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Artículo El río sucio y la culebra: la pesadilla de Berta Cáceres antes de morir Now

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El río sucio y la culebra: la pesadilla de Berta Cáceres antes de morir

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Un viaje de la mano de Olivia Zúñiga Cáceres, hija mayor de la líder ambientalista indígena asesinada el pasado 2 de marzo

31 Octubre 2016 06:00

“Días antes de que la asesinaran, mi mamá me dijo que estaba soñando cosas feas. Estaba soñando con un río de aguas sucias, veía como mi hijo y yo nos estábamos ahogando. Intentaba sacarnos del agua, pero no podía”.




La última vez que Olivia Zúñiga Cáceres habló con su madre, Berta Cáceres, fue durante una cena familiar. “Ella había cocinado pescado y había comprado regalos para mi bebé, Camilo, su único nieto. Eran platitos y tazas, se las quería llevar a su casa para cuando el niño estuviera con ella. Recuerdo que esa noche ella me contó sus pesadillas, y yo le conté las mías”.

Desde hacía muchos meses, Olivia tenía un sueño recurrente. “Estaba en una isla diminuta en medio de un río enorme, con mi hijo en brazos. De pronto se caía la montaña, todo se derrumbaba. Yo trataba de nadar y lograba sacar a mi hijo, pero el río me arrastraba. Una enorme cobra nadaba detrás de mí y me mordía los pies”.

No es casual que, a principios de 2016, madre e hija soñaran con aguas turbulentas. Berta Cáceres fue una reconocida ambientalista indígena de Honduras, líder de la resistencia lenca contra los proyectos hidroeléctricos y mineros en su país. El año pasado fue galardonada con el premio Goldman, conocido como el "Nobel verde", por su lucha ecologista y por los derechos humanos.

La noche del 2 de marzo Berta fue asesinada a tiros en su casa, en la ciudad de La Esperanza, departamento de Intibucá. Hacía años que era víctima de persecución política, desde sus años como combatiente contra la dictadura y desde que se opuso al golpe de estado en Honduras el año 2009. “Por eso se me hizo raro tener un sueño tan violento. Siempre hemos vivido en un entorno de amenazas”, dice Olivia.

Para estos sueños de ríos que se cruzan, hay otra posible explicación, y está en la cultura indígena de ambas. Los lencas, un pueblo de orígenes precolombinos, habita desde hace siglos parte de la frontera entre Honduras y El Salvador. La naturaleza, los ríos en especial, son el centro su espiritualidad.

“Mi madre me dijo que para los lencas, soñar con culebras significa el enemigo. ‘Son los enemigos que están cerca’, me dijo. También me pidió que cuidara de Camilo”. Al término de la cena, Berta se dirigió a su familia y dijo unas palabras premonitorias: “'Si me llega a pasar algo en este país, donde cualquier cosa puede pasar, ustedes no se preocupen, sean felices y sigan tranquilos'. Fue la última vez que la vi y lo último que nos dijo”.

Tacitas y sangre

Gustavo Castro.

Berta no estaba sola la noche del asalto. Casualmente tenía un amigo como invitado: Gustavo Castro, mexicano y ecologista, al que no veía desde hacía 5 años. Castro había viajado a Honduras para dar un taller en la organización fundada por Berta, el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH), y se sorprendió al ver el lugar donde ella vivía. "Su casa me pareció insegura, solo había una valla y estaba aislada".

Era casi medianoche cuando, en el porche, Berta le contó a Gustavo que estaba preocupada: “El contexto era de mucha tensión. Ella y el gerente de la empresa hidroeléctrica se habían demandado mutuamente. Me dijo incluso que hacía poco que habían intentado asesinarla”.

Después de darse las buenas noches, Gustavo se tumbó en la cama con el portátil. Entonces oyó un ruido. “¡Quién anda ahí!”, gritó Berta. Al menos dos hombres entraron por la cocina. Uno se dirigió a la habitación de Berta y otro a la de Gustavo. No esperaban que él estuviera ahí. El sicario apuntó a Gustavo con un arma plateada a una distancia de dos metros y miró a su alrededor para comprobar si en la habitación había alguien más. Gustavo se cubrió la cara con las manos. Después el sicario disparó.

