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Artículo Disney en la vida real: el asombroso mundo de la empatía animal Historias

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Disney en la vida real: el asombroso mundo de la empatía animal

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Sí, los animales piensan, sienten, expresan emociones y tienen una vida moral, exactamente igual que tú. Carl Safina nos lo recuerda de manera magistral en su nuevo libro, Beyond Words

Luis M. Rodríguez

19 Octubre 2015 06:00

Olvídate por un día de perretes y gatitos. Piensa en delfines. Si te pidieramos adjetivos para describirlos, ¿qué te vendría a la cabeza? Puede que estés pensando en cosas como "adorables", "amigables", "risueños", "juguetones", pero... ¿y compasivos?

Pues parece que lo son.

Denise Herzing y su equipo llevan décadas estudiando a los delfines que pueblan las aguas de Bahamas. Cada año, al comienzo de sus estudios de campo, los delfines habían celebrado de manera jubilosa la llegada de aquellos humanos. A Herzing le gusta referirse a esos reencuentros como "una reunión de amigos". Pero un año algo cambió.

Cuando el equipo llegó en su embarcación, los defines no se acercaban. Se comportaban de una manera inusualmente fría, distante. Mientras el investigador jefe de la expedición intentaba interpretar desde el agua la frialdad de los cetáceos, sus compañeros descubrieron con estupor que uno de los tripulantes había fallecido en su litera.


¿Habían sido capaces aquellos delfines de sentir la presencia del humano fallecido? ¿En su manera de actuar, estaban demostrando empatía hacia la situación que vivían sus amigos humanos?


Cuenta Herzig que tan pronto como el barco puso rumbo a puerto para depositar el cuerpo, "los delfines se acercaron a la nave, no surfeando las olas en proa, como acostumbran, sino guardando los flancos a unos cincuenta pies de distancia, formando una especie de escolta". Nunca antes se habían comportado así.

¿Habían sido capaces aquellos delfines de sentir la presencia del fallecido? ¿Estaban empatizando con el dolor humano por aquella pérdida? ¿Aquella formación a ambos lados del barco, era su versión de nuestro séquito funerario?



Esa extraña escena y otras parecidas elevan toda una serie de preguntas que laten en el corazón de Beyond Words: What Animals Think and Feel, el nuevo libro del conservacionista y divulgador científico Carl Safina.

La finalidad de la obra es clara: convencer, a partir de décadas de observaciones de campo e investigaciones científicas en materia de neurología y estudios del cerebro, de que la consciencia, la emoción, la empatía e incluso la moral no son rasgos exclusivos del hombre.

"Esta vez me permití preguntar esa cuestión que para un científico es la fruta prohibida", escribe Safina.

La pregunta es un simple "¿Quién eres tú?", y no va dirigida a uno mismo, sino a las bestias.

Del "qué" al "quién". Simple.

Un sencillo cambio de pronombre puede alterar el sentido de todo un discurso.


En su libro Beyond Words, el conservacionista Carl Safina hilvana una narración amena trufada de datos científicos y anécdotas que nos invitan a reconsiderar nuestra visión del mundo animal. Su tesis: la consciencia, la emoción, la empatía e incluso la moral no son rasgos exclusivos del hombre


Parecidos razonables

Piensa en tus emociones complejas y luego piensa en tus parientes más lejanos, en aquellos Homo habilis que se pasearon por la Tierra hace millón y medio de años. ¿Eran aquellos homínidos capaces de sentir la angustia, el miedo, la pena o la ira de la misma manera que tú? Por supuesto que no. ¿Pero sentían? Seguro. Algo sentían.

El repertorio de lo que hoy consideramos las emociones humanas básicas empezó a desarrollarse hace tanto tiempo que sus rastros se perciben hasta en las criaturas más humildes cuando se abordan desde la perspectiva de la neurociencia afectiva.



Sustancias similares a nuestra oxitocina —hormona involucrada en el reconocimiento y el establecimiento de relaciones sociales, en la formación de relaciones de confianza y generosidad— están presente en prácticamente todos los vertebrados. Algunos biólogos estiman que los genes que dirigen la producción de la hormona podrían haberse originado hace más de 700 millones de años. Precede al hombre.


