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Artículo Los ‘noes’ al proceso de paz en Colombia: ¿quiénes son y por qué desconfían? Now

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Los ‘noes’ al proceso de paz en Colombia: ¿quiénes son y por qué desconfían?

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Las sombras de la paz

Rafa Martí

09 Septiembre 2016 08:52

La foto fue para la historia: Juan Manuel Santos se daba la mano con Timoleón Jiménez, alias “Timochenko”, y Raúl Castro aparecía en medio como testigo. Aquel momento parecía poner fin a medio siglo de guerra y sufrimiento. Pero solo lo parecía: como en todo, las negociaciones de la paz entre el Estado colombiano y la guerrilla de las FARC también tenían sombras.

Las negociaciones que culminaron en La Habana se cerraron con secuestrados en la selva, con las armas todavía en posesión de la guerrilla, con la incertidumbre de si los crímenes quedarán impunes, con grupos paramilitares y de sicarios todavía fuertes con ganas de venganza, y con un Estado que nunca ha garantizado que se cumpla nada.

Críticas de la derecha

Las primeras reacciones críticas al acuerdo vinieron del sospechoso habitual. Se trataba del expresidente de la “mano dura” y artífice del Plan Colombia, Álvaro Uribe. Bajo su mandato se produjeron los episodios más crudos de la guerra, porque él estaba decidido a acabar con las FARC a base de plomo. Y lo que había firmado su sucesor Santos, más que una paz —para él— era una rendición.

Uribe y los suyos hablaron sobre todo de que los delitos de la guerrilla quedarían impunes por la amnistía, que el nuevo partido político que representase a las FARC tendría más financiación que cualquier otro, que exmiembros con delitos de lesa humanidad podrían presentarse a las elecciones, que el Estado perdería soberanía en territorios que se declararán transitorios o que las fuerzas armadas recibirían el mismo trato en el momento de juzgar los crímenes del conflicto. Sobre algunos de estos puntos, la ONG estadounidense Human Rights Watch también llamó la atención, en especial sobre la impunidad a criminales de guerra.

Uribe no tiene autoridad moral para criticar el proceso. Durante su mandato se desmovilizaron más de 20.000 paramilitares que fueron pagados más de lo que ahora se le ha prometido a las FARC

Sin embargo, muchas de estas críticas no están justificadas o se han usado con oportunismo político: “Entiendo que el uribismo haya podido criticar temas legítimos, pero en muchos otros se ha apoyado en mentiras” —dice Hugo García, editor político de El Espectador de Bogotá. “Decían que iban a pagar a los exguerrilleros salarios de 1.800.000 pesos pero en realidad solo recibirán fondos de manutención que no superarán el salario mínimo”.

“Uribe, además, no tiene autoridad moral para criticar el proceso. Durante su mandato se desmovilizaron más de 20.000 paramilitares que fueron pagados más de lo que ahora se le ha prometido a las FARC y a los cabecillas se les extraditó sin ser juzgados en Colombia”, añade García.

Críticas de la izquierda

Las sombras, sin embargo, no terminan en la derecha. Algunos intelectuales, como el escritor Fernando Vallejo —abiertamente antiuribista— criticaron en su momento el proceso de paz. Vallejo veía las negociaciones de La Habana como un reparto de cargos. Por un lado, un Estado que quería colgarse la medalla de haber logrado la paz. Y luego, una cúpula guerrillera que, cansada de vivir en las montañas, quería asegurarse un futuro político sin pagar por su violencia.

Ahora, días después de la firma de los acuerdos, los intelectuales y artistas no han dicho nada. Es más, han redactado manifiestos y apoyado actos por el Sí a los acuerdos de La Habana. Y los sectores populares y sociales tampoco se han opuesto. Parece como si Colombia se hubiese callado las diferencias para salir adelante de una vez. Por ello, fuimos a hablar con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), la segunda guerrilla revolucionaria más importante de Colombia, todavía activa.

“Los sectores sociales y populares han sido golpeados por el terrorismo de Estado. Para todos ellos, una relajación de las condiciones brutales de la guerra es percibida como favorable”, dice Diego Galvis, de la Radio Nacional Patria Libre del ELN.

No podemos matarnos por los siglos de los siglos. Nosotros vivimos la guerra y sabemos de qué hablamos. Esos revolucionarios de salón, no

Aún así, que haya habido una unidad hacia la paz, no significa que algunos sectores tengan dudas sobre el acuerdo. Así lo reconoce el ELN: “Algunos movimientos sociales nos han expresado las críticas que hacen a los acuerdos de La Habana, los cuales consideran buenos pero incompletos. De esas críticas, el ELN ha tomado algunas cuestiones y las ha hecho públicas. Estas comunidades y sectores ven que la paz que buscan las FARC es un principio, pero el acuerdo no llena las expectativas de todos los colombianos”.

