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Huyó de un marido maltratador, ahora es especialista en películas de acción

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La vida de Geeta Tandon es una nueva versión del clásico de Cenicienta, esta vez con un montón de dinamita

26 Agosto 2016 09:45

Geeta Tandon es la mujer que cae rodando por la vertiente un tejado, la que salta desde un coche en marcha y corre con el cuerpo en llamas. Al final de cada toma, cuando da señal de haber sobrevivido, llegan los aplausos.

Geeta es actriz de escenas peligrosas y de acción de producciones de Bollywood. Nacida en Bombay y madre de dos hijos, empezó su carrera de forma inesperada y tardía: huyó de la miseria y de la muerte segura al lado de un marido que la maltrataba, con sus dos hijos a cuestas. Hoy las estrellas de Bollywood se fotografían con Geeta, la mujer irrompible. Ella no parece temer a los grandes presupuestos para impresionar al público indio y de toda Asia. Este arriesgado trabajo fue, irónicamente, su salvación.

La historia de esta mujer india es épica. Un documental del canal Blush la dio a conocer y desde entonces se ha convertido en una epopeya en internet con un trasfondo desgarrador. Su vida podría contarse como una nueva versión de la Cenicienta, en la que la protagonista no solo huye de la madrastra, sino también del príncipe. 



Cuando tenía nueve años, la madre de Geeta falleció y su padre tuvo que hacerse cargo de ella y sus tres hermanos. Pronto el hombre desesperó y la familia empezó a pasar hambre. El vecindario empezó a murmurar: "La gente le decía a mi padre que las chicas ya habíamos crecido. 'Cásalas', decían". Geeta imaginaba el matrimonio como una liberación. "Todo sería mío, cocinaría para mí y tendría suficiente para comer".




Al poco tiempo, y en el lapso de dos días, su padre la casó con el hijo menor de una "buena familia". Geeta tenía 15 años, y ningún conocimiento en materia de relaciones sentimentales ni de sexo. Era una niña, no estaba preparada: "Él creía que como yo no tenía madre sabría todo sobre sexo, pero estaba asustada".

En el momento en que la puerta de su nuevo hogar se cerró a sus espaldas, supo que estaba atrapada. Su marido empezó a comportarse de forma violenta. Bebía hasta entrada la madrugada, lanzaba la vajilla de la cena contra la pared. "Yo tenía que limpiarlo todo después. Le dije que no era su sirvienta y él contestó: '¿Para qué crees que te tengo?'".



Su suegra empezó a meterse con ella. Acusaba a Geeta de querer quedarse con la casa y murmuraba a sus espaldas. La mujer llegó a recomendarle a su hijo que la sometiera, pues en su opinión Geeta estaba empezando a manchar el buen nombre de la familia: "'Ni siquiera eres capaz de controlar a una chica', decía. 'Quítale la ropa y viólala. Veamos qué hacen su padre y su hermana'".

Geeta empezó a sufrir agresiones sexuales a diario. Cada tarde rezaba para que la noche pasara rápido. "Bebía y me abofeteaba. Me tiraba del pelo durante horas. Todo el mundo lo oía, pero nadie hacía nada. Cuando me desnudaba, si me quedaba quieta, me mordía las manos".

Un día su marido quiso empujarla desnuda a la calle, pero ella se enfrentó a él, se negó. "Apreté los puños y pensé en encontrar algo para golpearle. Luego me di cuenta de que si fallaba sería peor".




Geeta tuvo un primer hijo, tenía esperanzas de que el bebé apaciguara a su marido y a su familia, pero no fue así. Cuando supo que estaba embarazada de su segundo hijo, se sintió hundida. "Hasta el día en que me pegó mucho, estampó seis veces mi cabeza contra la pared". Geeta corrió tambaleándose, ensangrentada, hasta la comisaría del barrio. Allí, los agentes le recomendaron que se fuera a casa de sus padres o de sus hermanos, que descansara durante diez días.

"Entendí que no podía volver a casa. Iba a morir, e iba a ser una muerte horrible. Decidí enseñarle lo que era una mujer".



Entonces se produjo una escena impensable, ante la que todo un vecindario, también la policía, permaneció paralizado, como un puñado de espectadores: Geeta corriendo por una barriada de Bombay, con un bebé en brazos y una niña pequeña de la mano; tras ella, su marido blandiendo una espada.

Al final consiguió huir, salió ilesa del ataque. En parte, fue gracias a la ayuda de su cuñado. Él y su hermana le dieron refugio en su casa. "Dijeron que iban a cuidar de mí. Esperé años para oír esas palabras". El bicitaxi de su cuñado apareció calcinado poco después. Geeta asegura que esos días en casa de su hermana fueron todo felicidad. Hasta que otra mujer entró en escena: "La suegra de mi hermana le dijo que debía echarme de casa".