Para el divulgador científico, un acercamiento a las emociones desde un punto de vista evolutivo nos puede ayudar a ver de manera distinta hasta a las criaturas más sencillas


El origen de la serotonina parece igual de remoto. Se ha demostrado que cangrejos de río sometidos a situaciones de estrés registran niveles altos de serotonina y se comportan de forma ansiosa. Cuando se le trata con clordiazepóxido —un ansiolítico común en el tratamiento de nuestra ansiedad—, el cangrejo se tranquiliza. Reacciona de forma muy similar al humano.

Para Safina, un acercamiento a las emociones desde un punto de vista evolutivo nos puede ayudar a ver de manera distinta hasta a las criaturas más sencillas, empezando por aquellos gusanos de tierra que Darwin retrató como seres dignos de ser llamados inteligentes.

El foco de Beyond Words, sin embargo, está en tres grandes mamíferos, todos ellos amenazados: elefantes africanos, lobos y orcas del Pacífico. Criaturas dotadas con cerebros grandes. Y ahí, las anécdotas que comparte Safina pintan un retrato de inteligencia emocional que cuesta ignorar.

Naturaleza Disney

Cynthia Moss lleva cuatro décadas conviviendo con los elefantes del Parque Nacional Amboseli (Kenia). Pocas personas saben más que ella sobre esas criaturas. Y quizás por eso, ella evita a toda costa la trampa del antropomorfismo: cuando mira a sus elefantes, no ve a animales comportándose "como nosotros". No quiere compararlos con la gente. Porque el humano, opina, no debería ser la medida de todas las cosas.

Lo cierto es que cuesta caer en esa trampa.

Cuando Moss relata la pataleta de un paquidermo bebé que, en el momento de ser destetado, grita y trompetea para reclamar la atención de su madre, es imposible no pensar en la reacción de un niño con ganas de pecho. Al final, frustrado, el elefantito le clava levemente el colmillo en el culo a la madre, le da una patada y se larga desconsolado. Igual que un crío enfurruñado.


La apuesta de Safina es alterar esa cosmovisión natural del hombre según la cual el mundo es explicado como un medio cuya relación con el humano se explica en términos de utilidad. Frente a eso, su apuesta es el sensocentrismo, la atención a todo lo "sintiente"



Otras escenas transmiten la misma sensación de estar ante animales benévolos y de sentimientos nobles; tan afables y piadosos que parecen caricaturas exacervadamente benignas de sí mismos, como si hubieran salido de la mente humanizante de un dibujante de Disney.

Como cuando unos guardas descubrieron con sorpresa que un grupo de elefantes habían tomado bajo su protección a una excursionista perdida en mitad de la sabana. Los animales habían llegado a construir una especie de jaula a base de ramas alrededor de la persona para protegerla de las hienas.

O como cuando Dough Smith nos habla del carácter noble y piadoso de 21, el mejor lobo que haya pisado Yellostone desde la reintroducción de los cánidos en el parque en 1995.

21 era un ejemplar grande y valeroso, capaz de derrotar al más pintado en cualquier pelea. Pero lo que le diferenciaba del resto no era su fuerza, sino su magnanimidad: 21 jamás perdió una pelea, pero nunca se ensañó hasta la muerte con ninguno de sus contrincantes.


Elefantes que socorren a humanos y los protegen de otros animales, lobos con capacidad para fingir que pierden peleas... Safina recopila evidencias que apuntan a los grandes mamíferos como animales con consciencia y capacidad para sentir empatía


Cuenta Smith que otra de las características de aquel macho magnífico era la manera en la que le gustaba pelearse en broma, como un juego, con los lobos pequeños de su grupo.

A 21 le gustaba dejarse ganar. Le gustaba fingir que perdía, para disfrutar viendo la satisfacción de aquellos pequeños, que se subían sobre su tripa con expresión triunfante mientras él yacía patas arriba.

Para el experto en lobos Rick McIntyre, "esa habilidad de fingir muestra que comprendes la manera en que tus acciones son percibidas por los otros. Indica un alto grado de inteligencia". ¿Alguien lo duda?



A través de los ojos de Moss, Safina relata con detalle la vida social de los elefantes de Amboseli. Una vida organizada en grandes familias que hace que los animales hayan desarrollado una excelente memoria, hasta el punto de reconocer y recordar a más de 1.000 individuos, presentes y pasados, de los diferentes clanes con los que llegan a interactuar. Y esas relaciones sociales dan lugar a lazos emocionales claros.

