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Encerrona ultra en Rusia18: ¿realidad o fantasía occidental?

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Hay miedo a que Rusia18 sea un festival de violencia ultra. Estas son las leyes de un país que no permitirá que NADA ensucie su mundial... y menos si de paso puede endurecer la represión interna con el visto bueno internacional

Ignacio Pato

26 Febrero 2018 16:27

Hace solo unos días, era detenido un ultra ruso acusado de tentativa de homicidio por el coma en que cayó por golpes de un aficionado inglés durante los disturbios de Marsella en la pasada Eurocopa. La detención se produjo en Múnich, desde donde el hombre iba a coger un vuelo hasta Bilbao para asistir al Athletic-Spartak.

Este hombre puede enfrentarse a una pena de hasta quince años en Francia, el país que le puso en busca y captura. La muerte por parada cardiorrespiratoria de un agente de la Ertzaintza el pasado jueves en Bilbao, en el contexto de los enfrentamientos previos entre ultras rusos y aficionados del Athletic -insertos a su vez en la dinámica provocación ultraderechista y reacción antifascista-, ha vuelto a poner sobre la mesa la gran pregunta extradeportiva sobre Rusia'18: ¿va a haber un torneo de hostias paralelo al mundial de fútbol?

"Eso no pasará en Rusia". Las leyes anti-juliganstvo

Muy poco antes de fin de año, hace menos de dos meses, Vitaly Mutko dimitió como jefe del Comité Organizador del Mundial, en mitad de acusaciones que lo relacionaban con los eternos escándalos de dopaje en el deporte ruso. Al viceprimer ministro y titular del Ministerio de Deporte, Turismo y Juventud lo hemos escuchado condenar las trifulcas de la Eurocopa y llamar al castigo por parte de la UEFA: "Está claro que mucha gente vino aquí no precisamente para ver fútbol. Cubrieron sus caras y llenaron de vergüenza a su país". Sin embargo, también le hemos visto con este discurso: "A nuestros aficionados se les provoca constantemente. Pase lo que pase, es siempre culpa de los fans rusos".

A Mutko le ha sustituido Alexei Sorokin, que prácticamente ha comenzado su etapa en el cargo justificando ante los rumores que no hubo ningún amaño en el sorteo que formó los grupos -el de Rusia acabó siendo uno de los más flojos, en teoría- del mundial en diciembre. También ha utilizado como prueba la exitosa organización de la Copa Confederaciones en suelo ruso el año pasado. Pero quizá lo más interesante de Sorokin hayan sido sus palabras sobre seguridad interna, obviamente lanzadas en clave internacional... y más en concreto en la BBC, el mismo medio que hace justo un año publicó un documental que inflamó los ánimos. En él, varios encapuchados avisaban de que el mundial sería un "festival de violencia". A este clima de alarma se han sumado varios medios que dan por hecho que -a raíz de un encuentro en Buenos Aires entre ultras del Zenit de San Petersburgo y el Dinamo de Moscú con barras bravas de Boca, San Lorenzo o Vélez- habrá incluso uniones internacionales con objetivos como la caza del aficionado inglés.

"Pueden tener la certeza de que eso no pasará en Rusia por varias razones", dijo Sorokin en BBC. "La primera es que tenemos un claro concepto de la seguridad. También hay buenos contactos entre los agentes del orden de todo el país y además hemos mejorado nuestras leyes". ¿De qué leyes habla?.

La palabra hooliganismo -juliganstvo- existe desde hace décadas en lo que hoy es Rusia para designar conductas que violen en mayor o menor grado el orden público establecido. Fue incluida en el Código Penal de 1960, durante la presidencia de Nikita Jruschov. Su artículo 206 establecía, según los diferentes casos de vandalismo, penas de entre dos salarios mínimos mensuales y de hasta dos en trabajos forzados o siete años de prisión si en el delito habían intervenido armas.

El actual Código Penal ruso también recoge el hooliganismo. En el artículo 213 habla del que se produce "con armas u objetos usados como armas", "por motivos de odio político, ideológico, racial, nacional o religioso, o como enemistad hacia cualquier otro grupo social". Las sanciones previstas van desde los trescientos mil rublos o el salario de dos años, hasta los trabajos forzados u ocho años de cárcel en caso de utilización de explosivos.

Como es obvio, y no es de ahora, el hooliganismo aquí no se refiere únicamente a los posibles delitos cometidos por aficionados al fútbol en el contexto de un partido.

Por el artículo 213 se acusó y condenó en 2012 a las tres militantes del colectivo Pussy Riot por escenificar un rezo crítico con Vladimir Putin dentro de la catedral del Cristo Redentor de Moscú. Muerto Boris Nemtsov, queda Alexei Navalny como el opositor más mediático al actual presidente ruso. En los mítines del político -a quien han prohibido presentarse a las elecciones presidenciales del 18 de marzo por una condena previa- pueden verse ultras del Spartak, su equipo, un club que continúa a grandes rasgos con el rol antigubernamental que ya tenía en la Unión Soviética cuando a sus hinchas les gustaba llamarlo popularmente narodnaya komanda, el equipo del pueblo. Ilya Yashin, otro de los líderes de Solidarnost, la plataforma liberal anti-Putin, también es fan del Spartak. Pequeños matices necesarios para comprender que la de ultras rusos no es una etiqueta que por arte de magia consiga homogeneizar un fenómeno complejo.

No solo está el artículo 213. Para el mundial habrá listas de aficionados no rusos que no puedan entrar al país que se sumará a una ley específica aprobada en 2013 de cara a este torneo que aumenta las prohibiciones para entrar al estadio a hinchas violentos y doble las multas para aquellos que lo intenten teniéndolo prohibido.

Uno de los líderes de los ultras, Alexander Shprygin, asegura que no habrá problemas en el mundial. Precisamente una imagen suya compartiendo autobús con Putin es uno de los últimos memes del largo historial del presidente. Es una imagen antigua, de hace siete años, que muestra al presidente preocupado -o al menos aparentemente preocupado- por que los aficionados mantuvieran su independencia con respecto de los ultranacionalistas de oposición.

Que nadie se engañe. Ningún gobierno que organice un megaevento deportivo que atrae a un millón de personas a un país sobre cuyas condiciones de seguridad y sociales estarán los ojos de medio planeta puede permitirse el lujo de graves disturbios. La historia reciente está ahí, desde la Operación Garzón de Barcelona'92 -con el Estado español condenado por el Tribunal Europeo de DDHH por no investigar torturas- a la militarización de las favelas en Brasil'14 y los JJOO de Río dos años después.

La Rusia de Putin -especialmente con el arsenal propagandístico occidental a favor si decide aumentar su dureza contra todo hooligan, futbolístico o no-, no va a ser menos.

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