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"El jefe dice que eres muy guapa. Esta noche deberías ir a verle"

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Lo que parecía un trabajo ideal acabó en abusos y denigración. Dos jornaleras que han denunciado a la empresa Doñana 1998, relatan la explotación en los campos de fresas de Huelva

astrid otal

14 Junio 2018 15:30

"Yo bajé y solo veía caminos de tierra". La que habla al otro lado del teléfono es Salimah, que no utiliza su verdadero nombre. A principios de abril, un autobús la llevó a ella y a decenas de compañeras marroquíes más a la finca donde les tocaba trabajar los próximos meses. Después de dos horas de viaje por carretera, les dijeron que habían llegado y se bajó. A los caminos de tierra.

"Era de noche. No sabía dónde estaba. Nadie nos explicaba nada y no había ningún intérprete que tradujera. Anduvimos hasta unos barracones de chapa. Los señalaron. Allí teníamos que dormir. Dentro había tres literas, de dos alturas. Nos hacinaron de seis en seis por barracón", cuenta.

Salimah es una de las diez jornaleras marroquíes que la semana pasada se hicieron célebres por denunciar a la empresa productora de fresas Doñana 1998 por abusos laborales. A esa denuncia se suman tres más por insinuaciones sexuales. Una más, por agresión sexual.

En estos momentos, Salimah y sus compañeras temporeras están protegidas en dos pisos fuera de la provincia de Huelva. El Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT) y sus abogados las han escondido en vistas del futuro juicio.

Ella cree que en Huelva fue una esclava y que muchas compañeras "hicieron cosas" porque nos les pagaban el salario y sin dinero no se come. Originaria de Berkan, en el nordeste de Marruecos, vivía con sus dos hijos y su marido en un cuarto. No podían permitirse alquilar una casa entera, se han tenido que ir de varias. Su marido tiene un problema de riñones que le ha dejado inservible para el trabajo. Para sus hijos espera que tengan un futuro estudiando. Toda su familia dependía de su único sueldo que ganaba alargando la jornada limpiando baños públicos hasta las doce de la noche. Por eso el trabajo de jornalera le parecía ideal.

Desde 2005, cada año se ofrecen miles de puestos de temporeras en las oficinas de empleo de Marruecos. Se trata de un "contrato en origen", que dura unos meses. Fruto de un acuerdo entre el Gobierno de España y terceros países como Marruecos, entra mano de obra para cubrir trabajos que los españoles desechan.

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En Huelva, las empresas de recogida de la fresa buscan mujeres, sobre todo procedentes de áreas rurales. Eso no está recogido en el acuerdo bilateral, pero así lo disponen las empresas. Lo que sí aparece, es que tiene que ser gente con hijos a su cargo, menores de 14 años, para asegurarse de que se marcharán de España cuando su visado acabe y ya no les necesiten. Hasta la siguiente campaña.

Este año han viajado a Huelva más de 18.000 y hay un claro perfil: mujer, pobre, que no habla ni entiende el idioma. "Es un cóctel que las deja expuestas a situaciones de explotación y abusos sexuales", dicen desde el SAT. "Ha estallado este año, pero esto ya se producía".

Castigos y violaciones

"Pasamos cerca de 10 días sin que nos pusieran a trabajar. Nos habían prometido -el contrato lo establece así- una vivienda digna y un sueldo de 40 euros al día. No entendíamos por qué estábamos paradas. Yo pensaba: ¿qué es esto? ¿qué hago aquí? Como la comida no entraba, yo para no gastar al principio me había traído unos botes de legumbres. Eso comía", explica Salimah.

La finca de la empresa Doñana 1998 se ubica a más 10 kilómetros de un núcleo urbano cercano, la ciudad de Almonte. Fueron unos marroquíes residentes con tiendas a su propiedad los primeros que se acercaron a la finca para venderles comida. Explica que después de que una mujer protestara, la empresa les pagó sus primeros 50 euros. Aseguran que ya no les han pagado nada más.

Gracias a los tenderos que las visitan, muchas empiezan a ubicarse. Les cuentan dónde está la ciudad y les avisan qué podían significar ciertas palabras. Como la empresa no les facilita transporte para ir hasta la urbe, el trayecto lo hacían a pie, cargadas con las bolsas de las compras, o en autostop.

