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El lapo más político de la historia

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Un cuarto de millón de muertos vengados con un salivazo. O cómo convertirte en un héroe siendo un cerdo

Ignacio Pato

14 Octubre 2016 17:00

Todo sucede en menos de minuto y medio.

El holandés Frank Rijkaard le arrea un viaje al alemán Rudi Völler y se lleva una tarjeta amarilla. Al pasar por el lado del alemán, Rijkaard le escupe por detrás en el pelo. Le dice, también, algo universalmente traducible como "te vas a cagar".



En esas, Völler se da cuenta del regalo que lleva en el pelo y se chiva al árbitro. Este, harto de la tontería, le amonesta también. Se saca la falta y claro, se vuelve a liar. El árbitro se cansa del todo y expulsa a ambos.

Camino de los vestuarios, y todavía en el césped, Rijkaard vuelve a escupir a Völler. Esta vez con más flema y sin saber que para una pequeña parte de aficionados holandeses se acaba de convertir en una especie de héroe de la resistencia antinazi a destiempo.


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Era el mundial de Italia de 1990 y todavía vivían muchas personas que habían sufrido la ocupación nazi de Holanda en la que el III Reich no solo prohibió el color naranja, símbolo nacional, sino que durante 5 años acabó con la vida de más de un cuarto de millón de holandeses. Durante el asedio a Rotterdam, por ejemplo, las bombas alemanas causaron 900 muertos en un solo día. Más de 100.000 judíos del país fueron deportados a los campos de exterminio nazis.

Solo así podemos comprender las palabras de Wim van Hanegem, uno de los mejores futbolistas de la Holanda de Cruyff justo después de perder la final del mundial 74 contra Alemania: "Lo único que me importaba no era el marcador, sino humillarles. Ellos asesinaron a mi padre, a mi hermana y a mis dos hermanos. Les odio".


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Era la primera vez que ambos equipos se enfrentaban oficialmente desde el final de la II Guerra Mundial. Si aquella acabó en derrota para el III Reich, la final del 74 es conocida en Holanda como De moeder aller nederlagen. La madre de todas las derrotas.

Llegó la Euro del 88, también en terreno alemán, pero esta vez fue una Holanda imparable con Gullit, Van Basten y el mismo Rijkaard quien se llevó el gato al agua. Para que nos hagamos una idea de la temperatura social basta decir que Ronald Koeman celebró la victoria haciendo que se limpiaba el culo con la camiseta que había intercambiado con el alemán Olaf Thon.

"Estoy muy contento de hacerle este regalo a la generación que vivió la guerra", dijo el portero Hans Van Breukelen.



Así que no es de extrañar que cuando Rijkaard enredó aquel infame salivazo en los rizos de Völler hubiera muchos que lo tomaran como una especie de simbólica -y cerda- venganza histórica.

Hoy en día, en Holanda, no es difícil ver en determinados ambientes alternativos camisetas, bolsos o pegatinas con el icónico lapo y lemas como Rijkaard Jugend (Las juventudes de Rijkaard), Voetbal against Krauts (Fútbol contra los cabezas cuadradas) o Love Football, Hate Germans (Ama el fútbol, odia a los alemanes).

También podrás ver logos de Rijkaard con cresta punki. Todo un vengador involuntario de una dolorosa herida.


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