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Luces y sombras del tratado que acaba de sellar la Unión Europea con el país norteamericano
01 Noviembre 2016 06:00
La pieza del telediario que anunció la firma del CETA duró 30 segundos. La presentadora dijo que, tras siete años de negociaciones, Canadá y la Unión Europea habían firmado un acuerdo de libre comercio. Las imágenes mostraron fugazmente a un grupo de señores sonrientes dándose la mano y saludándose con besos, antes de pasar a la siguiente noticia.
El CETA ha levantado las críticas de los sospechosos habituales: los ecologistas y los grupos antiglobalización. De la misma manera, ha suscitado las alabanzas de quienes estaban interesados en él. Y para la mayoría de los mortales solo fue un corte de 30 segundos en un canal de noticias. Sin embargo, sus implicaciones podrían ser relevantes.

Una de las primeras cosas que llama la atención de este acuerdo es que no ha logrado ni la mitad de la atención que acapara el TTIP. Parece que un trato con Canadá —con el Canadá de Justin Trudeau— no puede ser ni de lejos tan oscuro o perjudicial como lo sería un acuerdo con EEUU. Para los críticos, sin embargo, la diferencia solo es de volumen.
Pero, ¿por qué entonces esa poca atención? Contesta Miguel Ángel Soto, de Greenpeace: “El CETA cogió desprevenido a todo el movimiento contrario al libre comercio. Las negociaciones han durado siete años, desde 2009, y el TTIP entró en medio. Gran parte de la atención se ha centrado en el TTIP mientras el CETA seguía su curso”.
Fracking y carne hormonada
El CETA aún no ha entrado en vigor y solo lo hará cuando lo apruebe el Parlamento Europeo. La mayoría política de la cámara dará, previsiblemente, luz verde a su aplicación. Y cuando el acuerdo entre en vigor quizá no veamos a grandes multinacionales estadounidenses terminar con las tiendas del barrio. Pero sí a compañías extractivas canadienses explotando minas en Galicia o haciendo fracking. Esto, según los críticos, como Soto.
Los defensores del acuerdo, sobre todo la comisaria Cecilia Malmström y el presidente Jean Claude Juncker han repetido que los estándares medioambientales y sanitarios europeos no se tocan, por lo que rechazan ese escenario catastrofista.
Para Soto, uno de los problemas principales que presenta el CETA no es solo que el medioambiente termine perjudicado. También llama la atención sobre el oscuro historial que tienen estas compañías en explotaciones que han ejecutado en países en vías de desarrollo.
“Estas empresas vendrán porque el CETA favorece las condiciones para los inversores. En el momento en el que se les pongan trabas por parte de las comunidades locales, acudirán a tribunales de arbitraje para reclamar lo que se les prometió”, asegura Soto.
Uno de los puntos críticos del CETA es el uso de tribunales de arbitraje para defender los intereses de inversores antes que los de los parlamentos
Los tribunales de arbitraje son un recurso excepcional para proteger a inversores de los abusos de cualquier administración contra acuerdos ya firmados. La realidad es que no se usan como una excepción, si no como un mecanismo habitual para lograr sus intereses. Un ejemplo de ello es cuando Alemania quiso poner fin a las plantas nucleares a partir de 2011. Varias empresas de energía nuclear, entre las que se encontraba una sueca —que acudió a un tribunal de arbitraje de EEUU—, demandaron al Estado por incumplir un acuerdo de inversión. Esto podría repercutir en numerosos costes para Alemania.
“Un acuerdo como el CETA cambia las regulaciones para atraer a los inversores, sin tener en cuenta la voluntad de los parlamentos”, asegura Soto. Otro de los peligros que detecta el miembro de Greenpeace es la entrada de productos que incumplan normativas sanitarias europeas: es el caso, por ejemplo, de la carne hormonada o lavada con cloro, permitida en Canadá y que podrá ser exportada a la UE.
A esto, los representantes de la UE dicen que los temores son infundados. No obstante, Greenpeace insiste en que “ya hay autorizaciones para importaciones de carne hormonada en toneladas”.
Beneficios económicos, ¿a cualquier precio?
La UE ha insistido en los beneficios de un acuerdo que catapultará el PIB de la Zona Euro hasta 12.000 millones de euros adicionales al año. “El acuerdo alcanzado con Canadá es una hazaña en la política comercial europea. Ayudará a generar un más que necesario crecimiento y puestos de trabajo mientras se conservarán los altos estándares europeos en áreas como la salud alimentaria, la protección ambiental o los derechos de los trabajadores”, dijo Malmström el pasado julio.
Por su parte, el Canadian Centre for Policy Alternatives (CCPA) ha alertado sobre las repercusiones negativas que el CETA puede tener sobre los ciudadanos canadienses. Según este observatorio, la entrada en vigor del acuerdo aumentará el coste de los fármacos en el país norteamericano. El informe del CCPA ha sido admitido por el propio Gobierno de Trudeau, que en la línea de la UE ha destacado los beneficios que tendrá el acuerdo por encima de todo, como un impulso para la economía del país.
Los beneficios de crecimiento y empleos que promete el CETA se basan en un modelo productivo que solo aumentará la precariedad y golpeará a sectores como el agrícola o el automobilístico, según Greenpeace
Soto apunta a que los supuestos beneficios económicos se basan en un modelo productivo obsoleto: “Un CETA puede impulsar el crecimiento basado en el turismo y los servicios, con empleos precarios y abriendo la puerta a una nueva crisis. Además de perjudicar a sectores como el ganadero o el de la automoción, no plantea un cambio de paradigma que impulse el desarrollo tecnológico o nuevos sectores”.
El CETA es el primer acuerdo comercial para el que han tenido que ponerse de acuerdo los 28 países de la UE, después de 7 años de intensas negociaciones. Para los contrarios a este tipo de acuerdos, esto abre una puerta para la firma del TTIP con EEUU. Sin embargo, ante ese nuevo tratado, las reticencias son mucho mayores. Países como Francia se oponen abiertamente a él.
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