“Nada más apretar el gatillo, huyó”. La bala rozó la oreja y el nudillo de una mano de Gustavo y todo se llenó de sangre. “Cualquiera podría pensar que es imposible esquivar una bala a dos metros de distancia, pero me moví una millonésima de segundo antes y él no lo verificó. No eran profesionales”.

Gustavo encontró a Berta en el suelo con tres disparos en el abdomen, viva: “Me pedía que llamara a la gente del COPINH, pero no respondían. Yo le decía ‘Bertita, no te vayas’. No duró más de un minuto”.

Castro estuvo solo dos horas, hasta que llegaron amigos, policías y periodistas. Se convirtió en el único testigo del asesinato de Berta.

Cuando Olivia llegó a casa de su madre, encontró las puertas quebradas. “Los platos, las tacitas y el biberón que había comprado para mi hijo estaban por el suelo. Había sangre por todos lados”. Fue al reunirse con su familia cuando comprendió muchas cosas:

“Me dijeron que a mi madre la habían amenazado con secuestrar a mi hijo, le habían mandado fotos de Camilo jugando en el jardín. Eso explicaba por qué siempre quería cuidar de él en su casa y no quería que se quedara con niñera durante mis viajes. Mi mamá les dijo a todos que no me contasen nada porque yo iba a enloquecer”.

“Esta vez me van a matar”

El río Gualcarque (montaje fotográfico).

Una semana antes, Berta se había desplazado a una comunidad de la zona para participar en una manifestación pacífica, que consistía en ir al río: “Era un acto de autonomía territorial, pues ya no se les permitía ir a su río ancestral. La empresa había prohibido el paso. Si alguien entraba, le disparaban”, cuenta Olivia.

Los manifestantes encontraron las carreteras llenas de boquetes. Los habían hecho con maquinaria para que no pudieran llegar en autobús. Policías y guardias de seguridad barraban el paso. “Les tocó bajar a pie. Fueron diez horas de caminata. Cuando volvió a casa, mi madre tenía la piel quemada por el sol, estaba muy cansada. Por primera vez en mi vida, la vi con miedo”, cuenta Olivia.

Además de las dificultades, les habían tendido una emboscada. Los autobuses fueron apedreados y Berta recibió insultos y agresiones físicas. Le vaciaron botellas de cerveza en la cara. Uno de los policías avisó a Berta de que la estaban esperando para matarla: “Le pidió que se fuera por otro camino, le ofreció protección, pero mi madre la rechazó”. Según Olivia, prefirió que protegieran a la gente que huía por otra ruta. “No sé cómo salió viva. Me dijo que había visto a uno de los guardias con ganas de dispararle. Sentía que esa vez la iban a matar”.

La presión contra Berta había ido en aumento desde 2009, cuando se produjo un golpe de estado contra el presidente Manuel Zelaya. El gobierno resultante, presidido por Roberto Micheletti, suprimió los decretos que prohibían la explotación de recursos en zonas protegidas y empezó a otorgar concesiones a grandes proyectos en el territorio, sobre todo minas y presas.

Las licencias se daban sin consultar a los habitantes del territorio. Tampoco se hacían estudios de impacto previos, ambos requeridos por ley. Ni siquiera se dejaba parte del caudal del río para preservar los ecosistemas —como la ley también exige— y muchos ríos empezaron a quedar secos a consecuencia de las presas. Es el caso del Zapotal, que se secó a consecuencia del proyecto Las Auroras, dejando sin agua a las comunidades que viven a su paso.


Una presa hondureña.

En apenas siete años, 111 concesiones han sido aprobadas por Micheletti y los gobiernos sucesivos. En este contexto se produjo última batalla de Berta. De entre todas las licencias, Micheletti otorgó una para el río Gualcarque, frontera física entre los departamentos de Intibucá (donde nació y vivía Berta y su familia), y Santa Bárbara. Ambos departamentos son zonas indígenas lencas.

