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Artículo Mujeres contra el hambre y la sharia: la primavera iraní será feminista o no será Now

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Mujeres contra el hambre y la sharia: la primavera iraní será feminista o no será

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Tras más de 20 días de protestas, al lema de "¡Pan, trabajo y libertad!" las mujeres añaden un grito por el fin de la sharia. Hablamos con algunas de ellas sobre las esperanzas de acabar con un régimen opresivo y la crisis

astrid otal

19 Enero 2018 06:00

"En estas protestas por el hambre abundan mujeres", dice.

Shideh, que ha descolgado el teléfono, se lo pega a la boca. Habla desde Teherán. Aprovecha un turno de descanso, en la clínica en la que trabaja como médica, para relatar. Como si contar, a pesar de los riesgos que le impiden usar su nombre verdadero, le curara en esperanza.

Nació hace 37 años en la capital. Le pesa ver tiendas cerradas, el pan más caro. Detesta la sharia. Por eso, hace unas semanas, se sumó a la ola de revueltas que proliferaron por el país. Ahora, de más baja intensidad. La represión ha causado 25 muertos y cerca de 4.000 arrestados -muchos ya en libertad-. Se suman además tres muertos en prisión. Las autoridades han difundido que se suicidaron. Entre la población cala más la idea de que los mataron.

El pasado 10 de diciembre, cuando el presidente Hasan Rohaní anunció televisivamente los presupuestos de 2018, algo hizo crack en Irán. De corte neoliberal, reducían casi a la mitad, de un 10% a un 5,4%, la partida a un programa social. Lo llaman 'transferencia directa de dinero' y es un subsidio que da unos 70 euros al mes a las clases más humildes. Irán no es que padezca una pobreza extrema -situada en un 4,9% según el economista iraní Djavad Salehi-Isfahani-, pero la población se está ahogando.

La carne alcanza los 12 euros el kilo, el precio del petróleo subirá en un 50% este año, el salario mínimo apenas roza los 300 euros. A la vez, Rohaní informaba que los órganos religiosos y la Guardia Revolucionaria aumentaban sus partidas. En las protestas del 2009, emergidas por un supuesto fraude electoral por la victoria del radical Mahmud Ahmadineyad, la gente gritaba Where is my vote? Aquí se está vociferando el fin de la República Islámica. El mensaje ha cambiado.

Shideh no ve que su generación encaje con leyes opresoras. Como miles de parejas jóvenes, vive con su novio en secreto, sin estar casada. Una vez lo estuvo y se separó. Dice que sin problemas, por suerte, porque los dos querían el trámite. La sharia, que permite al marido terminar con la relación siempre, solo deja a las mujeres si demuestran, en un costoso proceso judicial, que él es un drogadicto o que la maltrata. "A veces se nos acaba el amor y ya está, pero no puedes", explica.

En su apartamento, oculta que son dos y que no hubo boda. Es un 'matrimonio blanco', como llaman a estas relaciones extramatrimoniales. Sabe que desafía a la norma, lo que implica que la puedan arrestar en cualquier momento. Sus vecinos, que podrían mirarla mal por divorciada o delatarla, están callando.

Irán no es Arabia Saudí. En el país, las mujeres votan, conducen y trabajan desde hace tiempo al contrario que en el saudita, derechos apenas logrados y muy limitados. Pero el hijab es obligatorio, heredan un 50% menos que sus hermanos, necesitan el permiso del marido para viajar, no pueden entrar en estadios de fútbol. La justicia cree que los crímenes hacia ellas merecen menos castigo. Si te divorcias, el hombre puede arrancarte a tus hijos cuando cumplen 7 años, una vez ya criados. En Irán, una no puede subir al escenario y bailar para todos.

I. Occidente cierra los ojos

Mina Khani bailaba a escondidas. Cuando era pequeña, tenía unos vecinos bahaíes, comunidad perseguida por los ayatolás. Su hija, de la que era amiga, tocaba el piano y danzaba. Mina comenzó a hacerlo encerrada en su cuarto. Aquel espacio era un oasis. Hoy es una importante coreógrafa exiliada en Berlín. Su padre quería que estudiara Bioquímica. Ella se fue a Alemania y aprendió teatro y danza. No puede pisar su tierra porque, cuando sucedieron las revueltas de 2009, se expresó a favor desde el extranjero.

Las cosas cambian. Son tantas las mujeres que se resisten, maquillándose o destapan parte de su pelo, que se tendría que detener a miles

Dice que ahora se permiten a las mujeres actuar, pero hace diez años, cuando residía en el país, era impensable. Después de la revolución del 79, el poeta iraní Moshen Emadi recuerda ver pandilleros islamistas que arrancaban a las mujeres el maquillaje con cuchillo. Mina lo que conoció fue una policía de la moral que registraba los bolsos en busca de cosméticos. Hoy ya apenas detienen a mujeres por salir con los labios pintados o no taparse la correctamente el pelo. Son tantas las que resisten que en las cárceles habría que meter a miles.

Protestas por el hambre en Irán

“En Berlín tengo más libertad”, confiesa en una conversación por Skype. Ha participado en la dirección de obras sobre la violencia estatal, sexista y sobre la guerra civil en Siria, abordando la responsabilidad de Occidente. “Pero -continúa- la vida no significa que sea extremadamente fácil. Aquí soy iraní. No ven como un sujeto sino como un objeto hacia el que proyectar su racismo. Sobre todo sucede cuando decido ponerme el velo. Yo elijo llevarlo los días que quiero”.

