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Si consumes cocaína, estás agravando todavía más la crisis climática

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Así son los peligros de la narcodeforestación

Gemma Cuadrado

10 Octubre 2019 22:38

Hace unos años nos preguntábamos si la cocaína podría aguantar el cambio climático. ¿Sería la crisis medioambiental la única capaz de cargarse el imperio del narcotráfico? Los expertos predijeron que la planta de coca podría resistir la subida de temperaturas e incluso otros cambios más extremos. Lo que no se imaginaron es que las tornas se girarían hasta el punto de que podría ser ella la que lo provocara.

Una nueva investigación de la Fundación Neotrópica y la Fundación Prisma de El Salvador nos muestra que la cocaína también contribuye directamente a la crisis climática. Los estudios se centran en áreas de Honduras, Costa Rica y Guatemala que conforman el Corredor Biológico Mesoamericano, que enfrenta algunas de las tasas de deforestación más altas del mundo. Los tres informes resultantes sugieren que tanto las actividades dirigidas a la producción y distribución de cocaína como los esfuerzos para detener ese comercio están causando daños por valor de más de 200 millones de dólares al año en la región.

¿Qué es la narcodeforestación?

Una de las principales formas en las que el comercio de cocaína perjudica el medio ambiente es a través de su transporte. La ruta principal suele ser ir desde América del Sur hasta los Estados Unidos. Pero para evitar problemas con la ley, los traficantes están utilizando rutas cada vez más remotas. Algunas incluso pasan a través de bosques y regiones protegidas, de modo que han empezado a construir carreteras y pistas de aterrizaje para facilitar el acceso.

Pero el transporte de esta droga no es la única causa de desforestación de la zona. Con el fin de lavar el dinero que obtienen de su comercio ilegal, los narcos también han empezado a invertir en sectores como la agricultura y la ganadería. Lo que se traduce en millones de hectáreas de bosques y selvas completamente arrasadas en Centroamérica por culpa de la cocaína.

— Vídeo relacionado —

La huella de carbono de la cocaína

Los bosques de América Central se conocen como sumideros de carbono, lo que significa que absorben y retienen más carbono que el que liberan. Según los especialistas, hasta un 20% de las emisiones de carbono mundiales podrían evitarse si acabáramos con la deforestación.

Un estudio de 2016 sugirió que los bosques de Centroamérica, si los dejáramos sin tocar, podrían absorber más de 31 mil millones de toneladas de dióxido de carbono de la atmósfera, que es casi lo suficiente como para eliminar los 37 mil millones de toneladas que se emiten cada año.

Cuando el coste es la vida

Estos bosques también reunen entre el 7 y el 10 por ciento de la biodiversidad de todo mundo, según Science, lo que significa que hasta un 10% de las especies conocidas son nativas de la región. La destrucción de estos hábitats provoca que animales y plantas de la zona se encuentren en grave peligro de extinción.

Muchas de esas tierras protegidas también están ocupadas por comunidades aborígenes. A medida que los traficantes avanzan en la narcodeforestación, personas que han vivido en esas regiones durante generaciones son expulsadas, desplazadas y desarraigadas de su tierra y de su comunidad, contribuyendo así al genocidio indígena que la América Latina vive en silencio desde hace 500 años.

Hacia una política de drogas medioambiental

La pérdida de bosques en América Central no solo desestabiliza la región, sino que tiene consecuencias mundiales. Para frenar mejor el tráfico de drogas y salvar los bosques, sugieren los investigadores, los gobiernos deberían proteger a las personas que llaman hogar a estas áreas. Según un informe reciente dirigido por investigadores de la Universidad Estatal de Oregón, los bosques administrados por tribus indígenas y otras comunidades locales se muestran menos susceptibles a la apropiación de tierras que los parques estatales administrados por el gobierno. Proteger a la gente local protege el bosque local y, a su vez, protege a todo el planeta.

"No se puede hacer política de control de drogas y política de conservación por separado", opina Bernardo Aguilar-González, uno de los autores del citado estudio. "Hay que hacerlo en armonía. Invertir en los derechos comunitarios sobre la tierra y la gobernanza participativa en áreas protegidas es una estrategia clave para combatir el tráfico de drogas y el cambio climático simultáneamente".

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