo, califica como basura humana si no le gusta lo que publican; el presidente y el principal accionista de una empresa pública de miles de millones de dólares, incapaz de resistir la tentación de pronosticar ganancias en exceso optimistas y que no llegan a materializarse, lo que merma el valor de su inversión; en resumen un hombre a la vez resbaloso e ingenuo; calculador hábil, ciego, sin embargo, ante las consecuencias.”
Como coinciden Singer y otros analistas en medios como The Atlantic, Trump no es un tipo peligroso. Al menos no lo es por lo que la mayoría de gente piensa. El magnate no es xenófobo ni antiinmigración. Pero siente una necesidad innata de llamar la atención. Y la reacción más inteligente ante cualquier anuncio de muro en México debería ser la que provoca una payasada, o una trumpada: la risa.
Sin embargo, lo realmente peligroso está en que Trump primero quería dar cera a quienes se reían de que él no iba a tener una carrera política. Su adicción a litigar y a la revancha es inmemorial. Y luego, cuando vio que le iba bien, quiso ganar a las familias que tradicionalmente habían llevado la política en Washington. Ahora, lo que quiere, por lo menos, es no perder las elecciones. El problema es que, si las gana, luego no sabrá qué hacer.
En este caso, las consecuencias de su fracaso no serían broncas con el Chase Manhattan Bank o con los adictos al juego de Atlantic City.
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