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"Nos metieron en el avión escoltados por soldados, parecíamos delincuentes"

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Hablamos con Antonio Pampliega, periodista español que junto con Ángel Sastre acaba de ser deportado por el Gobierno de Ucrania

Margaryta Yakovenko

26 Agosto 2017 16:12

"Después de siete horas retenido en el aeropuerto de Kiev, junto con Ángel Sastre, la policía de frontera ha decidido deportarnos". Así iniciaba el periodista Antonio Pampliega el relato de cómo un Gobierno europeo no solo no dejaba a dos informadores pasar su frontera sino que directamente decidía deportarlos sin demasiadas explicaciones.




Sastre y Pampliega aterrizaron este jueves a las 13:00 hora local en la capital ucraniana con la intención de cubrir el conflicto enquistado en el este del país. Lo hacían el día en el que el país celebraba 26 años de su independencia de la URSS y la capital se llenaba de desfiles militares, soldados de la OTAN y discursos patrióticos.

Iban a ir a la ciudad de Andrievka, hace apenas 3 años la zona cero del conflicto, y a la Región Popular de Donetsk, región independiente rebelde.

Pero no consiguieron pasar de las ventanillas del control de pasaportes.

Según los guardias fronterizos, los nombres de los dos periodistas de guerra estaban en una lista negra junto con 38 personas más de distintas nacionalidades. A todos se les considera un peligro para la Seguridad Nacional de Ucrania.

"A nosotros en 2015 estando secuestrados, Poroshenko -presidente ucraniano- nos metió en una lista negra con 200 periodistas más y a los dos días nos sacaron de esa lista. Pero la lista actual es totalmente diferente, no la ha elaborado ni el Gobierno ni el Parlamento sino que ha sido creada por los servicios secretos de inteligencia", cuenta Pampliega desde el aeropuerto de Amsterdam donde espera con Sastre el avión que los traerá esta tarde a Madrid.

Las lista del 2015 se elaboró cuando los dos periodistas estaban secuestrados en Siria, donde pasaron 10 meses en manos de Al Qaeda. De ahí que el Gobierno ucraniano rectificara y los eliminara de aquel catálogo de personas non gratas.



Pero de la segunda lista, jamás se tuvo constancia.

"Ayer en el aeropuerto nadie nos decía nada, simplemente que estábamos expulsados y que nos iban a deportar y cuando les preguntamos cuál era la razón nos contestaron que preguntáramos a sus superiores y como era fiesta sus superiores no estaban", relata Pampliega.




En total, los periodistas pasaron en el aeropuerto 20 horas. Primero en una sala de espera. Luego en la zona de tránsito al lado de una de las puertas de la terminal. Les quitaron el pasaporte y negaron todo acceso a llamadas y contactos diplomáticos. A la embajada española tuvieron que contactar ellos mismos.

A las 6 de la mañana un soldado ucraniano vino a por ellos, les entregó sus pasaportes y dos billetes de embarque hacia Madrid. "Nos metieron en primer lugar dentro del avión escoltados por soldados, parecíamos delincuentes", recuerda Pampliega.

En cuanto pisen suelo español tienen claro que lo primero que harán será elevar una queja a la embajada de Ucrania en España. "No entendemos la decisión del Gobierno ucraniano de deportar periodistas. Imagino que con esta decisión lo que quieren es ocultar lo que ocurre en el este del país y creo que la Unión Europea debería pedir explicaciones de por qué un gobierno que quiere entrar en la UE permite que periodistas no puedan ejercer su derecho a informar. Me parece lamentable", sentencia Pampliega y añade: "Un gobierno democrático no debería vetar a periodistas".




Por el momento, si Ucrania no cambia su postura, ni Pampliega ni Sastre podrán entrar en el país hasta 2020. Tendrán que mantener tres años de silencio impuestos por los servicios de inteligencia.

Teniendo en cuenta de que el castigo viene impuesto por un país que te puede condenar a 2 años y medio de cárcel por poner memes comunistas en el Facebook al mismo tiempo que prohíbe el uso de la red social más usada por sus ciudadanos y olvida investigar el asesinato de un eminente periodista crítico con el poder, la sorpresa se convierte lentamente en estupor. 

Porque algunos métodos intimidatorios no se diluyen, ni aunque pasen 26 años.

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