PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Now

María destruyó sus casas, ahora 4.000 puertorriqueños acaban de perder su último refugio

H

Getty
 

A los habitantes sin casas de Puerto Rico se les acaba este martes el alojamiento subvencionado en hoteles, pero no tienen a dónde ir porque la isla sigue devastada. Así es el hastío y la incertidumbre de su día a día

astrid otal

20 Marzo 2018 09:23

Nadie durmió la noche del huracán en Puerto Rico. En el edificio donde vivía Orializ González se agrietó el techo. Es enfermera y tiene un hijo de 9 años. Dos árboles arrancados por el viento impactaron sobre el tejado. Habla de que el agua subía y amenazaba. Habla de cuánto extraña su hogar.

De los residentes de su antiguo bloque de apartamentos, poco sabe. "En el complejo no quedan ni la mitad. Mucha gente abandonó los coches en el aeropuerto y se largó en cuanto pudo", nos cuenta por teléfono desde un hotel.

Ella se quedó. Una habitación con dos camas y una pequeña nevera se ha convertido en su casa temporal. Lleva tres meses en un cuarto del Dreams Hotel, que tiene la fachada rosada y un letrero que se ilumina por la noche con el número de teléfono de las reservas. La estancia la costea la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias de EEUU (FEMA).

Después del desastre, con gran parte de las infraestructuras devastadas, más de 6.500 puertorriqueños tuvieron que ser acogidos en hoteles de Puerto Rico y de 41 estados de EEUU como Florida, Nueva York, Connecticut, Massachusetts o Pennsylvania. Todavía se hospedan cerca de 4.000 familias con sus viviendas en ruina. Están nerviosas. El programa de Asistencia de Alojamiento Transitorio finaliza el próximo 20 de marzo y se quedarán sin un techo garantizado.

"Yo no sé qué voy a hacer. Estoy teniendo ansiedad. Si soy sincera, veo que pasan los días y no creo que pueda regresar a mi casa con el techo todavía rajado", relata.

Fuentes de FEMA comunican a PlayGround que el gobernador de la isla, Ricardo Rosselló, no ha solicitado extender la ayuda en esta ocasión. Sí lo hizo en enero y febrero cuando también había fechas límites que anunciaban el fin del programa. No obstante, los mismos funcionarios de FEMA precisan que la estancia en los hoteles se presentaba solo como solución por un breve margen de tiempo.

"Yo no sé qué voy a hacer. Estoy teniendo ansiedad. Si soy sincera, veo que pasan los días y no creo que pueda regresar a mi casa"

A Orializ no le sirve. Dice que la devastación continúa. Todos los días le parecen iguales. No encuentra empleo. Las oportunidades laborales que le han ofrecido son fuera de Puerto Rico. Se marcharía, sin dudarlo, pero tiene una madre mayor a la que cuida. La rutina le pesa. Por la mañana busca apartamentos y se desespera. Todos caros, alejados o destruidos.

Cuando se le hacen las tres de la tarde, va a recoger a su hijo a la escuela, cenan más veces de las que quisiera en un fast food y se ponen a hacer los deberes. El paquete de espaguetis que valía un centavo, ahora vale dos. La gasolina ha pasado de 68 centavos a 77. En las calles, todavía hay negocios que no abren. La luz a veces se va y viene y algunas zonas del territorio directamente continúan sin electricidad. La habitación del hotel ha sido un refugio.

"Nos sentimos abandonados y ciudadanos estadounidenses de segunda", se queja.

Puertorriqueños haciendo colas para conseguir gasolina en los días después del huracán. Getty

I. La realidad, meses después

Casi seis meses después de la catástrofe, parte de Puerto Rico mantiene la agonía. Fue el peor huracán que golpeó el territorio desde el ciclón Felipe en 1928. Al inicio, Donald Trump tardó cerca de tres semana en tramitar una partida económica para el territorio. De hecho, tras el desastre, ya se demoró 13 días en acudir a la isla arrasada cuando voló a Florida a los dos días del ciclón Irma. Dejó además gestos inapropiados. El presidente, durante su visita de cinco horas a Puerto Rico, lanzó rollos de papel en vez de entregárselos a los ciudadanos en mano.

Por otra parte, solo durante escasos diez días el mandatario levantó la Ley Jones, una legislación que prohíbe que atraquen en Puerto Rico barcos extranjeros. Todas las mercancías de la isla se encarecen debido a las importaciones deben llegar primero a territorio continental de EEUU. Luego se cambian a mercantes con bandera americana, los únicos que pueden entrar en los puertos puertorriqueños. El coste añadido lo pagan los ciudadanos de la isla.