Desarrollos Energéticos S.A (DESA), propiedad de los hermanos Atala (una de las familias más ricas de Honduras), recibió la concesión para construir una presa en el río Gualcarque. Para ello DESA creó el gran proyecto hidroeléctrico Agua Zarca, que según El Faro consiguió 45 millones de dólares de financiación, procedentes del Banco Centroamericano de Inversión Económica, el fondo finlandés FinnFund, el banco holandés Netherlands Development Finance Company (FMO), e inicialmente de la Corporación Internacional Financiera (IFC) del Banco Mundial. También se subcontrató al gigante chino Sinohydro para la construcción de la presa.

Pero el proyecto Agua Zarca se topó con el COPINH, con las comunidades, con Berta. La movilización popular impidió que la empresa instalara su campamento en Río Blanco. Eso terminó expulsando a los chinos del proyecto y DESA trasladó su campamento a Santa Bárbara, donde aún permanece.

En cuanto DESA se apropió del río y los actos de resistencia empezaron a repetirse, Berta empezó a ser hostigada por las autoridades hondureñas: detenciones, amenazas, intentos de ingresarla en prisión. Incluso en discursos institucionales trataban de convertirla en enemiga pública. Como recoge The New York Times, Aline Flores, presidenta del Consejo Hondureño de la Empresa Privada, dijo en 2013 que los grupos liderados por Berta estaban “boicoteando, invadiendo y poniendo a Honduras mal a nivel internacional” y que era “triste” que tuviera la “protección de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y Amnistía Internacional”.


Una nina bañándose en el río Gualcarque.

De poco sirvieron estas medidas de protección. En el momento de ser asesinada ningún miembro de las fuerzas de seguridad de Honduras estaba presente. Olivia y el resto de la familia han responsabilizado del crimen a quienes Berta siempre denunció: la empresa DESA y al estado de Honduras. 

“No solo acusamos a los accionistas de la empresa a nivel nacional, sino a la banca internacional que financia este proyecto sabiendo todas las muertes que ha implicado. Mi mamá es el sexto asesinato alrededor de Agua Zarca. Después de ella ha habido otra persona más y hace unos días han intentado asesinar al presidente del COPINH y a otro dirigente de otro departamento”.

Actualmente, el caso está bajo secreto de sumario y el estado rechaza que una comisión independiente participe en la investigación.

Linaje de lideresas

Austra, la madre de Berta.

Desde que tiene uso de memoria, Olivia oye hablar de transformación. Es descendiente de dos familias con una intensa trayectoria combativa en su país, los Cáceres y los Zúñiga; un linaje de líderes revolucionarios protagonizado, mayoritariamente, por mujeres.

“Mis hermanas y yo aún estamos por comprender que en mi familia las mujeres son muy fuertes. No matriarcales, pero llevamos la batuta en esto. Desciendo de lideresas políticas y sociales muy valientes que se han atrevido a desafiar a su condición femenina, al sistema, al terror y al militarismo. También a la pobreza, pues cargaban con muchos hijos”.

Las dos abuelas de Olivia fueron conocidas en Honduras desde la década de los 50. De hecho, gracias a ellas sus padres se enamoraron.

Austra, la madre de Berta, era enfermera y famosa por "curar a todo el pueblo". Atendió casi 5.000 partos en durante cuatro décadas, auxilió a refugiados de guerra y colaboró en los procesos revolucionarios de Centroamérica: “Fue torturada por liberar a presos a los que curaba. A pesar de que sólo alcanzó sexto de educación primaria, de que tenía 12 hijos y un marido alcohólico que la pegaba, llegó a alcaldesa en tres ocasiones, a diputada y gobernadora. Aún tiene una fuerza impresionante”.

El abuelo paterno de Olivia, Felipe Zúñiga, era correligionario de su abuela Austra. Fue perseguido por oponerse a la dictadura, sufrió saqueos en su casa y tuvo que exiliarse. “Las mujeres se quedaban con un montón de niños mientras los esposos huían a la guerra. De hecho, mi abuela Austra asistió el nacimiento de mi padre”. Berta era la menor de los 12 hermanos.

Las mujeres de ambas familias iniciaron su propia lucha contra el militarismo y la dictadura en los años 70 y 80, e involucraron a sus hijos con pequeñas misiones. Berta y el que iba a ser su marido, Salvador, eran aún niños cuando sus madres los mandaban a las montañas con paquetes de medicinas para los refugiados: “Mi mamá y mi papá se conocieron como mensajeros de guerra”.