Resopla. Siete días antes de hablar, se rumoreaba que había ingresado en un hospital de Hannover el ayatolá Mahmoud Hashemi Sahroudi. Ex jefe del organismo judicial iraní, opositores apresados le acusan de torturas y matanzas. Al descubrir que podía encontrarse en territorio alemán, se pidió su arresto internacional. Según publica NCRI (National Council of Resistance of Iran), el régimen iraní lo trajo de vuelta y sugieren que el gobierno alemán les podría haber ayudado.

Graffiti en las calles: \"La nación se ha convertido en un mendigo mientras que el líder se ha convertido en el dios".

Ningún país quiere perjudicar sus relaciones con Irán, gran exportador de petróleo. Ya lo hemos visto”, apunta Sarah Dehkoedi, refugiada iraní en Alemania en una conversación.

La madre de Sarah era feminista. Su padre comulgaba con el Partido Democrático del Kurdistán Iraní (PDKI). Con el triunfo de la Revolución Islámica en el 79, tuvieron que fugarse del país. En 1992, cuando Sarah tenía 7 años, dos hombres armados entraron en un restaurante berlinés en el que se habían reunido nueve opositores. Descargaron su munición. Mataron a cuatro, entre ellos, a su padre. A su madre la recuerda peleando contra todo para que hubiera un juicio. El caso Mykonos, llamado así por el nombre del restaurante, es el único con sentencia de todos los asesinatos políticos que se sospecha que cometió Irán fuera del país.

El baño de sangre, durante dos décadas, podría superar los 150 disidentes aniquilados por toda Europa. Las cifras exactas se desconocen. Existe un documental, Holy Crime, que denunció la masacre. Solo el Tribunal Supremo de Berlín, en 1997, reconoció que las muertes estaban orquestadas por los servicios secretos de Teherán.

“Cayeron en París, Viena, Hamburgo, Ankara… Fue como lo que hizo Pinochet”, se indigna Sarah.

Lo único que tenemos son “las famosas sanciones económicas a Irán”, añade Mina. No por los crímenes del Gobierno, dice, si no sobre todo era por su programa nuclear. “Esas medidas las sufren la gente. Desde que se le impusieron, los hospitales públicos decayeron mientras se privatizaba el servicio. Muchas medicinas se dejaron de importar”.

En Irán, hay un cementerio sin lápidas que alberga entre 4.500 y 5.000 cadáveres, según denuncia Amnistía Internacional. Los familiares acuden a llorar al polvo y a veces son detenidos. En 1988, un año antes de morir, el ex Líder Supremo Jomeini mandó asesinar a los presos políticos que estaban a punto de terminar su condena en el país. No quería oposición en la calle. El Gobierno intentó hacer pasar una carretera sobre el cementerio. Asfaltar sus crímenes. Las madres lograron pararlo.

II. El dolor del exilio

A Parveneh Hosseini le duele estar lejos. Tiene un hermano en Irán, de 35 años, que abrió un pequeño establecimiento de fast food con dos mesas. El resto, para llevar. Lo emplazó en un barrio obrero. A los dos meses lo cerró porque nadie podía permitirse entrar. Probó más tarde con una tienda de ropa. Tampoco funcionó.

“Arrasa la corrupción y la gente malvive”, comenta Hosseini.

Antes de irse a Estados Unidos, era profesora de inglés en institutos y en la Universidad de Teherán. Soportaba que sus jefes juzgaran sus vestimentas y le recriminaran cuando no tapaba su pelo correctamente. Todos los días. Una vez la llamaron porque ella trataba a todos sus alumnos por su nombre de pila. Le dijeron a los hombres no, que era una falta de respeto. Un año decidió acudir a una concentración feminista un 8 de marzo. Se juntaron apenas unas pocas.

La represión contra las mujeres ha sido tan severa que no hay una organización oficial. Todo se hace clandestinamente. La policía no tardó en llegar a la concentración para llevarse a las que la lideraban. Parveneh también conoce las comisarías. Una patrulla la detuvo cuando estaba en un parque con su novio. “No estábamos casados. Está prohibido”, comenta.

La exiliada iraní Parveneh Hosseini

Ella tampoco puede volver a Irán porque apoyó al movimiento verde desde el extranjero. Cuenta que echa de menos las casas, las montañas escarpadas, cómo se ve la primevera en su patria. Cuenta que el año pasado murió su padre, en un hospital de Teherán, y ella solo se pudo despedir por teléfono. “Todos los que estamos exiliados estamos privados de los derechos básicos, especialmente emocionalmente”, alega.

“¿Quién piensa en las mujeres?”, pregunta.

Pero ellas pensaron en Hasan Rohaní cuando lo votaron en su reelección el pasado mayo, después de sugerirles en campaña levantar la prohibición que impide su acceso a los estadios de fútbol. También prometió presencia de mujeres en su Gobierno. Lo ha incumplido todo. Solo nombró a dos vicepresidentas y una asesora, puestos que al contrario que los ministros, no tienen responsabilidad.

“¿Quién escuchó a las 20.000 mujeres que se concentraban todos los días en Teherán, en 1979, cuando la Revolución Islámica comenzaba a ordenarles que se taparan la cabeza?”, lanza Parveneh.

Quién, en realidad, piensa en Irán.

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