Moss describe escenas en las que todo un clan ajusta el ritmo de su paso a las necesidades de algún individuo enfermo o lisiado. Elefantes hembra velando durante días a una amiga moribunda. Escenas de luto en las que todos los miembros de un clan y sus amigos cercanos visitan el cuerpo de un fallecido a los pocos días de su muerte, como si acudieran a darle el último adiós.

Su empatía es tal que, en ocasiones, entierran a sus muertos y peregrinan luego de manera regular hasta los restos de la matriarca fallecida, regalándole gestos —trompas que "acarician" los colmillos y los huesos del desaparecido— que no cuesta identificar como muestras de cariño.


Los elefentes hembras pueden mostrar interés por el sexo más allá de su función reproductiva. A veces fingen estar en celo para atraer a los machos


Los parecidos con el hombre van más allá de su manera de lidiar con la amistad, la familia y la muerte. Los elefantes del Amboseli no conocen el amor romántico o los celos, pero sí el cosquilleo del sexo por el sexo. En ocasiones, las hembras pueden llegar a fingir estar en celo —sin estarlo— para atraer a los machos. Simplemente quieren mambo.

Algo parecido sucede con las orcas: permanecen sexualmente activas incluso después de la menopausia.



Estas y otras observaciones le sirven a Safina como argumentos para reclamar algo que sonará a perogrullo al oído de cualquiera que tenga mascotas, y que, sin embargo, ha sido tabú entre ciertos estamentos científicos hasta hace bien poco: los animales tienen conciencia, piensan, sienten y demuestran empatía hacia los sentimientos ajenos.

Tienen, en definitiva, una vida interior que no podemos negar.

Porque, ¿qué pensar de una gorila que pasa varios días de luto por la muerte de su bebé? ¿O de una ballena jorobada que eleva a una foca fuera del agua para evitar que sea devorada por orcas? ¿O de unas ratas que se niegan a empujar la palanca del dispositivo que puede facilitarles comida durante un experimento cuando ven que haciéndolo dañan a otra rata?

Cuestión de perspectiva

A lo largo del libro, Safina defiende una tesis que puede sonar extraña frente a los discursos científicos de perspectiva antropocentrista: antes de la llamada "domesticación de las plantas" y la invención de la escritura, las diferencias entre las sociedades humanas y las de mamíferos inteligentes como elefantes, lobos, ballenas o delfines eran una cuestión de grado, no de clase. Pero, y ahora, ¿lo siguen siendo?

Beyond Words compila evidencias que sugieren que sí, que existe una continuidad entre el cerebro de los animales no humanos y los seres humanos. Y a la luz de esas evidencias, el autor se pregunta: ¿por qué nos ha costado tanto tiempo prestar atención a esto?


¿Evitamos reconocer la vida mental de los animales para que nos resulte más fácil poder abusar de ellos?


¿Quizás es que nuestros egos se sienten amenazados ante la idea de que otros seres también puedan pensar y sentir, convirtiendo nuestro rasgo especial, la base de nuestra humanidad diferenciadora, en algo menos exclusivo y menos representativo de lo que nos gusta creer?

¿Es porque reconocer la vida mental de otros hace más difícil que podamos abusar de ellos?



El deseo último de Safina es alterar esa cosmovisión natural del hombre según la cual el mundo es entendido como un medio ambiente cuya relación con el humano se explica en términos de utilidad. Frente a eso, su apuesta es el sensocentrismo, la atención a todo lo "sintiente".

Somos claramente diferentes a otros animales, pero necesitamos reevaluar el cómo y el por qué de esas diferencias. Aprender a ver a esas criaturas como lo que son: individuos con personalidades definidas, seres biológicos poseedores de angustias y de ambiciones, capaces de comportarse de forma altruista, de sentir pena, lástima ante el dolor ajeno, celos...

Pasar del "qué" al "quién", con las implicaciones que eso tiene, o debería tener, en los hábitos, en las actitudes y en las decisiones de nuestra vida diaria en relación con el mundo animal, empezando por nuestra dieta.

La pregunta ya no es "¿Qué comes?", sino más bien: "¿A quién te estás comiendo?".



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