La vivencia que más marcó a Berta sucedió cuando tenía 7 años, mientras duraron los gobiernos militares (1956-1980). Por entonces, sus hermanos fueron capturados y obligados a hacer el servicio militar. Uno de ellos desapareció sin dejar rastro durante dos años.

"De madrugada, una mujer del pueblo oyó como dos coroneles borrachos conversaban en una cantina, dijeron dónde estaba mi tío. La mujer corrió a contárselo a mi abuela". Austra vistió a Berta y se la llevó en busca de los militares. "Les suplicó, se les hincó y besó sus botas, diciéndoles que por favor le devolvieran a su hijo. Recibió una patada en la cara. Eso marcó a mi madre de por vida".

Eran aún adolescentes cuando Berta y Salvador crearon un frente estudiantil de lucha. Poco después se enamoraron y se convirtieron en combatientes contra la dictadura. “Era el momento más duro del conflicto armado en Centroamérica. Mis hermanos y yo surgimos en medio de esa guerra”.

Berta y Salvador regresaron a Honduras durante los acuerdos de paz. Vivieron varios años en la clandestinidad, pues estaban perseguidos y amenazados debido a sus actividades políticas. Poco después la pareja fundó el COPINH. "Surgió como movimiento indígena, y eso no era nada común por entonces", cuenta Olivia. "En este país se decía que los indígenas no existían".

La joven recuerda la gran manifestación organizada por el COPINH en 1994: "Vinieron más de 5.000 indígenas, mi padre ayudó a derribar la estatua de Colón y pusieron una de Lempira, el cacique lenca que luchó contra la invasión española".

A partir de ese momento, el COPINH se convirtió en el eje de todas las luchas de Honduras: anticapitalista, antirracista, antipatriarcal, contra el modelo de privatización del territorio. "Se le unieron espacios académicos y obreros. Dio batallas muy efectivas y se convirtió en una plataforma crucial".

Sin embargo, en los últimos años el COPINH está sufriendo más ataques que nunca: a partir del golpe de 2009, y después de haber detenido grandes proyectos de privatización, la persecución contra campesinos, activistas e indígenas se volvió cruenta. Empezaron los asesinatos selectivos, la represión de manifestaciones, o como dice Olivia, "comenzó un proceso de desarticulación de los movimientos sociales de Honduras".

"La madre imperfecta más perfecta"

Un grafiti de Berta Cáceres.

"Donde ella ponía un pie, iba a haber transformación". Olivia recuerda a su madre como una mujer de carácter fuerte, avanzada a su tiempo y en ocasiones incomprendida: "No le gustaba construir relaciones falsas o artificiales, decía las cosas frontales, pero al mismo tiempo sabía sabía sentir el dolor de todos los seres, y sabía anteponer el mal que ocasionaba desafiar al sistema con ternura y alegría. Siempre nos decía que el mayor acto de rebeldía era ser felices".

No fue fácil ser Berta Cáceres, ni ser su hija mayor. "Yo siempre le decía que era la madre imperfecta más perfecta". Berta sufría ante las consecuencias de su lucha en su familia: "Lloraba, se sentía mal porque en la escuela los maestros nos atacaban, o cuando un policía nos decía cosas por la calle porque nuestro papá estaba en la cárcel…no podía pasar mucho tiempo con nosotros, su entrega ante la injusticia era total. Pero salía adelante con coraje. Así recuerdo mi mamá".

Otra de las claves de la fuerza de Berta era su espiritualidad, una mezcla de catolicismo con la cosmovisión lenca. Su respeto devocional por la naturaleza, su creencia en los espíritus ancestrales, se mezclaban con su lucha por recuperar el orgullo de su pueblo mediante los años de experiencia en el movimiento revolucionario.

"Estaba decidida a no tener la vida de la mujer hondureña común, a pesar de lo que implica ser hondureño, pertenecer a un país tercermundista, ser indígena, lenca. Como si ella pudiera con el universo entero. A mí me hacía sentir igual".

