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Artículo El fascismo croata vuelve a recalentar los Balcanes Now

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El fascismo croata vuelve a recalentar los Balcanes

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Croacia, a lomos de un nacionalismo xenófobo, ultracatólico y revisionista sin complejos, escala peligrosamente hacia el Nº1 del top europeo del odio

Ignacio Pato

06 Septiembre 2017 06:00

El debate municipal se fue hasta la madrugada, pero finalmente el alcalde de Zagreb se salió con la suya hace unos días: la céntrica y transitada Plaza Mariscal Tito ahora se llama Plaza de la República de Croacia. En los días anteriores, las manifestaciones en la misma plaza contra la decisión demostraron que la calle estaba casi tan dividida como el ayuntamiento. La medida se aprobó por 29 votos contra 20.

No se trata solo de borrar la historia yugoslava, ni la de su máximo dirigente —Tito nació en Kumrovec, dentro del actual territorio croata, cerca de la frontera eslovena—, sino de mantener el poder. Milan Bandi?, alcalde de Zagreb desde hace 17 años, necesita para gobernar el apoyo de los dos concejales de Independientes por Croacia, y de este partido de extrema derecha procedía la propuesta de lo que en sus propias palabras era un vestigio "del terror titoísta".

El círculo se cierra si sabemos que Independientes por Croacia es un partido liderado por Zlatko Hasanbegovi?, exministro de cultura conocido por sus críticas radicales al antifascismo partisano que para muchos exyugoslavos es todavía hoy un elemento identitario positivo y compartido. El perfil de Hasanbegovi? se completa con una imagen que dio la vuelta a los Balcanes el año pasado en la que aparecía con una indumentaria paramilitar durante la guerra de los noventa y algún artículo en el que glorifica el pasado ustacha croata. 


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Ustacha es, precisamente, una de las palabras clave de lo que las voces críticas advierten: en Croacia la extrema derecha xenófoba, ultracatólica y revisionista se muestra cada vez más desafiante. Que el alcalde socialdemócrata de Zagreb tenga como compañeros de viaje a partidos como el de Hasanbegovi? se ve, fuera de Croacia, como una muestra más de que en este país sigue pesando más la bandera ajedrezada que el eje izquierda/derecha. También, yendo un poco más allá, como ejemplo de la rehabilitación del régimen ustacha que colaboró con los nazis durante la invasión de los Balcanes llegando a ser un estado títere del III Reich.

El mayor campo de exterminio de los ustachas, Jasenovac, ha vuelto a la actualidad. En diciembre pasado una asociación militar croata colocó muy cerca de allí una placa en homenaje a once soldados muertos de la brigada paramilitar Ante Paradžik —otro nombre de político nacionalista— durante la guerra de los 90. Que la placa lleve escrito Za dom spremni ("Por la patria, listos", el equivalente ustacha al 'Sieg Heil'), solo empeora el escándalo que supone en Serbia. La embajada croata de Belgrado ya ha recibido una nota formal de queja del gobierno serbio, que no entiende cómo el gobierno croata no la ha retirado en ocho meses. En Serbia se percibe como una ofensa absolutamente intolerable que exista esa placa cerca del lugar donde los nazis croatas quemaron vivos, gasearon y asesinaron con cuchillos, serruchos y martillos a cerca de 100.000 gitanos, judíos y, sobre todo, serbios. Hasta los oficiales nazis alemanes se horrorizaban de lo que veían en Jasenovac.


Srbosjek, el guante con cuchillo usado por los ustachas de Jasenovac para degollar prisioneros


Croacia tampoco ha salido indemne de la llamada "crisis de los refugiados". Más bien al contrario, quienes han denunciado humillaciones y violencia han sido precisamente quienes huían de Siria o Afganistán. En lo que equivale a una expulsión unilateral de territorio UE —Croacia es miembro desde 2013— Human Rights Watch ha hablado de deportaciones forzosas de solicitantes de asilo a Serbia, país que tampoco está considerado por la ONU como un país seguro para los refugiados. En el campo serbio de Adaševci, a 30 kilómetros del croata de Opatovac, los doctores se quejaban de que Croacia les devolvía refugiados con costillas rotas. Otros se quejan de que la policía croata les había robado dinero y el móvil.

Una encuesta reciente mostraba que un 30% de los jóvenes croatas preguntados se mostraban a favor de que gitanos y sirios abandonasen el país. En cuanto a las instituciones, no parece casualidad que la confianza mostrada a la policía triplique a la de los políticos. La mismísima Amnistía Internacional ha mostrado su preocupación de que funcionarios y medios públicos croatas "evoquen una ideología fascista del pasado y usen iconografía que inflama el sentimiento anti-minorías".

Tampoco es buena señal el apabullante éxito entre gente de todas las edades del cantante de extrema derecha Marko Perkovi?, cuyas actuaciones han sido prohibidas en Alemania, Austria, Suiza o Eslovenia por su glorificación ustacha. Algunos de sus conciertos han sido especialmente ofensivos, como el que se celebró hace tres meses en Mostar. En la ciudad herzegovina, símbolo de unidad entre croatas católicos y bosniacos musulmanes hasta que los primeros destruyeron en 1993 el puente que unía a ambas comunidades desde el siglo XVI, Perkovi? cantó a favor de militares croatas actualmente juzgados por crímenes de guerra. Unos meses antes, siguiendo con la cultura, el director del Croatian Film Center, Hrvoje Hribar, dimitió denunciando las presiones del Ministerio de Cultura por haber otorgado fondos a un documental sobre una masacre cometida por militares croatas en Osijek durante la guerra del 91.


Un concierto de Marko Perkovi?


En el fútbol, el nacionalismo excluyente está tan extendido en las gradas de Dinamo Zagreb y Hajduk Split que es fácil escuchar cánticos como "los croatas no bebemos vino, sino sangre de chetniks de Knin', y cuando juega la selección siempre es una ocasión propicia para despliegues tan delirantes como una esvástica dibujada sobre el césped. La UEFA y la FIFA ya han puesto varias multas a la federación por los gritos de 'Ubi Srbina'. Muerte a los serbios.

La escalada de Croacia en el ranking del totalitarismo europeo tiene parada obligatoria en Ucrania. Decir que Zagreb y Kiev se entienden es quedarse corto. Hace solo unos días, miembros del gobierno croata visitaban el país exsoviético nada más y nada menos que para gestionar lo que el gobierno ucraniano llama "reintegración del territorio". Es decir, las repúblicas populares prorrusas establecidas en Donetsk y Luhansk.

Ha sido Rusia —tradicional hermano mayor eslavo de Serbia— quien les ha recordado a croatas y ucranianos un detalle: esa modélica gestión del territorio durante los 90 incluye, además de miles de civiles muertos, 250.000 serbocroatas expulsados de sus casas.

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