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El problema matemático de las mujeres educadas que no encontraban pareja

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El deficit de hombres "para ti" es más real de lo que imaginas

Luis M. Rodríguez

14 Octubre 2015 06:00

En la era de Tinder, los resortes del sexo son cualquier cosa menos desconocidos. Todos sabemos lo que queremos —y a quién queremos— en la cama. Pero encontrar a alguien con quien llevar las cosas más allá del romance de dos noches...

... no es tarea sencilla.

Parece de perogrullo decir que tú éxito en esa empresa —la de buscar pareja— dependerá de quién seas y qué busques, pero es así. Y no hablamos de tu carácter difícil ni de tus habilidades sociales ni de tu atractivo físico. Hablamos de algo tan poco sexy como la demografía.

Es de cajón. El "mercado del apareamiento" también se rige por las leyes de la oferta y la demanda. Y en ese mercado, argumenta Jon Birger en su nuevo libro Date-onomics, las mujeres heterosexuales con formación universitaria lo tienen peor que el resto. Va en serio.




Birger habla de esa mujer joven centrada, educada, atractiva, con inquietudes intelectuales y preocupada por su carrera, que se las ve y se las desea para encontrar un hombre a la altura de sus expectativas. ¿Dónde están los tipos decentes?, se pregunta. ¿Están todos cogidos?

Si tú eres quien le arrima el hombro a esa amiga cada vez que se sienta malquerida, condenada prematuramente a una eterna soltería, aquí va una idea sobre lo que deberías decirle la próxima vez que te toque consolarla: el problema no eres tú; es la estadística.

Un juego asimétrico

Jon Birger está lejos de ser tu típico consejero de consultorio sentimental. Su reputación se la debe a su trabajo como periodista financiero y analista tecnológico para publicaciones como Fortune. Por eso no es de extrañar que su aproximación al tema del dating se base en la fría digestión de data y números.

Intrigado por la experiencia personal de una amiga de mediana edad con poca suerte en materia de relaciones, Birger se lanzó a estudiar el mercado de las parejas en EEUU desde un punto de vista demográfico, y su principal conclusión no podía ser más simple: hay déficit de hombres.

Al menos, en el estrato que él se propuso observar: gente heterosexual, con estudios superiores, y en busca de relaciones de pareja serias y duraderas entre "iguales". Carne de matrimonio para toda la vida, vaya.





Las estadísticas demográficas de EEUU hablan de 1.05 hombres por cada mujer. Ellos son mayoría. Pero la cosa cambia cuando se introduce la variable de la educación superior.

El año pasado, en EEUU se graduaron un 35 por ciento más de mujeres que de hombres. Esa diferencia lleva a que el número de mujeres en los veintitantos que han pasado por la facultad y permanecen desparejadas sea un 33 por ciento mayor al número de hombres en la misma situación. Y la realidad es similar, aunque con distintas intensidades, en buena parte del mundo occidental.

En España, por ejemplo, la proporción de mujeres es del 50,75 por ciento frente al 49,25 por ciento de hombres, según datos del Instituto Nacional de Estadística. En las aulas universitarias, sin embargo, ellas ganan de forma más clara: 55 por ciento, y en aumento, según cifras del Ministerio de Educación.




Birger dedica su tiempo a repasar los factores sociales y demográficos que han contribuido a esa sorpasso femenino —la píldora anticonceptiva y las motivaciones derivadas del acceso de la mujer al mercado de trabajo, factores biológicos como la más rápida maduración intelectual de la mujer, leyes antidiscriminación, etc.—, pero lo que le importa, más que la historia, es el presente y su aprovechamiento práctico.

Un presente que explica recurriendo al clásico juego de las sillas: por cada cuatro mujeres, hay tres sillas. Tres hombres. Y en el futuro próximo, serán dos sillas por cada tres mujeres. Hay que pelear para encontrar asiento romántico. Esa es la realidad.

Porque la realidad dice que, al menos en EEUU, la mayoría de las mujeres con estudios superiores no acepta salir con gente sin esos mismos estudios. Es una cuestión de clasismo, de percepción social, y de perspectivas económicas.