La guardiana del río

La indignación y la vergüenza por el asesinato de Berta recorre el mundo. Se ha convertido en un símbolo del ecologismo y a la vulneración del derecho de los pueblos sobre los recursos naturales. "Berta no murió, se multiplicó", cantan los campesinos hondureños en las manifestaciones. No se trata de una frase sentida para recordarla, sino de una constatación de su poder.

Después de muerta, Berta ha crecido. La imagen de su rostro empieza a ser habitual en muchas manifestaciones de todo el continente americano.

"Las clases poderosas la desprestigiaron, la atacaron y criminalizaron, la sometieron a procesos judiciales, la encarcelaron, la difamaron y la mataron. Pero también la subestimaron. Ese fue su gran error. Nunca imaginaron que era una lideresa universal. Su lucha ya la habían asumido otros pueblos antes de su muerte".

El gobierno de Honduras jamás había recibido tantas condenas y presión internacional como ahora. "En los pasados desfiles del Día de la Independencia prohibieron cualquier referencia a Berta Cáceres, pero incluso sectores conservadores que no comparten su ideología se sintieron sumamente indignados y han ofrecido solidaridad militante. Esto ha sido clave para ejercer presión contra el estado hondureño". 


Según la organización Global Witness, 118 defensores del medio ambiente han sido asesinados en Honduras desde 2009. Más allá de la fuerza simbólica de Berta como mártir, ¿puede decirse que su asesinato ha sido algo positivo para la lucha por la que tanto dio?

"Ahora el mundo entero ha sabido lo que ocurre en Honduras, un país que muchas veces la gente ni siquiera sabe que existe. Ella era consciente el coletazo más grande lo iban a recibir después de su muerte", dice Olivia. 

Pero Berta no solo es una mártir de los derechos indígenas. Para los lencas es una profeta, un espíritu que está en proceso de fundirse con la naturaleza, y por tanto, en una fuerza tangible en su realidad.

Niñas en el río Gualcarque.

"Los indígenas y la gente negra le reza, se le rinde tributo con ceremonias. A los nueve meses de asesinada se le podrá considerar ancestra y se le podrá invocar para cualquier acto de lucha". Olivia asegura que, entre los campesinos, su madre se está convirtiendo en un símbolo equiparable al héroe indígena Lempira.

La propia Olivia, sus hermanas y hermano se sienten protegidos por las enseñanzas de su madre ante su propia pérdida: "No hemos sufrido su muerte de una forma tan devastadora. No digo que no hayamos sufrido, pero lo hemos hecho desde nuestra cosmovisión indígena. Para mí, mi madre sigue estando presente y se manifiesta cuando hacemos ceremonias en el río. Sigue presente su alegría, su fuerza, su amor. La seguiremos invocando".

Al término de la entrevista telefónica, Olivia desvela que nos habla desde fuera de Honduras. "Estoy fuera unas semanas debido al riesgo que hemos notado". Ahora que es madre Camilo, comprende mejor a Berta. "El ciclo se repite. Puedo imaginarme lo que ella sentía, pero estamos mostrando que, independientemente del dolor y el terror, no nos van a paralizar". 

A pesar del alto coste del activismo en su familia, cree que es su lugar en el mundo: "Estoy dispuesta a asumir la lucha con mucha más fuerza y determinación. Sobre todo desde que he descubierto la historia de las mujeres de mi familia, que es dura pero esperanzadora. Una fuerza recorre nuestra sangre, porque a pesar de todo no siento miedo ni ganas de tirar la toalla. Vivo y viviré siempre en Intibucá".

Así pues, Berta no solo deja su legado y su espíritu, sino a unos hijos dispuestos a continuar batallando "con todos los riesgos que comporta, igual que tanta otra gente. Somos conscientes de la importancia de defender nuestras tierras y ríos, de seguir defendiendo la vida".

"Los campesinos que viven en las montañas dicen que el espíritu de Lempira habita la sierra, que por ahí anda. De igual manera, dicen que mi mami es el espíritu del agua". Según la cultura lenca, las guardianas de los ríos son espíritus en forma de niñas. Ahora, una guardiana muy fuerte las acompaña: "Mi mamá habita los ríos, muchos ya la han visto recorriéndolos".


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