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Una chica joven tiene dos opciones: obedecer, o ser una mojigata

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Se publica 'Las chicas’, la primera y salvaje novela de la joven Emma Cline, que ha revolucionado las letras estadounidenses

Luna Miguel

01 Septiembre 2016 06:00

Escena típica de la adolescencia. Un grupo de amigos celebra una fiesta, después de muchas cervezas, porros y risillas surge la pregunta: ¿alguien quiere jugar a verdad o atrevimiento?

El juego se convierte en un teatro: a un lado el público embrutecido, en su mayoría hombres que aplauden excitados. Al otro, ellas, las chicas, tan pudorosas y santas, tan el centro de atención.

Los turnos pasan y las pruebas de ellos tienen forma de esfuerzos heroicos. Los retos de ellas, por el contrario, tienen un tono caliente, erotizado, expuesto en forma de beso e intimidad.

Nada se celebra más en la fiesta que una pregunta punzante sobre la virginidad de las presentes.

Nada causa tanta emoción como la duda de si finalmente alguna aceptaría el reto sagrado del juego, y acabaría enseñando las tetas a todos los presentes.

Aunque el juego de verdad o atrevimiento no aparece mencionado en ninguna de las páginas de Las chicas (Anagrama), la primera y popular novela de Emma Cline, lo cierto es que el olor de sus palabras nos lleva directamente a esas escenas de nuestra adolescencia.

Este libro que para la crítica anglosajona ya se ha convertido una de las grandes obras de la literatura de nuestro siglo, y que para otros sólo es una buena ficción inspirada en las mujeres que rodearon a Charles Manson durante su macabra vida de los años 60, esconde en realidad un mensaje mucho más potente.

Las chicas no es otra cosa que el retrato del sexismo aprendido en la adolescencia.

Haciendo uso de un episodio histórico como fue el de la familia de Charles Manson —para quienes no estén familiarizados con el personaje, Manson fue líder de su propia secta, músico y drogadicto, gurú para decenas de jóvenes perdidos en la California hippie, y asesino actualmente cumpliendo su cadena perpetua—, Emma Cline penetra en el cerebro de una adolescente rebelde que lo conoció muy bien.

Su protagonista, Evie, una chica bonita pero del montón, de apenas quince o dieciséis años e hija de padres divorciados, se encuentra perdida aún entre la niñez y el mundo adulto, que quiere conocer con demasiada prisa.

Como toda adolescente que se siente fuera de lugar, tiene la suerte y la desgracia de encontrar un grupo de chicas a las que admira por su forma despreocupada de vestir, de hablar y de pisar el mundo, que le llevarán al paraíso de los desarropados: la secta de Russell.

En Las chicas, Emma Cline sitúa la vida de Evie en dos espacios temporales. Por un lado nos cuenta la historia de cómo la adolescente descubre las drogas, el sexo y la violencia durante un verano de finales de los 60, y por el otro narra la vida de la protagonista en la actualidad, ya adulta y madura, pero perseguida aún por sus fantasmas del pasado. 

Es la Evie más joven la que dejándose llevar por la pasión y por la presión social y sexual, acaba mezclándose con un grupo de gente con el cerebro lavado. 

Tras conocer a Russell y a las chicas a las que engatusa con su palabrería, y tras convertir su cuerpo infantil en la diana del semen del profeta loco, Evie aprende que a ojos de muchos hombres las chicas de su edad sólo son marionetas, agujeros donde depositar el odio, o juguetes para el placer que no exigirán reciprocidad.  

En un solo párrafo, Emma Cline y su narradora adolescente lo explican a la perfección:


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?«Pobre Sasha. Pobres chicas. El mundo las engorda con la promesa de amor. Cuánto lo necesitan y qué poco recibirán la mayoría de ellas. Las canciones pop empalagosas, los vestidos descritos en los catálogos como ‘atardecer’ y ‘parís’. Y luego les arrebatan sus sueños con una fuerza violentísima; la mano tirando de los botones de los vaqueros, nadie mirando al hombre que grita a su novia en el autobús».?

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La ficción alrededor de una figura como la de Russell sólo es una excusa para hablar ya no sólo del machismo en la adolescencia, sino de aquello que en verdad ocupa las páginas de Las chicas: la sumisión.

Y la sumisión no ya a un Dios, sino a cualquier hombre de pacotilla que sólo por ser hombre se cree superior.

Por todo esto, puede que el momento más emotivo y fundamental de Las chicas no ocurra en los relatos situados en los años 60, sino en la narración que ocupa el presente de Evie. 

Un presente marcado por el encuentro fortuito con Julian, el hijo de un viejo amigo, cuya relación amorosa con Sasha, de 18 años, le recordará inevitablemente a los momentos más turbios de su juventud.

Es en una escena en la que la Evie adulta comparte unas cervezas con la joven pareja y otro amigo de estos, cuando nos damos cuenta de lo que significa la novela entera de Emma Cline.

En ese momento, hacia el final del libro, los dos chicos piden con muy malas formas a Sasha que enseñe las tetas, Evie se enfada, y le dice a la adolescente que no tiene por qué ceder a la petición de unos borrachos.

Exaltados, los chicos le insinúan que ella no es nadie para decirle a otra mujer qué es lo que está bien y qué es lo que está mal.

Evie sabe que poco puede hacer en una situación así. 

Lo sabe porque la presión a la que Sasha se está sometiendo es la misma a la que todas las mujeres nos sometemos alguna vez en nuestra vida.

En situaciones como esta es en las que nos toca elegir, ¿verdad o atrevimiento?

¿Aceptar los deseos de los chicos que nos rodean, incluso si lo que nos piden nos avergüenza o nos repugna, sólo por sentir su aprobación, o negarnos para mantener nuestra dignidad intacta, a riesgo, eso sí, de ser rechazadas, de parecer unas malditas mojigatas?

Quizá el gran hallazgo de la autora de Las chicas no sea su narrativa bestia —que tampoco es para tanto—, ni su alabado desparpajo a la hora de crear metáforas —que tampoco es tal— sino más bien su capacidad para cuestionar los valores de la sexualidad en la adolescencia.

Si su libro se ha convertido en algo necesario, es porque consigue poner al lector en el lugar de sus protagonistas femeninas, sentir el dolor que ellas sienten, la excitación que ellas sienten, la incomprensión y la duda que les invade. 

Y al final, su moraleja es clara: no podemos ser nuestras propias enemigas. 

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