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Sports

Soviets en pantalón corto: de Lenin a la cibernética

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Rusia, a 100 años de la Revolución Bolchevique, volverá a vestir como el Ejército Rojo en su mundial de este verano. Esta es la fascinante historia del fútbol en la URSS

Ignacio Pato

12 Noviembre 2017 06:00

El fútbol anestesia al proletariado, decían los bolcheviques.

Pero a los enemigos, ya se sabe, conviene tenerlos igual o más cerca que a los amigos. Cuando la Revolución de Octubre triunfó hace ahora 100 años, la sede del campeón moscovita, el Orekhovo, fue confiscada y habilitada como sala de lectura para los trabajadores. Solo seis años después, Felix Dzerzhinsky, el creador de la Cheka -Comisión Extraordinaria Panrusa para la lucha contra la Contrarrevolución y el Sabotaje-, refundaba esa entidad con el nombre de Dinamo de Moscú.

Sbornaya

1917. Revolucionarios y conservadores coinciden en algo: el fútbol no es de fiar. Unos hablan de alienación, otros de extranjerismo por haber sido introducido por ingleses. A las élites les parece un festival de tosquedad ideal para provocar disturbios. Como consenso de Estado la cosa lógicamente no alcanza y se acaba tomando el Palacio de Invierno. El deporte favorito de los bolcheviques, como recuerda el profesor de Historia de la Universitat de Barcelona Carles Vinyas, era el ajedrez: la gimnasia de la mente.

La revolución tarda en despejar el territorio y se crea el Ejército Rojo. La salud necesaria para el alistamiento en la armada de Trotski es central para fomentar el deporte entre el "nuevo hombre". Las actividades físicas de la Komsomol (Unión Comunista de la Juventud) será complementaria e importante.

La nueva república será pionera en la institucionalización del deporte con el primer protoministerio del mundo, el Consejo Supremo de la Cultura Física, en 1920. En 1922 el nacimiento oficial de la URSS coincide ya con el de la Sbornaya, la selección nacional. Sale a Finlandia, Suecia o la relativamente amiga nueva Turquía kemalista, donde juega su primer partido oficial, y es a partir de sus éxitos en el extranjero que el gobierno soviético comienza a variar su postura ante el fútbol. Los jugadores se convierten en embajadores capaces de romper el bloqueo capitalista al país.

Enseguida llega, adscrito a la policía y con la aportación intelectual del escritor Máximo Gorki, el Dinamo de Moscú. Y su rival Spartak, ligado a la figura del jugador Nikolao Starostin y la industria cárnica y con raíces en movimientos paneslávicos no comunistas y una precaria independencia con respecto al régimen que trataría de conservar a lo largo de toda su historia, siendo lo más parecido al gran club disidente que hubo en la URSS.

También llegaron todos los demás clubes, influenciados por la Nueva Política Económica leninista y con gestión casi sectorial.

Purga

El CSKA, Club Central de Deportes del Ejército, pasa de ser un club de la jerarquía militar zarista -había nacido en 1911- a ser propiedad del Ejército Rojo. El Lokomotiv, nacido como Club de la Revolución de Octubre, era el equipo del Ministerio de Transporte, en concreto de la compañía estatal de trenes. El Torpedo, en origen Forja Proletaria, acaba siendo dirigido por la industria del automóvil moscovita.

Fuera de la capital, dan buen ejemplo de los nuevos tiempos el Stajanovets de Donetsk -en honor al minero soviético Aleksei Stajanov, que consiguió extraer 102 toneladas de carbón en menos de 6 horas-, y el Traktor Stalingrado, hoy Rotor de Volgogrado. Con los años romperán la hegemonía moscovita de títulos pocos equipos, especialmente dos Dinamos. El de Kiev como bandera ucraniana y el de Tbilisi casi como un equipo nacional de Georgia.

En 1936 nacen a la vez la Constitución de Stalin y la primera liga soviética de fútbol. Hasta 1953 -con el parón de la guerra de por medio y episodios como el del Partido de la Muerte, en el que futbolistas de Kiev presos derrotaron a sus propios guardias nazis-, Dinamo, Spartak y CSKA se repartieron todos los campeonatos. Ese año mueren Stalin y Lavrentii Beria, el jefe de la policía secreta. El Spartak siempre denunció que tres de sus fundadores y jugadores, los hermanos Starostin, fueron enviados al Gulag por Beria, jefe de facto del Dinamo, como represalia deportiva.

En realidad Beria no muere; más bien es ejecutado nueve meses después de ser uno de los oradores en el funeral de Stalin bajo la acusación de ser un violador y un espía occidental.

"A Stalin nunca le interesó el fútbol", apunta Vinyas. "De hecho, le aburría. Una vez se organizó un partido en la Plaza Roja y los dos equipos acordaron marcar un número mínimo de goles para evitar que Stalin se aburriera y se marchara. Aun así, se fue antes de que acabara".

Campeones

La FIFA acababa de aceptar a la URSS hacía muy poco. En 1956 ganan el oro olímpico en Melbourne y el primer mundial que juegan es Suecia'58, pero la gran recompensa llegaría en la primera edición de la Eurocopa: la Unión Soviética la gana en 1960 en Francia ante Yugoslavia. Es, además, una importante victoria política sobre el país de Tito, socialista pero "independizado" de Moscú.

