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Derrotados los sindicatos y el IRA, solo quedaban los aficionados al fútbol

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En una tarde de primavera como esta, el thatcherismo culminó la demonización de la clase trabajadora a través de su deporte favorito

Ignacio Pato

15 Abril 2018 06:00

Alfred Nobel inventó la gelignita. Es un explosivo gelatinoso que suele usarse para echar abajo canteras y minas. Con varios kilos de ella intentó el IRA acabar con Margaret Thatcher en octubre de 1984.

"La señora Thatcher se dará ahora cuenta de que Gran Bretaña no puede ocupar nuestro país, torturar a nuestros presos y disparar a la gente en sus propias calles y salir indemne. Hoy tuvimos mala suerte, pero recuerde que solo necesitamos tener suerte una vez. Usted tendrá que tener suerte siempre", comunicó el grupo armado.

Pero no fue con suerte, sino con la maquinaria del Estado de su lado y de hecho activada por ella misma, como cambió el país antes de que cayera el Muro de Berlín. El atentado del IRA se produjo justo en mitad del año de huelga que sostuvieron los mineros en defensa de sus puestos de trabajo. Thatcher hizo literalmente la guerra contra ellos. 11.291 arrestos y 200 sentencias de cárcel después, les había destrozado; había ganado.

Había demostrado al republicanismo irlandés y al sindicalismo activo que estaba a prueba de bombas y de huelgas. Solo faltaba derrotar a la tercera parte del enemigo interior.

TINA odia el fútbol

Thatcher consideraba a los aficionados al fútbol a la misma altura que los mineros en cuanto a la construcción del enemigo interior. Lo aseguró años después uno de sus hombres más cercanos, Kenneth Clarke, uno de los hombres fuertes del Partido Conservador y varias veces ministro con ella y John Major.

A la primera ministra le urgía una falaz paz social para su paradójico modelo: un incondicional libre mercado que en lo social se resumía en su axioma "no existe la sociedad, solo los individuos y las familias". "There Is No Alternative" (TINA), repitió hasta la saciedad, haciendo de una frase un programa político. Como explica Carles A. Foguet, para Thatcher la economía era una ciencia separada de la política. El malestar social es siempre individual. La culpa de cada insatisfacción material, de cada uno por no haberse esforzado lo suficiente. La masa, allí donde se niega que exista la sociedad, es algo a temer pero también a higienizar.

Para TINA, para una Gran Bretaña puesta a la venta, el fútbol como espectáculo público sobraba. Desde finales de los setenta, los equipos ingleses dominaban Europa en el césped, pero también en ocasiones algunos de sus aficionados eran protagonistas de peleas en el extranjero. Nada más en contraste con el país que soñaba imponer Thatcher. Entonces llegó Heysel, en 1985, poco después de ganada la huelga a los mineros. 39 cadáveres en la final de la Copa de Europa y un relato en el que hooligans del Liverpool habían provocado la muerte bajo la mirada de medio mundo. Thatcher pidió a la Federación que prohibiese que los equipos ingleses jugasen en Europa, pero la UEFA se le adelantó y efectivamente los excluyó durante cinco años.

Para el thatcherismo, el fútbol había estado pisando la raya pero ahora sí la había cruzado. Dos iniciativas gubernamentales hablan clarísimo de la dura posición adoptada por los tories con respecto al deporte más popular de la nación. Douglas Hurd, Ministro de Interior, ordenó tras Heysel una investigación sobre un fenómeno que también preocupaba al gabinete, las rural riots o violencias fuera de los grandes espacios urbanos. Hurd -que al tiempo introdujo el veto al Sinn Féin en la radio y televisión británica bajo las críticas de laboristas y del sindicato de periodistas- manejaba una cifra alarmante, 83.000 actos de violencia en los pueblos ingleses en 1987. Lo que escribió no tiene desperdicio: "La violencia de la masa ebria se remonta siglos atrás. Los teddy boys en los 50, mods y rockers en los 60 y punks y skinheads en los 70 heredaron una larga tradición, pero ahora el problema se ha agravado. (...) Veo similitudes entre el rural rioter y el hooligan del fútbol. Muchos de los chicos de entre 16 y 25 años involucrados en disturbios tienen una latente capacidad para la violencia. (...) Ser duro es una prueba de hombría. El alcohol desinhibe y les empuja al límite, y hay poca disciplina o restricción, interna o externa, que pueda refrenarles. (...) Sus padres están en casa frente al televisor, su educación a la hora de enseñarles autodisciplina, sentido de responsabilidad social o de inculcarles algún de tipo de interés excepto el de pasar un buen rato, ha fallado".

