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Artículo Cuando lo único que importa es el sexo de los escritores Now

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Cuando lo único que importa es el sexo de los escritores

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Un millon de libros escritos por mujeres que todo hombre debería leer

Luna Miguel

14 Noviembre 2014 10:43

El año termina y la iniciativa #readingwomen2014 se agota y desvanece. Recordemos: a principios de enero, la escritora y editora Joanna Walsh lanzó a Twitter este hashtag. Walsh quería que, por fin, el nombre de las escritoras tuviera la visibilidad y el lugar que merecía en catálogos editoriales y en librerías. Desde entonces son muchos los artículos que todos los medios del mundo hemos publicado especulando cuáles serían los nombres más importantes de este año, o celebrando ciertos libros que sin duda han marcado la actualidad literaria: desde Roxane Gay o Lindsay Hunter en las letras anglosajonas, hasta nuestras traducciones de Donna Tartt, Chimamanda Ngozi, Louise Glück, Lydia Davis, Siri Hustvedt y otras grandes autoras.

¿Reclamo o moda?


El entusiasmo de la prensa cultural, de tendencias o femenina por hacer listas de recomendaciones y también el de las editoriales por promocionar a sus autoras no dejó de crecer. En ocasiones, la estrategia resultó muy positiva; en otras, la obsesión por diferenciar el género acabó creando la sensación de que en el mundo sólo existen dos literaturas: la que escriben ellos, y la que escriben ellas. La tonalidad de grises no parecía posible entre estos dos pilares únicos. Da la impresión de que cuando la escritora Marta Sanz elogia la novela de Hustvedt y la califica de “feminista”, todos los hombres fueran a sentir rechazo ante tal publicación.  

La culpa no es Marta Sanz, ni tampoco de Siri Hustvedt. Tal vez, el problema sea nuestra rigidez a la hora de entender el mundo. Nos hemos acostumbrado a pensar que género y literatura han de ser una lucha continua. Un continuo tira y afloja entre los sexos de quienes escriben y los sexos de quienes leen. Por eso, como apuntaba la escritora Jenn Díaz en su Twitter a raíz de una polémica generada por estos mismos asuntos, cuando ella escribe una novela cuyos personajes son femeninos, hay periodistas que le abordan con preguntas que sólo hacen referencia al carácter femenino de su literatura. Algunas veces, incluso le han preguntado por qué decide escribir sólo para mujeres. Como si los hombres jamás se interesaran en su escritura.

Un canon de testosterona


No se trata de cantidad, ni tampoco de calidad, sino más bien de costumbre. De hecho, la discusión que rodeó la esfera de tuiteros de Jenn Díaz vino originada por una publicación de Larousse en la que tres personalidades de la cultura daban los nombres de algunos de sus referentes, en los que curiosamente los nombres masculinos suponían la gran mayoría. Díaz señalaba que, cuando a uno le invitan a pensar en sus influencias artísticas o literarias, siempre tendemos a pensar en aquellos grandes nombres del canon. Para ella, lo importante en este punto es hacer un esfuerzo, un trabajo, una reflexión profunda para recordar todos esos nombres femeninos que siempre dejamos en el olvido.

Preguntamos a Jenn Díaz a este respecto. A su juicio, para poder llegar a esta igualdad, hay que comenzar a trabajar desde la mismísima base: “para reeducar a las nuevas generaciones se necesita, primero, empezar desde la educación: estudiar a tantos hombres como mujeres. Pero, ojo, como decía antes, no quiero que se estudien a mujeres porque hay que estudiarlas: quiero que se estudien a las mejores y a los mejores. Una selección. Pero quiero que haya más poetas y narradoras en las aulas, más filósofas y pensadoras, más científicas y emprendedoras, más pintoras y compositoras. No me vale cualquier escritora-filósofa-científica-pintora: quiero las mejores, pero las quiero.

Por eso cuando en nuestros días una revista de moda escribe la enésima lista sobre las 10 autoras a las que toda mujer debería leer, o sobre los 10 libros escritos por mujeres que nos harán sentir mejor mujer, o incluso sobre los 10 libros que toda mujer tiene que comprar para saber lo que es el feminismo, es probable que lo único que estemos haciendo es contribuir a esa visión tan desacertada de lo que debería ser la literatura: un espacio común y universal en donde las etiquetas vengan dadas por el contenido, y no por los genitales de quien cogió la pluma, la máquina de escribir o el MacBook.

No hay que quedarse de brazos cruzados


Propuestas como la de Joanna Walsh y su #readingwoman2014 siguen siendo realmente interesantes y no deberían desvanecerse. Proponemos un #readingwoman2015, y un 2016, e incluso un 2017, pero también tenemos la esperanza de que en no mucho tiempo más ya no hagan falta estas distinciones que llevan a equívocos, ni estos artículos que en ocasiones lo único que hacen es separar. Lo único cierto es que hasta que no exista una igualdad palpable, y hasta que un apellido como el de Woolf siga ocupando un nivel tan alto como el de Borges, o un apellido como el de Munro siga teniendo tantos devotos como el de García Márquez, aún quedarán muchas cosas por hacer.

En este sentido, Díaz apunta un par de frases a las que no les falta nada de razón. Porque “si hubiera igualdad, no tendríamos necesidad de hacer premios para mujeres, antologías para mujeres, listas para mujeres, artículos como éste, documentales como el de Sofía Castañón. Pero como no hay igualdad, debemos equilibrar la balanza. Se corre es riesgo de recibir el trato opuesto y quedar aún más marginadas, como un gueto, pero lo contrario sería quedarnos de brazos cruzados.”

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