El éxito de la selección de Gravriil Kachalin no se basaba solo en el entrenamiento físico y táctico. Bajo palos estaba Lev Yashin, el único portero que ha ganado un Balón de Oro. En defensa el capitán del Spartak y de la Sbornaya, Igor Netto, y arriba Valentin Ivanov y Viktor Ponedelnik, que marcó el gol de la victoria en París. A punto estuvieron de volver a ganar la Euro cuatro años más tarde, en el Bernabéu y ante Franco. En Inglaterra'66 quedaron cuartos. La URSS tardaría en volver a tener un equipo tan potente.

Sin embargo la desestalinización fijada por Kruschev traerá algún cambio interno. El Dinamo y el CSKA moscovitas, los niños mimados del régimen, dejan de poder quitarle jugadores tan alegremente al resto de equipos. El centralismo se relaja: en 1961 el Dinamo de Kiev es el primer equipo no ruso en ganar la liga soviética. Tres años después, la fiesta es en Tbilisi. Hasta la caída de la URSS solo les seguirán el Zorya Voroshilovgrad, el Ararat armenio, el Dnipro y el Zenit de Leningrado.

Hacia los setenta, el fútbol acaba consolidándose, apunta Vinyas, como "válvula de escape de una semana laboral intensa" para los ciudadanos soviéticos.

La política y el fútbol fueron una misma cosa en la clasificación para Alemania'74. La URSS se negó a jugar en el Estadio Nacional de Santiago días después del golpe de Estado. Fue, en palabras del historiador, "una victoria moral de la URSS": vergonzosamente la FIFA no accedió a la petición soviética de no jugar en un campo de fútbol convertido en campo de concentración y tortura por Pinochet. La Sbornaya no volvería a una alta competición hasta prácticamente la muerte de Brézhnev, fan acérrimo del Dinamo.

¿Perestroika? ¡Cibernética!

Fue en España'82. A una selección muy joven -ningún jugador tenía más de 30 años- le tocó jugar en Sevilla y Málaga. En La Rosaleda se vio una de las pancartas más llamativas de todos los mundiales: 'Alcoholism vs Communism' titularon los hinchas escoceses su partido contra la URSS. Para tu curiosidad, acabó en empate.

Les echó Polonia por muy poco, como en México'86 hizo Bélgica en un partido fascinante. El equipo se llamaba URSS pero en realidad era el Dinamo de Kiev: de todo el equipo solo dos titulares -Dassaev y Aleinikov- no jugaban allí. El entrenador era incluso compartido.

Valeri Lobanovski, además de entrenador, era un hooligan de lo colectivo. También ingeniero electrónico. Construyó una máquina. Entendía el fútbol como un sistema de 22 elementos subdividido a su vez en 11. Las partes de un sistema interactúan para crear estructura. Cibernética en el césped, donde el equipo es más que la suma de las partes y si uno falla, todo cae.

No tenía sentido que el equipo tuviera una estrella. Lobanovski intentó razonárselo a sus chicos. Si la actuación es proporcional al cuadrado del esfuerzo -decía- y este lo medimos de 0 a 1, dándolo todo los 11 tendríamos 11x11=121 de rendimiento colectivo. Compartido por igual, será 121/11=11. Si un futbolista no aporta nada, la recompensa a repartir sería 100/11=9,09. Suponiendo que el jugador estrella no se esfuerce grupalmente pero brille individualmente, le sumaríamos 1 punto, pero aun así, sumado al reparto anterior, cosecharía un 9,09+1=10,09. Inferior a los 11 puntos a repartir si el equipo actúa como dice el entrenador.

Total que, lejos de ideologías, con ese coaching matemático su ejército rojo en pantalón corto rozó la gloria. El Dinamo ganó la Recopa del 86 y solo la Holanda de Van Basten y Gullit pudo quitarle la Euro'88. Tras ese torneo, los jugadores soviéticos -siempre que el comité estatal de deporte estuviera de acuerdo con la oferta- empezaron a poder fichar por clubes occidentales. Khidiatullin y Zavarov fueron los primeros.

Para siempre quedará el mal sabor de boca final. La Sbornaya se la pegó en Italia'90, su última aparición internacional. Para la Euro'92 ya no había URSS, solo una respiración asistida llamada Comunidad de Estados Independientes.

Epílogo: Rusia 2018

Lenin sigue embalsamado en la Plaza Roja. La Rusia del exKGB Putin celebra el centenario de la Revolución denunciando los crímenes que después llegaron pero luchando por no reconocer cierto orgullo patrio. Con muchas ganas además de sacar músculo organizando un buen mundial.

Ninguna de las exrepúblicas se ha clasificado. No se sabe qué cara dará Rusia: si es como en la pasada Euro será una vergüenza nacional. Quién sabe si para realzar el espíritu vestirá de rojo soviético, con una camiseta inspirada en su último éxito, los Juegos Olímpicos de Seúl'88.

Sin CCCP no impone tanto, claro.

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