Definitivamente no eran los yobs -apelativo de tintes clasistas no lejos del de chav con el que se identificaba a estos jóvenes vándalos- lo que Thatcher quería exportar. El Washington Post se sumaba al consenso, definiéndolos como personas con "una idea de la diversión que normalmente incluye cantidades ingentes de alcohol y problemas". Exteriores reconocía seguir de cerca la sobrepoblación británica en las costas de Andalucía y Baleares y no quitaba ojo del incremento ochentero de britons en cárceles extranjeras, hasta dos mil.

A pesar de que constituían un ínfimo porcentaje de los 27 millones de turistas británicos que el gobierno calculaba que saldrían de la isla por negocios o placer en 1988, el gabinete continuó con la mirada sobre los aficionados al fútbol, especialmente viendo que en la Euro de aquel año, en Alemania, las cámaras volvieron a recoger violencia hooligan cuando a Inglaterra le tocó jugar contra Holanda y la República de Irlanda.

El ministro de Deportes, Colin Moynihan, un exolímpico de remo que describía a los hooligans literalmente como "peor que animales" y "un cáncer", creyó que tenía la medida definitiva. Para la primavera de 1989, ya tenía lista para tramitar la Ley de Espectadores de Fútbol, cuyo contenido estrella era la creación de un carnet que saldría de una base de datos en la que constarían todos los aficionados que quisieran asistir a un partido. Las 5 millones de libras que costaba el sistema informático tenía que ser sostenido por los propios clubes.

Hillsborough

El 15 de abril de 1989 el Liverpool y el Nottingham Forest jugaban un partidazo en Sheffield. Todos los testimonios coinciden en que era un sábado de primavera increíble, uno de esos en los que no nos es difícil imaginar el olor resultante de la suma de los de la cerveza y el fry up del pescado y las patatas mezclado con el cartón y la madera. 96 personas acabaron muriendo asfixiadas. Muchos salvaron su vida apartando, saltando, pisando cuerpos, vivos o no.

La versión oficial aseguró que los culpables habían sido hinchas del Liverpool -sí, la misma afición responsable de Heysel- ebrios y entrando en tromba en uno de los fondos del estadio, causando una avalancha mortal. Eso aseguró el gobierno de Thatcher, que a su vez recogía sin cuestionar la versión de la policía de South Yorkshire, el mismo cuerpo que había sido responsable de la represión a los mineros un lustro atrás. La investigación posterior llegó a relacionar a los mismos jefes de policía involucrados en dos encubrimientos, el de la batalla de Orgreave contra los huelguistas y el de Hillsborough. La versión oficial se encargó de llevarla a los quioscos The Sun. Su portada 'The Truth' era todo lo contrario a la verdad: en ella se aseguraba que los aficionados habían robado las carteras de los cadáveres, orinado sobre los agentes y golpeado a policías que estaban tratando de reanimar heridos.

El gobierno, no obstante, encargó un informe que habría de mejorar la seguridad en los estadios. El Informe Taylor fue categórico: las muertes de Hillsborough fueron debidas a la masificación de la grada de un estadio que llevaba casi una década sin pasar revisiones y a un "fallo de control de la policía". El reporte desestimaba el alcohol como agravante y negaba la presencia de fans sin entrada. Establecía también que la policía mintió cuando dijo que los hinchas del Liverpool habían forzado una puerta para entrar. El veredicto fue también contundente al juzgar el nefasto papel del intendente David Duckenfield: su decisión de abrir la puerta de acceso C, y de no cerrar el túnel que daba a una grada en la que 10.000 personas luchaban desde hacía minutos por respirar, fue catalogada como "una torpeza de primera magnitud". Agregaba que el carnet del espectador que pretendía imponer Thatcher solo hubiera ralentizado la entrada y empeorado las cosas aquella tarde.

El Informe Taylor fue publicado el 4 de agosto, en la semana de receso de verano del Parlamento. Todos los diputados estaban de vacaciones y no hubo debate.

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