Algunos sectores más radicales —sobre todo de manera individual y en las redes sociales—, han expresado que las FARC ha capitulado en sus principios revolucionarios. Pero para el ELN y los sectores a los que representa, era necesario llegar a un punto en el que terminase la violencia: “No compartimos ese criterio de que la paz es abandonar los postulados de la revolución... No podemos matarnos por los siglos de los siglos. Nosotros vivimos la guerra y sabemos de qué hablamos. Esos revolucionarios de salón, no”.

La violencia no se detendrá

El propio ELN, que sigue en guerra con el Estado colombiano, también desea la paz, pero según su portavoz, no se plegarán al acuerdo al que ha llegado las FARC. “Muchos desearían eso”, dice. Por el momento, están esperando la fecha que Santos les dé para reanudar las conversaciones en Quito.

“Creemos que las FARC tienen otra visión de como construir la Paz y que son, digamos, osados al confiar en una oligarquía y en un establecimiento que históricamente ha traicionado”, añade Galvis.

Este es un aspecto que ha generado una gran incertidumbre en la guerrilla. Muchos combatientes de las FARC temen que la violencia no cese y que grupos paramilitares todavía activos o de sicarios contratados por la oligarquía ejecuten ahora la venganza. Una venganza sobre un grupo que tiene que desarmarse. Por eso, la paz aún no está cerrada. De hecho, las FARC todavía no abandonan las armas.

Muchos combatientes de las FARC temen que la violencia no cese y que grupos paramilitares todavía activos o de sicarios contratados por la oligarquía ejecuten ahora la venganza

“Han sido 50 años en guerra y si no se refrendan los acuerdos por el pueblo, las armas no se van a entregar”, apunta García, de El Espectador. “Colombia está ahora ante un gran reto de garantizar la seguridad a todo el mundo. Y para que sea efectiva la paz, tiene que garantizarse la seguridad a los guerrilleros que se desmovilicen”.

La foto de La Habana es un comienzo para un país cansado del sufrimiento de la guerra. Y ese cansancio se manifiesta en un deseo que apoya la gran mayoría de la ciudadanía. A pesar de las diferencias y las críticas la mayoría de la sociedad ve con buenos ojos el avance. Pero después de tres años de conversaciones, el verdadero proceso de paz solo acaba de empezar.

La foto fue para la historia: JoséManuel Santos se daba la mano con Timoleón Jiménez, alias“Timochenko”, y Raúl Castro aparecía en medio como testigo.Aquel momento parecía poner fin a medio siglo de guerra ysufrimiento. Pero solo lo parecía: como en todo, las negociacionesde la paz entre el Estado colombiano y la guerrilla de las FARCtambién tenía una parte de sombra. O, al menos, incompleta.


Las negociaciones que culminaron en LaHabana se cerraron con secuestrados en la selva, con las armastodavía en posesión de la guerrilla, con la incertidumbre de si loscrímenes quedarán impunes, con grupos paramilitares y de sicariostodavía fuertes con ganas de venganza, y con un Estado que nunca hagarantizado que se cumpla nada.


Las primeras reacciones críticas alacuerdo vinieron del sospechoso habitual. Se trataba del expresidentede la “mano dura” y artífice del Plan Colombia, Álvaro Uribe.Bajo su mandato se produjeron los episodios más crudos de la guerra,porque él estaba decidido a acabar con las FARC a base de plomo. Ylo que había firmado su sucesor Santos, más que una paz —para él—era una rendición.


Uribe y los suyos hablaron sobre todode que los delitos de la guerrilla quedarían impunes por laamnistía, que el nuevo partido político que representase a las FARCtendría más financiación que cualquier otro, que exmiembros condelitos de lesa humanidad podrían presentarse a las elecciones, queel Estado perdería soberanía en territorios que se declararántransitorios o que las fuerzas armadas recibirían el mismo trato enel momento de juzgar los crímenes del conflicto. Sobre algunos deestos puntos, la ONG estadounidense también llamó la atención, enespecial sobre la impunidad a criminales de guerra.