Geeta tenía 20 rupias en el bolsillo y una certeza: no iba a volver con su marido. Consiguió que la asistieran en un templo religioso, donde les dieron cobijo y comida. "Pero no quería ser una mendiga más de aquel templo. Mis hijos tenían hambre, tenía que ganar dinero".

Aquellos días Geeta soñaba con una choza. El agua y la electricidad no importaban.



Fue de un lado a otro pidiendo trabajo. Consiguió sus primeros ingresos cocinando 250 rotis (tortillas de pan) en una sola mañana, pero lo dejó cuando una atractiva oferta llegó a sus oídos. Un grupo de mujeres bien vestidas, que decían recibir un buen sueldo dando masajes a mujeres mayores, le dieron la dirección un centro donde se precisaban nuevas trabajadoras.

Cuando Geeta llegó, encontró una chica sollozando después de atender a un cliente: "Dijo que aquel hombre la había obligado a hacerle una felación. Yo me quedé en shock". Se trataba de un prostíbulo.



Las mujeres que había allí se rieron de ella: "Tienes dos hijos a los que alimentar y no tienes estudios. ¿Qué otro trabajo crees que puedes hacer?". Geeta huyó del prostíbulo sin armar ruido, rogando para que nadie la hubiera visto allí dentro. Era consciente de que el estigma de la prostitución, sumado a su estatus de madre soltera, podría condenarla a la miseria para siempre. Aún peor: podía perder a sus hijos.

La oportunidad definitiva llegó a través de su padre. Conocía a un grupo de baile que actuaba en bodas y eventos. Geeta preguntó si necesitaban a alguien y empezó a trabajar. Cada rupia, recuerda, le parecían mil. De allí le salió un empleo como extra en un rodaje: "¡La comida era gratis!". Fue en medio de un decorado, donde una chica le comentó que se parecía mucho a una doble de Bollywood. La actriz a la que se refería era famosa por sus acrobacias en el rodaje de una serie llamada Shakira. "¿Tú harías un trabajo así?", le preguntó la chica. Geeta asintió.

Sin experiencia previa ni entrenamiento, Geeta apareció semanas después en lo alto de un tejado, lista para lanzarse al vacío y aterrizar sobre una colchoneta. "Tenía mucho, mucho miedo. Pero necesitaba el trabajo desesperadamente". Se concentró, siguió las instrucciones y lo hizo a la perfección.

La contrataron de nuevo. En esta ocasión, se enfundó en un grueso traje diseñado para ser incendiado. "Aquel día hacía viento y las llamas me quemaron la cara. Un médico me atendió, lloré mucho".


Geeta después de quemarse la cara en su primer rodaje con fuego.

Seis años después, Geeta vive en un buen barrio, tiene su propia casa y sus hijos están matriculados en el colegio. Gana más dinero del que nunca pudo imaginar. Pero ni el dinero, ni su seguridad, ni el éxito profesional suman un final perfecto para esta historia.

Geeta no tiene rival. Ha rodado decenas de películas y series de Bollywood, es la actriz favorita para rodar escenas de coche con fuego y persecuciones a alta velocidad. Pero aún recuerda cómo un día, en un pasado no tan remoto, fue abandonada por todos.

"Muchas mujeres indias que han conocido mi historia me escriben y me dicen que están atrapadas en un matrimonio abusivo. No pueden salir debido a la forma como las trata la sociedad".

La suya no es una historia inspiradora más de internet. No es uno de esos cuentos de superación que se consumen como el horóscopo o una galleta de la suerte, y que terminan reduciéndose que a un mero eslogan del tipo "Nunca abandones, sigue luchando, la vida es maravillosa".



Geeta estuvo al borde de la muerte, sufrió abusos desde los 15 años, estuvo rodeada de silencio y de mujeres cómplices con su agresor. Muchas como ella, jóvenes y de origen humilde, sometidas a una inmensa violencia estructural, simplemente no lo cuentan.

Según el National Crimes Records Bureau de la India, una media de 92 mujeres son violadas cada día en ese país. En una década (de 2003 a 2013) y según cifras de la misma fuente, la violencia machista aumentó un 134%, coincidiendo con una incipiente emancipación femenina, el aumento de la escolarización y de la independencia económica. "Ahora las chicas son más fuertes y exitosas", cuenta Geeta.

Hay un encarnizamiento, hay mucho silencio y resistencia al cambio. "El gobierno está empezando a actuar, pero siguen produciéndose muchas violaciones, sobre todo en determinadas áreas. La gente calla. En India la gente no es mala, pero no comprenden. Son muy egoístas". 

Las historias extraordinarias de supervivientes como Geeta no deben ser celebradas sin más. Porque Geeta no lo hace. Ella señala al espectador, a todos aquellos que sólo atendieron a la escena, impasibles, mientras ella lloraba y gritaba. Algunos aún tienen el valor de aplaudir su gesta.


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