PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left
Artículo Los jóvenes que vivían obsesionados con su propia muerte Now

Now

Los jóvenes que vivían obsesionados con su propia muerte

H

 

Equivocadamente creemos que cuando eres joven no piensas en la muerte. Es falso. Puedes tener 20 o 27 o 36 años e imaginar tu cuerpo desaparecido de mil formas posibles, y en cómo sería la vida sin ti, y en la vida futura de la gente que más amas. Y tú, ¿alguna vez has imaginado algo así?

Antonio J. Rodríguez

19 Septiembre 2016 06:00

*Fotografía de Nan Golding

Hay algo muy reconfortante en esas películas en las que el espectador sabe cosas que los personajes no; sobre todo cuando se trata de cosas buenas. Por ejemplo: alguien piensa que morirá en la indigencia pero al final acaba instalado en una mansión en Beverly Hills (y el espectador lo sabe); o también: alguien cree que morirá virgen, pero al final terminará con la persona de sus sueños (y el espectador lo sabe); o, por qué no: alguien experimenta  los síntomas de una terrible enfermedad, y al final no pasará nada porque en realidad todo está bien (y el espectador lo sabe). Es un efecto tan bello y tranquilizador como la pieza del Tetris que cae inesperada, ventilándose 3 ó 4 líneas a la vez. 

Los diarios de Emilio Renzi (Los años felices), de Ricardo Piglia, son un poco eso: testimonios de un joven aspirante a escritor con problemas para pagar el alquiler o sentirse cómodo en un trabajo, en medio de unos años de inestabilidad política total en Argentina, y neurótico perdido con su obra («Soy racional con la literatura e irracional en mi relación con la literatura»). Claro que, como todos sabemos, al final las cosas le irán bien y, con los años, Piglia se convertirá en uno de los nombres más aplaudidos de toda la literatura hispanohablante.

Lectura cómoda como son las ficciones románticas sobre jóvenes escritores bohemios —bolaños, cortázares, etcétera etcétera—, y trufada de toda clase de ingenios entre un montón de datos más o menos rutinarios, Los diarios de Emilio Renzi está consiguiendo el raro mérito de convertirse en una obra maestra de Piglia, cuando en realidad solo deberían ser los planos maestros de las verdaderas obras de Piglia.




La explicación a tal efecto quizá se encuentre en que Los diarios de Emilio Renzi son la narración de una promesa futura, las semillas de un escritor magnífico, una frase promocional genial hecha libro, y como tal uno puede imaginarse ahí lo que quiera. O tal vez solo sea el magnetismo que nos produce revisar la vida de ciertos escritores. Lo dice el propio Piglia: «lo que realmente constituye un clima de trabajo para mí no es el tono de la prosa que estoy buscando, sino algo anterior, ciertos hechos en la vida de algunos escritores que admiro (Hemingway, Beckett). La confirmación de que ellos han tenido dudas  y han estado a punto de fracasar, etc. Identificaciones no con un estilo, sino con una actitud».

En corto: un buen ansiolítico es comprobar la angustia y el desasosiego de los hombres y las mujeres que hicieron grandes cosas y, aún así, un día creyeron ser un fraude. De esto va también Emilio Renzi.

Otro buen argumento de Emilio Renzi es este: el tiempo elástico, la nostalgia por el tiempo en que uno podía perder el tiempo porque tenía superávit de horas, la constatación de que un día fuimos invencibles, por ejemplo, «Noche en blanco, dando vueltas por los bares de la ciudad con Germán García, entre loco y abandonado, igual que yo».

Y luego está la muerte, la imagen de un Renzi que no tiene ni 30 años y sin embargo no puede dejar de pensar en sí mismo desaparecido: «Se murió Marechal (¿el viernes?), alcanzó a terminar su novela. Según David no había nadie. ¿Y cuando muera yo?». He aquí un final feliz del libro: poder viajar en el tiempo a los setenta argentinos y decirle a Renzi/ Piglia que él nunca morirá solo, que mucha gente le echaría de menos.

share