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Pervert Park: el barrio donde todos los vecinos son pederastas

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"Conviviendo con ellos sentí miedo, pena, decepción e ira. Pero al mismo tiempo sentí compasión, amistad e incluso simpatía"

Rafa Martí

03 Junio 2016 06:00

El padre de Tracy y un amigo suyo la violaron repetidas veces cuando ella era pequeña. Después de quedarse embarazada por otro hombre y tirada en la calle, conoció a un chico que, como ella misma dice, “era el hombre que todas desearíamos para nuestras hijas”. Sin embargo, ella se sentía culpable por estar con una persona buena. Se daba a la bebida a escondidas. Su hijo tenía 2 años y ella terminó por dejar a su pareja. “No me lo merecía”, pensaba.  

Puede parecer una locura, pero Tracy volvió a casa de su padre. Y, entre lágrimas, reconoce que volvió a dormir con él. “Aunque parezca incomprensible, no odio a mi padre”, asegura.

El tiempo pasó y conoció a un hombre en un foro nudista en internet. Ese hombre le prometió que la sacaría del infierno escondido que vivía con su padre, pero con una condición: Tracy tenía que acostarse delante de él con su propio hijo, Dustin, de 8 años. Tracy dijo que no. Pero la insistencia del otro en conseguir el consentimiento del niño terminaron porque cometiera el mayor error de su vida.

Lo que vino después fueron 11 años de cárcel por abuso sexual a un menor, y que su hijo llegara a reconocer a sus amigos que él ya sabía lo que era el sexo porque se había acostado con su madre.

Al salir de la cárcel, Tracy terminó en el Florida Justice Transitions (FJT), una pequeña comunidad de Saint Petersburg, en Florida, donde todos los vecinos han abusado de menores y han sido condenados por ello. Su historia es solo una de las que cuenta el impactante documental Pervert Park, producido por los daneses Frida y Lasse Barkfors. La pareja rodó el documental en 2014 y después de recorrer diferentes festivales, se estrena en la PBS de EEUU en julio.



“Puede que nos asustemos, pero no podemos mirar las cosas en blanco y negro ni clasificar a la gente entre buena y mala” —dice Frida en conversación telefónica. “Si nos limitamos a decir que son malos nos olvidamos de que también han sido víctimas y solo perpetuamos el problema”, continúa.

El FJT nació en 1996 por iniciativa de la madre de un pederasta. Nancy Morais veía que su hijo había cometido un error, pero que al salir de la cárcel no podía vivir en sociedad.

Para empezar, porque todos los agresores sexuales en EEUU pasan a formar parte de un registro público con foto, descripción y la etiqueta de “Sex offender” o “Sex predator” para toda la vida. Este registro público puede incluso localizarles geográficamente —a través de apps móviles— por las pulseras que están obligados a llevar después de la cárcel. El registro sirve tanto a los vecinos para no dirigirles la palabra o lincharlos, como a las empresas para no darles un trabajo.

Además, las cláusulas de libertad de todos los pederastas en EEUU imponen que no pueden acercarse a menos de 300 metros de una escuela, un parque o una parada de autobús.




En definitiva, su vida en sociedad después de la cárcel se convierte en algo casi imposible. Muchos de ellos terminan nuevamente en la cárcel por cometer otro tipo de delitos que cometen en esta situación de marginalidad.

Y, para ellos, el FJT es un pequeño paraíso. Un paraíso, sin embargo, que se parece más a una triste fiesta de barbacoa en el patio de hormigón de un motel de carretera con una piscina sin agua: calles mal asfaltadas, casas móviles de mala calidad, banderas estadounidenses hechas jirones ondeando en el aire gris, salas comunitarias con luz florescente parpadeante y sillas de plástico.

Los habitantes del Pervert Park tampoco desentonan con el cuadro: los protagonistas del documental podrían estar sacados perfectamente de un muestrario del white trash del sur de EEUU.

Pasear por las calles de este poblado podría ser lo más parecido a una película de terror. Pero, en el fondo, solo son personas. Frida dice: “Yo soy madre de una niña pequeña. Conviviendo con ellos sentí miedo, pena, decepción e ira. Pero al mismo tiempo sentí compasión, amistad e incluso simpatía”.

Todos, sin excepción, han abusado de niños. Todos, sin excepción, se sienten culpables y terriblemente arrepentidos de lo que hicieron. “Quieren una segunda oportunidad para vivir en sociedad y, al mismo tiempo, ser parte de la solución”, dice Morais, la fundadora.



En el FJT, al que han llegado voluntariamente, tienen sesiones de terapia psicológica y conviven entre ellos en actividades lúdicas, en barbacoas y en talleres de formación. Son una sociedad paralela aprobada por la administración, y una especie de trapo para limpiar su expediente. Su paso por el FJT puede abrirles más puertas de cara a encontrar un trabajo, por ejemplo.

Uno de los protagonistas, Bill, dice: “Somos 120 personas que tenemos la responsabilidad de contar que somos seres humanos y de romper el tabú sobre nosotros. Si no lo contamos nosotros mismos, no van a escuchar a nadie y el problema va a continuar”.

Con una tasa de pederastas reincidentes en delitos sexuales del 5% en EEUU, solo el 1% de las personas que han vivido en el Pervert Park ha vuelto a cometer este tipo de delitos. Su integración social, por tanto, funciona. 

Al final, lo que viene a decir el documental es que las duras condiciones por las que han pasado en la vida no son un justificante de lo que hicieron. Pero lo que hicieron tampoco los convierte en monstruos de por vida. De hecho, su marginación solo perpetúa el problema.

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