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Historias
José Ignacio no quería reconocer lo que le pasó de pequeño y vivió toda su vida como si eso no hubiera pasado. Las secuelas, sin embargo, no le dejaron en paz
01 Junio 2016 06:00
Este es el segundo de una serie de tres testimonios documentados de víctimas de abusos sexuales cuando eran menores, o de personas relacionadas con niños que han sufrido abuso sexual. Ellos relatan el calvario que han vivido con la justicia en España. A su juicio, nadie quiere reconocer la desagradable realidad de los abusos. Y esto se traduciría en médicos y jueces que terminan por despreciar a quienes denuncian.
La siguiente historia la cuenta José Ignacio, víctima de abusos sexuales en su casa y en la escuela:
El infierno comenzó muchos años después. Yo vivía como una persona que no había tenido abusos. Hasta que en un trabajo, una situación de acoso laboral provocó que tuviera reacciones emocionales extrañas.
Tenía 36 años. Pedí ayuda a una amiga que conocía a un psicólogo. Haciendo relajaciones comencé a recordarlo todo. Lo primero que recordé es que a los 5 años habían abusado de mí en el colegio. Un bedel me violó brutalmente. Lo había olvidado por completo y tenía la sensación de estar volviéndome loco, de pensar que esos recuerdos y esas imágenes que reconstruía de manera coherente no podían ser ciertas.
Pero sí lo eran: habían abusado de mí.
La terapia psicológica, sobre todo en grupo, me hizo consciente de que no estaba loco y que no era al único al que eso le pasaba. No era un marciano.
Más tarde entendí que la sensación que tuve de niño cuando me pasó eso es que me quería morir. No sabía cómo reaccionar a esa violación: lo único que sabía era eso, que no quería existir. Tampoco quería contárselo a nadie, porque además me sentía culpable. Yo solo repetía todos los días que no quería ir al colegio y me pasé la infancia vomitando el desayuno. Era un manojo de nervios contenido que me iba autodestruyendo.
Mis padres no detectaron nada. Si lo hubieran hecho, al menos mi padre, me hubiera dicho que lo que me pasaba no era verdad.
Como no podía soportar mi propia existencia, decidí vivir como si aquello no hubiera pasado para seguir adelante. Mi cerebro hizo click y me dije: Esto no te ha pasado a ti
Como no podía soportar mi propia existencia, decidí vivir como si aquello no hubiera pasado para seguir adelante. Mi cerebro hizo click y me dije: "Esto no te ha pasado a ti". Si lo recordaba, me moría. Solo que eso era algo imposible de ocultar, porque las secuelas estaban ahí.
A través de reconstruir mis recuerdos, ahora sé también que mi padre abusó de mí dos o tres veces veces, con tocamientos, cuando tenía 2 años. Conseguí explicarme todas las reacciones extrañas que tenía de mayor: en general, desconfiaba mucho de la gente, era inseguro, no tenía autoestima... Me odiaba a mí mismo porque me hubieran pasado cosas que no eran mi culpa, por no haberlo evitado, por no haber sido más fuerte...
Todo eso nació porque la persona que se suponía que tenía que quererme más y protegerme, mi padre, me traicionó. Es algo que nunca quise ver, algo difícil de aceptar, hasta que de mayor, me enfrenté a la realidad.

Ahora han pasado muchos años y gracias a la ayuda de psicólogos y de gente buena estoy completamente recuperado. Sin embargo, me ha costado mucho ver el sexo como algo que se disfruta. En cierta manera, identifico el sexo como peligro y solo puedo tener relaciones sexuales con personas con las que tengo una gran confianza.
Ahora estoy soltero y solo he tenido una pareja con la que he tenido una relación. Lo que me pasaba es que yo convertía esa relación en insoportable porque creía que yo no era merecedor de nada bueno, me castigaba y lo tenía que dinamitar todo. Yo tenía muchas fobias, inseguridades, faltas de confianza... Y ella sacó adelante la relación con mucho tacto y amor, hasta que se terminó.
Nunca he denunciado a mis agresores. Para empezar, porque mi padre está muerto y los delitos han prescrito. Y porque los abusos sexuales a menores se ven como se veía la violación en España hace 30 años: es una realidad que no se quiere reconocer. Antes se decía a la mujer que era una exagerada, que esas cosas no pasaban, que algo habrá hecho para que la violasen...
Lo mismo pasa con la pederastia: no sirve de nada denunciar porque te hacen sentir culpable a ti. Si a mi hijo le abusaran sexualmente, le señalarían a él y no querría agravar su sufrimiento.
Los abusos sexuales a menores se ven como se veía la violación en España hace 30 años: es una realidad que no se quiere reconocer. El 87% de abusos ocurren dentro de la familia y nadie quiere creérselo
En España, incluso los jueces quitan la custodia de los hijos a madres que denuncian que sus exparejas abusan de los niños. Les dicen que están locas porque hay un gran tabú que no se quiere reconocer: que el 87% de abusos sexuales se producen dentro de la familia . Es una realidad tan desagradable que no quieren creérsela. Pero, por eso, muchos niños terminan viviendo con sus abusadores.
Cuando se trata del cura o el maestro, la gente aún reacciona. Pero reconocer que eso pasa en muchas familias es algo diferente.
Después del tiempo, hablando con mi madre sobre todo lo que pasó y de lo que no tenía ni idea, me dijo que mi padre también había sido abusado de pequeño. Solo que en su época se veía un abuso sexual a un menor como que un chico se hace un hombre. Un niño de 7 años se hace un hombre porque una mujer madura abuse de él. Es demencial.
Y con ese tabú y esa negación hemos vivido mucho tiempo, y todavía hoy. Es un camino muy largo y doloroso. A las propias víctimas —a mí— me ha costado 40 años reconocer esta realidad de lo que me pasó y dejar de huir hacia adelante. Pero enfrentarme a ella es lo único que podía hacer para estar bien y entender por qué he sido como soy.
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