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Por qué la guerra de Siria se parece demasiado a la de Irak

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El ataque químico vuelve a plantear el peor de los escenarios posibles, ampliamente conocido en nuestra historia reciente

Rafa Martí

06 Abril 2017 06:00

¿Podría el final de la guerra en Siria convertirse en un desastre como el que resultó en la guerra de Irak? Es una pregunta que ronda la cabeza de los analistas desde que el conflicto sirio se consolidó en 2012, y que ahora vuelve a reflotar tras el ataque químico. Durante los últimos años, sin embargo, pocos se han atrevido a responderla.

“El escenario es tan incierto y lo que pasa en Siria es tan impredecible que, de pronto, los resultados de la guerra pueden cambiar de la noche a la mañana”, reconoce el periodista Mikel Ayestarán, que ha cubierto sobre el terreno la posguerra en Irak, y ahora el conflicto sirio. 

Sin embargo, ambas guerras son demasiado parecidas. Y, por lo que sabemos de la contienda siria, podríamos enfrentarnos a un escenario que deje la inestabilidad en Oriente Medio como algo permanente.

I. Ambas guerras representan el enfrentamiento entre las dos grandes familias del Islam, chiíes y suníes. Tanto en Irak como en Siria, la guerra comenzó con un dictador baazista en el poder. Como decía Nazanín Armanian en Público, estos regímenes árabe-socialistas eran clientelares y “discriminaban al resto de la población por su credo, etnia y clase social”.

En el caso de Irak, un dictador suní como Saddam Hussein persiguió duramente a los chiíes, entregando el poder a las élites suníes. En el caso de Siria sucedió lo mismo, por la vía opuesta: Hafez al-Assad, y luego su hijo Bachar, promovieron la persecución contra los suníes, con episodios como la masacre de Hama.



La llegada de los estadounidenses a Irak y la caída de Saddam hizo “estallar el avispero chií”, explicaba Francisco de Andrés en Abc. La minoría tradicionalmente perseguida se había establecido en el poder, a través de un gobierno pseudoliberal impulsado por Estados Unidos. La misma resistencia yihadista suní que luchó contra los invasores estadounidenses fue la que luego continuó la guerra contra sus enemigos chiíes, hasta dar forma al Estado Islámico en 2014.

En el caso de Siria, las facciones suníes vieron la oportunidad de derrocar al régimen de al-Assad aprovechando la inercia de las revoluciones en el contexto de la Primavera Árabe. En 2011, lo que había comenzado como una revuelta contra las violaciones de derechos humanos del régimen de Bachar al-Assad se había convertido, como recuerda Robert Fisk en The Independent, en un conflicto completamente militarizado. En este, de nuevo, quienes estaban enfrentados eran chiíes (el régimen) y suníes (el conglomerado de rebeldes y de grupos terroristas enfrentados a al-Assad).

Siria se encamina hacia el modelo iraquí, con una división de etnias y sectas

II. Las dos contiendas dejan una desmembración étnica y religiosa del territorio, y una anarquía total. La primera consecuencia de ambas guerras es que los dos estados se han desintegrado. No hay poder legítimo o que controle la mayoría del territorio en ninguno de los dos países. Lo que sucedió en Irak, dividido ahora por las áreas que controla el débil gobierno herencia de EEUU, y el Estado Islámico y los kurdos al Norte, es lo que sucede en Siria.

Aunque el régimen de al-Assad no ha caído, el territorio se ha desmembrado como en Irak: hay zonas que controlan los suníes, zonas que controlan los chiíes y zonas que controlan los kurdos. Cada etnia y facción religiosa tiene su parte del territorio y están enfrentadas entre sí por las armas. “Siria se encamina hacia el modelo iraquí, con una división de etnias y sectas”, dice Ayestarán.

Los analistas hablan de posibles cambios de fronteras tomando en cuenta estas divisiones étnico-religosas: así, en lugar de Siria e Irak, podríamos estar hablando en las próximas décadas del Sunistán o del Kurdistán.

Las consecuencias de todo esto no son más que los desplazamientos masivos de la población civil, la guerra y la limpieza étnica, porque no hay ningún Estado que garantice la convivencia entre todos.

En el caso de Irak, la postura unitaria de rechazo al imperialismo no se discutía: una sola potencia ha desmembrado un país. En el caso de Siria, sin embargo, reina la confusión. ¿Quiénes son los buenos y quiénes los malos? Posiblemente, todos sean malos

III. Los resultados desastrosos de ambos conflictos son una metedura de pata del imperialismo, pero ya no solo yanqui. El origen de esta situación inestable políticamente y dramática para los derechos humanos está en la invasión estadounidense de 2003. La caída de Saddam provocada por una potencia extranjera, atrajo a otras potencias a jugar sus intereses. Así, Arabia Saudí y sus aliados suníes del Golfo, sobre todo Catar, impulsaron a las facciones suníes en Irak, entre ellas, Al Qaeda y el Estado Islámico. Por su parte, Irán también jugó su propia partida apoyando a las milicias chiíes.

En Siria se replica el tablero. Con la principal diferencia de que no ha habido ninguna intervención extranjera relevante como en el caso de Irak, las potencias se han posicionado a uno u otro bando. Estados Unidos, de la mano de sus aliados comerciales saudíes y cataríes apoyan a la resistencia suní, mientras combaten a la más radical de ella, el ISIS. Irán, por su parte, apoya al gobierno de al-Assad, quien tiene también a sus espaldas la Rusia de Putin.



En el caso de Irak, la postura unitaria de rechazo al imperialismo no se discutía: una sola potencia ha desmembrado un país. En el caso de Siria, sin embargo, reina la confusión. ¿Quiénes son los buenos y quiénes los malos? Posiblemente, todos sean malos e igual de culpables de lo que sucede en Siria y de lo que deparará su posguerra.

Dice Ayestarán: “El rol ideológico de las potencias históricas ha desaparecido en favor de los intereses de poder mundiales. La intervención rusa en Siria es tan desastrosa como el apoyo de Estados Unidos a los rebeldes. Además, el hecho de que Rusia entre en el juego complica más la situación que en Irak”.

Para el periodista, el escenario es incierto, aunque adelanta algo: "La victoria total de al-Assad es improbable, igual que lo es que controle nuevamente todo el país". Sin embargo, sí que suena más creíble una guerra permanente entre facciones y grupos religiosos alimentados por intereses extranjeros, con la población civil atrapada en medio.


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