Birger argumenta sobre la necesidad de educar mejor a los jóvenes varones en un mundo en el que, cada vez con más frecuencia, los chicos se están quedando por detrás de las mujeres en términos de rendimiento académico.

Para el autor, ese gap en materia educativa no es sólo malo para ellos, sino también para ellas: a menos hombres educados, peor lo tendrán las mujeres para encontrar una pareja de su agrado.

O eso, o rebajar el listón. Y a nadie le gusta rebajar el listón.

Las ventajas del bien escaso

Más interesante que la constatación de la escasez de hombres "educados" en términos comparativos resultan los puentes que tiende Birger con realidades contemporáneas como la cultura del hook-up.




Hablamos, claro, de ese comportamiento predominante en los campus —y fuera de los campus— que nos lleva a querer acostarnos con cuanta más gente mejor, sin ningún tipo de compromiso.

Esa "cultura del polvo" la exploró Donna Freitas en The End of Sex, llegando a conclusiones poco positivas. En su manera de banalizar el sexo hasta convertirlo en una tarea indiferente, un trámite sin gracia, esa cultura puede acabar "siendo tan opresiva como la propia abstinencia", sostiene la autora.

Y no sólo lo decía ella: lo decía el 41 por ciento de los más de mil estudiantes que entrevistó, y que a menudo definían sus experiencias como "lamentables, "vacías", "miserables" e incluso "abusivas".

Todo eso, argumenta Birger, es consecuencia del déficit de hombres.

Y la antropología parece darle la razón.



El autor alude en su libro a estudios con especies animales de tendencias monógamas que han demostrado que alterando la proporción entre individuos de uno y otro sexo dentro de una población se logran cambios significativos en el comportamiento sexual del grupo.  

Es decir, la cultura de apareamiento dentro del grupo puede pasar de la monogamia a la poligamia dependiendo de que los machos sean mayoría o minoría.



El factor determinante es, pues, la disponibilidad. Cuando existe escasez de un sexo, el otro trata a sus parejas como un bien valioso. De manera similar, un superávit en uno de los sexos lleva a comportamientos promiscuos y desleales en el otro. Es una cuestión de evolución adaptativa, y también de oferta y demanda. La biología y la teoría económica coinciden en esto.




A la luz de esas pautas, Birger recomienda: si eres una mujer joven y soltera, y buscas un marido con estudios, mejor será que te mudes a zonas con una estructura demográfica más favorable a tus intereses. O que optes por una carrera de ciencias o con una fuerte carga matemática y tecnológica. O que cambies los lugares por los que sales y seas más agresiva en tus aproximaciones al sexo opuesto... porque la cosa se va a poner peor para tí con el paso del tiempo.

Se trata de invertir los escenarios, para aumentar tus probabilidades.

El mensaje es claro: el contexto importa. Casi más que tú misma.



La lógica de la utilidad contra el flechazo

Birger afirma que su intención a la hora de escribir Date-onomics no era otra que empoderar a las mujeres proporcionando una serie de datos para que ellas puedan tomar mejores decisiones en relación a sus elecciones sexuales, sus citas y su búsqueda de alguien con quien llegar al altar. Y quizás la mayor flaqueza del libro resida ahí: en su asunción del casamiento como el deseo último de cualquier mujer heterosexual.

En un tiempo en el que el matrimonio y la monogamia pierden terreno en favor de la soltería por elección, la pareja de hecho y las relaciones poliamorosas, la visión y las recomendaciones de Birger pueden sonar extemporáneas, pero nadie puede negar la existencia de un "mercado matrimonial". Y ese mercado responde a una necesidad compartida por millones de personas.





Ahí, la evidencia estadística apunta hacia terrenos que poco tienen que ver con la intuición, el azar o los caprichos del corazón.

La lógica de la utilidad dicta que, a la hora de buscar pareja, cuanto más grande sea el mercado en el que nos movemos, más posibilidades tendremos de hacernos con un buen partido.

Ahora, ¿quién se atreve a contradecirla?


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