En los casi dos meses que estuvo, Salimah solo salió una vez. "Lo pasé mal, me daba miedo. Parábamos un coche y algunos nos pedían 6 o 7 euros. Otros nos decían que no podíamos subir cuatro y señalaban a una. Para que subiera sola. Hubo chicas que contaron que las habían intentado violar, así que yo me esperaba a que vinieran los marroquíes", declara.

La angustia se convirtió en su estado anímico diario cuando empezaron a trabajar. Les habían dicho en Marruecos que tendrían una formación de 15 días pero nadie les explicaba qué tenían que hacer. "Repetíamos lo que veíamos a las más veteranas. Teníamos que estar agachadas porque si no nos castigaban. Si cogíamos la fresa mal, castigo. A las que no alcanzaban la producción requerida a las diez de la mañana, las mandaban a las habitaciones. Esa era la sanción: si por alguna razón te largaban a los barracones, ese día lo descontarían del sueldo", sostiene.

Por los barracones, que se inundaban en cuanto comenzaba a llover, cada una tenía que pagar 3 euros diarios por su litera. Y todo descontaba: perder la llave significaba un euro menos a cada una, si rompían algo de la cocina -a compartir entre doce-, tenían que pagarlo. Dicen que les pedían 40 euros por llevarlas al médico. Salimah tenía un esguince cervical cuando denunció y ya no regresó.

"Pero antes, a lo largo del primer mes, muchas pidieron irse y se marcharon. Otras escaparon. Yo dudaba pero necesitaba el dinero", afirma Salimah.

Las huidas también podrían darse en otras empresas de la fresa con mala praxis. El SAT informa que dos mujeres marroquíes -no saben a la empresa a la pertenecen porque ni siquiera ellas saben el nombre exacto- huyeron a Toledo, donde tenían un contacto. El dueño podría haberles quitado el pasaporte. Esta información ha sido contrastada al conversar una ONG que las atiende.

"El jefe dice que eres muy guapa. Esta noche deberías ir a verle"

Según sus explicaciones, no todas vivían en las mismas condiciones.

"Había grupos de temporeras marroquíes veteranas y unas rumanas que residían dentro de la finca pero en casas con electricidad", dice Ghaada, que también es un nombre ficticio.

Dentro del grupo de las veteranas marroquíes, afirma que cuatro forzaban a las chicas. "Por las noches, el jefe pedía mujeres. Esas cuatro se acercaban a las chicas y les decían que el jefe creía que eran muy guapas. ‘Esta noche deberías ir a verle’ ‘Te dará 50 euros’ ‘Yo no le defraudaría’", relata Ghaada.

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Ghaada es una de las que ha denunciado a Antonio Matos, el jefe que pedía chicas. Cuenta que Matos siempre preguntaba por ella, porque es rubita. Pero que ella lo desconocía al principio. Pensaba que era bueno. Un día intentó violarla en su coche.

"Quería ducharme para comprar por la tarde, pero había perdido dos buses. Estaba en otra plantación, más alejada. Él apareció y se ofreció a llevarme. A mitad camino, paró el automóvil. Comenzó a tocarme". Se altera, cuando rememora los hechos y pierde el hilo del relato. Pide a nuestra traductora, repetidamente, que escribamos que no llegó a consumar: "Peleé. Tienen que escribir que de mí no abusó". Haber sido violada es una deshonra. A Salimah, por ejemplo, que solo sufrió abusos laborales, sus hermanos le han retirado la palabra y su marido le ha pedido el divorcio por la duda.

Los abogados van a presionar para que se investigue qué más ocurría y a qué se veían abocadas por no contar con salario. En base a su testimonio, a las puertas de la finca solían llegar hombres con sus coches. "Yo no puedo culpar a las que salían a prostituirse. Antes no lo hubiera entendido", dice Ghanaa.

"Si nosotros cada vez que vamos con el coche salen, ¿no se daba la empresa cuenta de que había coches con hombres en busca de sexo?", se preguntan desde el sindicato.

La empresa Doñana 1998 se ha negado a hacer declaraciones. Pelearán su inocencia en los tribunales.

*Este artículo no habría sido posible sin la colaboración de la intérprete Fatima Zouiri, activista de espacio del inmigrante

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