Orializ cuenta que las semanas en las que estuvieron en el destrozado edificio un vecino mayor murió del corazón. Las medicinas escaseron y las infecciones eran comunes. El pasado mes el gobernador de Puerto Rico encargó documentar a la Universidad de George Washington otra vez las muertes esclarecerlas todas.

Donald Trump, lanzando rollos de papel de cocina en su visita a Puerto Rico. Getty

Desde finales de año, la cifra extraoficial habló de más de mil muertos. Las autoridades de Puerto Rico has estado atribuyendo al desastre solo 64 fallecidos. Sin embargo, el Centro de Periodismo Investigativo de Puerto Rico mostró que se habían producido 985 defunciones más de lo habitual en los primeros 40 días después de la tragedia.

Mientras la situación se recompone, los supervivientes piden que no se les deje desamparados. "¿Qué pasará? ¿Van a dejarlos a su suerte?". Pregunta al aire Sandra Castro, dueña del hotel Villa Cofresí en el municipio de Rincón, justo en el extremo oeste de la isla. El hotel está pegado al mar y la arena no ha vuelto. El agua llega hasta casi la entrada, pero ya lo rehabilitaron y abrió para los turistas.

Tiene 122 habitaciones y 65 las ocupan puertorriqueños acogidos. A algunos los ve menos: se marchan a sus trabajos temprano y regresan a las cinco o seis de la tarde. A otros los mira sumergidos en una monotía de hastío entre unas paredes en las que intentan olvidar que voló su hogar. Viven pendientes de cómo se está tramitando su caso y en qué fecha les arreglarán sus viviendas. Muchos directamente miran si hacer las maletas y abandonar su patria, según traslada Sandra en la conversación telefónica.

A algunos los ve menos, se marchan a sus trabajos temprano y regresan a las cinco o seis de la tarde. A otros los mira sumergidos en una monotía de hastío

Los expertos hablan de una "estampida". De un éxodo masivo. El Centro de Estudios Puertorriqueños estimó que hasta 470.335 habitantes emigrarían en los siguientes dos años después del huracán María. Estos datos podrían ser escuetos. Según la Oficina del Gobernador de la Florida, más de 318.000 personas llegaron desde Puerto Rico a Florida solo en el periodo que abarca de octubre de 2017 al 11 de enero de 2018.

Getty

Jorge Duany, académico en la Universidad Internacional de Florida, apunta que las olas de migraciones han sido una constante pero más moderadas. Antes del huracán María, la gente se iba. Lo hacían las clases medias, sobre todo jubilados, en los 70. Abrió Disneylandia en Orlando y algunos residentes vieron una oportunidad de inversión en el área o solo vivir tranquilos en momentos en los que en la isla tenía mayores tasas de crimen. Lo venían haciendo también trabajadores de la industria manufacturera desde 2006. Ese año se cerró la sección 936, una cláusula eliminada por el Congreso de EEUU que permitía exenciones contributivas a las compañías norteamericanas que se instalaran en Puerto Rico. Su fin ocasionó una recesión económica.

Pero ese goteo de fuga ahora es una corriente de huida. Los habitantes se largan sobre todo al estado de Florida o Nueva York. Duany explica que la barrera lingüística a veces les impide llegar a puesto de trabajo más cualificados. En Florida copan el sector servicios. De los que se van, solo un pequeño porcentaje regresa. La tierra tira pero se sienten empujados.

Sandra Castro repartió hielos después del huracán para que enfermos de diabetes mantuvieran su insulina

A Orializ le preocupa junio. Volverá la temporada de huracanes. Teme otro igual. "Vivimos en la carretera por donde pasan los huracanes", nos apunta Aurelio Mercado, oceanófrago de la Universidad de Puerto Rico. "Un océano más caliente es combustible para hacer ciclones más violentos y por eso preocupa el cambio climático", señala. "Tampoco se debería haber construido urbanísticamente tan cerca de la costa".

Sandra no se imagina en otro lugar. "Ahora en algunas zonas estamos bien. La mejor forma de ayuda es venir a Puerto Rico", sostiene. Del huracán intenta solo quedarse con una cosa. Cuatro días después de la tormenta funcionó por unas horas el cuadro telefónico en el hotel. La gente del barrio acudió en masa para llamar a los familiares en otros estados de EEUU.

"Solo podían decir: 'estoy bien, te amo'. No podían parar de llorar y de repetirlo constantemente", recuerda.

El resto de supervivientes quiere seguir diciendo que todo vuelve a estar bien.

share