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El hombre que desafió a la industria del copyright vuelve a ser libre

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Por qué los problemas de The Pirate Bay con la justicia son importantes para todos

Natxo Medina

13 Noviembre 2014 06:00

Peter Sunde tiene pinta de buen chico. Es vegano, lleva el pelo arreglado y tiene mirada de no haber roto nunca un plato. Es un sueco al uso, para entendernos. Nadie diría que ha pasado los últimos años siendo un enemigo de la justicia internacional. Y todo por ser uno de los fundadores de The Pirate Bay, uno de los servicios de intercambio de archivos más populares del mundo. Este mes, después de haber estado encarcelado desde el pasado marzo en una prisión de alta seguridad de su país, vuelve a ser un hombre libre.

No son buenos tiempos para los fundadores del popular servicio P2P. Tanto Sunde como sus dos compañeros fundadores, Gottfrid Svartholm y Hans Frederik Lennart Neij, han sufrido serios encontronazos con la justicia recientemente. Sin embargo, sus problemas comenzaron años atrás, en 2009, cuando los tres fueron condenados a penas de prisión por “poner a disposición del público contenido protegido por copyright”.

Podría uno pensar que esta es una guerra convencional en la que la industria del copyright quiere tumbar una página de enlaces cualquiera, porque le afea el negocio. Pero no. Porque cuando hablamos de The Pirate Bay, entre otras cosas estamos hablando de política.

Guerrilla Bit

The Pirate Bay fue fundada en 2001 por la organización de activistas anti-copyright Piråtbyran. No nació como una simple plataforma de intercambio sino como una manera de poner en práctica los fundamentos de libertad de información que son la base de la cultura copyleft y de la ética hacker. Para ellos, la red debería ser un campo abierto para compartir, experimentar, remezclar, crear. En un mundo descentralizado e incorpóreo, ¿qué sentido tiene seguir basándonos en nociones caducas como la de derechos de autor?

Por supuesto, las grandes compañías, que tanto deben al copyright y a las patentes, no estaban nada de acuerdo con esta visión. De hecho, la página había empezado a ser una molestia para ellas mucho antes de la condena en 2009. La Motion Picture Asociation of America (MPAA) llevaba tras The Pirate Bay desde 2004. En 2006 consiguió que un juzgado sueco lanzara un ataque contra los servidores que alojaban la web para clausurarla.

Como suele ocurrir en estos casos, lo único que tuvieron que hacer sus responsables fue establecer servidores fuera de Suecia para burlar la vigilancia estatal y volver a ponerse en marcha. Hoy se estima que la página cuenta con unos 5 millones de usuarios registrados y opera desde varios países, cambiando de servidores cada poco tiempo. Todo ello a pesar de las repetidas condenas que han ido cayendo sobre sus responsables, y que les han llevado a estar en caza y captura internacional.

Las declaraciones de la MPAA hablando de su “lucha contra el robo de propiedad intelectual” parecen no haber hecho mella en el espíritu de unos chicos que se metieron en este jaleo no por el dinero, sino por el convencimiento de estar luchando en una guerra muchas veces invisible, pero con consecuencias muy palpables.

Y como luchadores son fieros y tozudos: cuando fueron condenados a pagar 31 millones de coronas suecas (unos tres millones de euros) en concepto de pérdidas a compañías multinacionales, Sunde afirmó que “incluso si tuviera el dinero, preferiría quemar todo lo que tengo, y no darles ni las cenizas”.

Un conflicto sin bandos definidos

Parece que no queremos verlo, pero la lucha en torno a los derechos de autor es uno de los grandes retos sociales de nuestro tiempo. Uno que mantenemos escondido en el cajón de lo especializado, pero que ya está empezando a cobrar víctimas. Como Aaron Swartz, un joven programador activista norteamericano que acabó suicidándose después de ser condenado a una pena de cárcel de 35 años y un millón de dólares de multa por descargar documentos académicos del MIT.

O como el propio internet en conjunto: el debate sobre las reglas de la neutralidad online está en uno de sus picos históricos en Estados Unidos, ante la intención de la FCC (Federal Communications Commision) de crear un internet de dos velocidades, del que se beneficiarían sobre todo las grandes compañías de comunicación, las únicas que podrían pagar un conexión rápida para sus clientes. Recientemente incluso el propio Obama ha tenido que posicionarse en el debate, abogando porque se mantenga un acceso democrático a las redes.

Además de virulento, este es también un conflicto muy complejo, sin buenos o malos definidos. Aunque en ocasiones uno puede trazar líneas claras que separan al hacker anticapitalista del lobby procopyright, la historia de la computación está llena de vasos comunicantes entre los movimientos más anarquistas y los más conservadores y proindustria. Sólo hace falta ver la tecnoutopía capitalista en la que se ha convertido Silicon Valley para darse cuenta.

Esto nos hace pensar que, en el fondo, a lo que asistimos muchas veces es a una guerra de conquistas en la que lo único que cuenta es quién se hace con el botín. Como cuenta Ale González, programador experto en cuestiones de copyleft, "si no hubiera pasta de por medio la persecución [de los hackers] no sería tan cruenta o se manejaría en términos más inofensivos, porque la cultura libre no es exactamente una amenaza al capitalismo. Bien domada y adaptada a nuevos modelos de negocio para nuevos actores (comprados posteriormente por actores viejos) puede ser un maquillaje fantástico".

Working progress

Fueran cuales fueran sus inclinaciones iniciales, y cuales sean ahora, los fundadores de Pirate Bay siempre tuvieron muy claro que debían tomar posiciones en este campo de batalla. Como muestra de que hoy ocupan un lugar estratégico en él, un botón: lo único que se sabe de estos últimos meses que Sunde ha pasado en prisión es que recibió la visita de Julia Reda, la presidenta de los jóvenes del Partido Pirata Europeo y miembro del Parlamento de la Unión.

Suponemos que ahora que vuelve a ser un hombre libre, Peter Sunde querrá seguir trabajando en cimentar su estatus, y de paso contribuir a que algunas ideas potentes lleguen a buen puerto. Desde que salió de prisión no ha concedido ninguna entrevista; sin embargo, un escueto tuit nos dice que esta última estancia entre rejas no ha variado ni un ápice su posicionamiento: “Mi cuerpo se acaba de reunir con mi alma y mi mente, las partes de mí que importan y que nunca podrán ser tomadas como rehén”.

Y es que al espíritu (como a internet, al impulso creador o al libre mercado) es muy difícil ponerle barreras.


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