Sin embargo, muchas de estas críticasno están justificadas o se han usado con oportunismo político:“Entiendo que el uribismo haya podido criticar temas legítimos,pero en muchos otros se ha apoyado en mentiras” —dice HugoGarcía, editor político de El Espectador de Bogotá. “Decíanque iban a pagar a los exguerrilleros salarios de 1.800.000 pesospero en realidad solo recibirán fondos de manutención que nosuperarán el salario mínimo”.


“Uribe, además, no tiene autoridadmoral para criticar el proceso. Durante su mandato se desmovilizaronmás de 20.000 paramilitares que fueron pagados más de lo que ahorase le ha prometido a las FARC y a los cabecillas se les extraditósin ser juzgados en Colombia”, añade García.


Las sombras, sin embargo, no terminanen la derecha. Algunos intelectuales, como el escritor FernandoVallejo —abiertamente antiuribista— criticaron en su momento elproceso de paz. Vallejo veía las negociaciones de La Habana como unreparto de cargos. Por un lado, un Estado que quería colgarse lamedalla de haber logrado la paz. Y luego, una cúpula guerrilleraque, cansada de vivir en las montañas, quería asegurarse un futuropolítico sin pagar por su violencia.


Ahora, días después de la firma delos acuerdos, los intelectuales y artistas no han dicho nada. Es más,han redactado manifiestos y apoyado actos por el Sí a los acuerdosde La Habana. Y los sectores populares y sociales tampoco se hanopuesto. Parece como si Colombia se hubiese se hubiese callado lasdiferencias para salir adelante de una vez. Por ello, fuimos a hablarcon el Ejército de Liberación Nacional (ELN), la segunda guerrillarevolucionaria más importante de Colombia.


“Los sectores sociales y populareshan sido golpeados por el terorismo de Estado. Para todos ellos, unarelajación de las condiciones brutales de la guerra es percibidocomo favorable”, dice un portavoz anónimo de la Radio NacionalPatria Libre del ELN.


Aún así, que haya habido una unidadhacia la paz, no significa que algunos sectores tengan dudas sobre elacuerdo. Así lo reconoce el ELN: “Algunos movimientos sociales noshan expresado las críticas que hacen a los acuerdos de La Habana,los cuales consideran buenos pero incompletos. De esas críticas, elELN ha tomado algunas cuestiones y las ha hecho públicas. Estascomunidades y sectores ven que la paz que buscan las FARC es unprincipio, pero el acuerdo no llena las expectativas de todos loscolombianos”.


Algunos sectores más radicales —sobretodo de manera individual y en las redes sociales—, han expresadoque las FARC ha capitulado en sus principios revolucionarios. Peropara el ELN y los sectores a los que representa, era necesario llegara un punto en el que terminase la violencia: “No compartimos esecriterio de que la paz es abandonar los postulados de larevolución... No podemos matar por los siglos de los siglos.Nosotros vivimos la guerra y sabemos de qué hablamos. Esosrevolucionarios de salón, no”.


El propio ELN, que sigue en guerra conel Estado colombiano, también desea la paz, pero según su portavoz,no se plegarán al acuerdo al que ha llegado las FARC. “Muchosdesearían eso” —dice. Por el momento, están esperando la fechaque Santos les dé para reanudar las conversaciones en Quito.


“Creemos que las FARC tienen otravisión de como construir la Paz y que son, digamos, osados alconfiar en una oligarquía y en un establecimiento que históricamenteha traicionado y a matado a quienes en ese establecimiento confían”,añadió el portavoz.


Este es un aspecto que ha generado unagran incertidumbre en la guerrilla. Muchos combatientes de las FARCtemen que la violencia no cese y que grupos paramilitares todavíaactivos o de sicarios contratados por la oligarquía ejecuten ahorala venganza. Una venganza sobre un grupo que tiene que desarmarse.Por eso, la paz aún no está cerrada. De hecho, las FARC todavía noabandonan las armas.


“Han sido 50 años en guerra y si nose refrendan los acuerdos por el pueblo, las armas no se van aentregar” — apunta García, de El Espectador. “Colombiaestá ahora ante un gran reto de garantizar la seguridad a todo elmundo. Y para que sea efectiva la paz, tiene que garantizarse laseguridad a los guerrilleros que se desmovilicen”.


La foto de La Habana es un comienzopara un país cansado del sufrimiento de la guerra. Y ese cansanciose manifiesta en un deseo que apoya la gran mayoría de laciudadanía. A pesar de las diferencias y las críticas la mayoríade la sociedad ve con buenos ojos el avance. Pero después de tresaños de conversaciones, el verdadero proceso de paz solo acaba deempezar.

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