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Hablamos con un joven senegalés sobre el día a día de un mantero en España
13 Agosto 2015 00:05
Fotografías de Guillem Sartorio.
—¿Quién se va a tirar por un balcón por unas gafas de sol? —se pregunta Musa, con una sonrisa irónica—. Tengo serias dudas que haya sido como están contando.
Musa —que emplea un nombre falso porque no quiere que se sepa el real ni que sus amigos en Senegal le identifiquen— comenta la muerte reciente de su paisano Mor, en la pequeña localidad costera de Salou, a una hora y media de Barcelona.
—La policía nos persigue, no nos deja vivir… —dice Musa—. Cuando no hay gente mirando, si pueden, te dan una paliza.
Según la policía, Mor, un senegalés de 50 años, se cayó desde un tercer piso al ver que los agentes habían entrado en el apartamento para desarticular una organización que se dedicaba a falsificar ropa y accesorios para vender en mantas en la calle.
Para la policía, se trataba de una organización delictiva. De manteros.
Musa tenía la vida feliz de cualquier veinteañero. La crisis provocó que su empresa cerrara. Todo cambió entonces.
Según los senegaleses, en cambio, fue la policía la que forcejeó con Mor y la que provocó que se precipitara por el balcón del piso.
—Yo no tengo miedo de que me maten, pero sí de que me rompan las piernas —prosigue Musa, mientras mira de reojo a su manta con réplicas de gafas de marca y controla que no venga ningún policía.
* * *
Frío en Suiza
Musa es un mantero como Mor. No trabaja en Salou, sino en Barcelona. Nos encontramos en el puente de madera del Maremágnum, un centro comercial integrado en el puerto deportivo que visitan centenares de miles de turistas a lo largo de todo el verano.
De 25 años, es alto y tiene un cuerpo atlético. Tiene los ojos negros, al igual que su piel, y le brilla la nariz. Va vestido con una camiseta negra ajustada, una gorra y unos pantalones de chándal. Irradia una simpatía natural.
Interrumpe nuestra conversación cuando un turista se acerca a preguntarle por unas gafas.
—A los senegaleses nos gusta lo difícil. Somos pobres, pero pobres con clase.
—How much? —dice el inglés, que va acompañado de un amigo. Los dos miran a Musa con una sonrisa como el que sabe que va a hacer un buen trato.
—15 euros —responde Musa, que ha pagado casi 10 por esa copia de unas Ray-Ban Wayfarer a un mayorista chino.
—What? 5 —responde el inglés.
Musa se ríe y le dice que no. Lo mínimo en que se las puede dejar es en 10 euros, con lo que apenas obtendría un beneficio de unos 50 céntimos. Aunque intenta obtener un margen de 5 euros por gafa, el resultado siempre es inferior debido al regateo y la urgencia por vender.
Finalmente, el inglés se marcha.

Turistas negocian el precio de unas gafas con un mantero en Barcelona
La historia que ha llevado a Musa a hacer este trabajo, que detesta y que le da de promedio un beneficio de unos 10 euros diarios, comienza en Senegal hace 8 años.
Musa vino a España con 17 años. No tuvo que cortarse las palmas de las manos saltando la valla de Melilla o enfrentarse a la deshidratación en un bote hinchable en medio del Mediterráneo. Al contrario, Musa vino en avión.
Su padre residía en España y tenía papeles. Solicitó una reagrupación familiar y el joven Musa dejó Dakar con la esperanza de vivir su sueño europeo. Cursó la educación secundaria obligatoria e hizo un módulo de electricidad en la escuela de los Salesianos.
Después del módulo, trabajó como electricista en casas y oficinas, con contrato y todos los papeles en regla.
Musa tenía la vida feliz de cualquier veinteañero en España: tenía una novia —una peluquera española—, salía a las discotecas con sus amigos y se dedicaba a disfrutar y a trabajar.
Musa obtiene un beneficio medio de unos 10 euros diarios.
La crisis económica provocó que su empresa cerrara. Musa se vio abocado a la situación de desempleo y desazón de muchos otros jóvenes en España.
Durante un año estuvo buscando trabajo. Iba con una pila de currículums que dejaba en todas las empresas que estaban abiertas. Se puso a estudiar idiomas.
—A los senegaleses nos gusta lo difícil. Somos currantes. Somos pobres, pero pobres con clase —me dice riéndose por la contradicción que esconde la frase.
Aprendió inglés, aprendió a pintar, aprendió a hacer rótulos para comercios. Conseguía trabajos de dos semanas que le ayudaban a ir tirando.
Sin embargo, las cosas comenzaron a complicarse más. Su padre no tenía trabajo y él tenía que traer ingresos a casa. No conseguía un trabajo fijo ni ninguna tarea en la que le pagaran algo mínimamente digno.
Entonces decidió irse a Suiza. Él quería dormir en un hotel. No es un vagabundo ni nunca lo ha sido. Pero Suiza era demasiado caro. Consiguió trabajo en negro y recogía chatarra por las frías calles de Ginebra.
A Musa le daba vergüenza salir a tomar algo con su novia con solo cinco euros en el bolsillo. Fingía estar enfermo para no quedar.
Se cansó y decidió volver. Su situación de desempleo le hizo entrar en una terrible depresión. Estaba en casa encerrado. Como muchos jóvenes, reprimía una vitalidad y unas ganas de vivir por el simple hecho de que nadie le daba un trabajo.
Un día, en un concierto de un rapero senegalés en el que se juntaba con gente de su comunidad, le expuso su situación a un amigo. El amigo le dijo que antes que estar en casa, ¿por qué no vendía algo en la calle? Al menos tendría el tiempo ocupado e iría sacando algo para ir viviendo.
Musa, contra las cuerdas, aceptó.
—La policía nos persigue, no nos deja vivir. Cuando no hay gente mirando, si pueden, te dan una paliza.
A continuación detalla:
—Yo solo quiero la vida de un tío de 25 años. Y no hacer esta mierda y que la poli me cosa a palos. O que me detengan y que por eso no pueda renovar los papeles o no me puedan contratar en un trabajo.
—Muchas veces la gente viene aquí a cachondearse. Se piensan que por vender en la calle nos pueden engañar o reírse de nosotros.
Negros
Musa tiene amigos como los tienen todos los jóvenes españoles. Le da vergüenza que muchos sepan que se dedica a esto. Pero lo lleva con dignidad.
También le daba vergüenza salir a tomar algo con su novia con solo cinco euros en el bolsillo. Fingía estar enfermo para no quedar con ella.
Ella terminó descubriendo que se había convertido en un mantero.
Le dejó...
Interrumpe esta vez la conversación una familia de turistas árabes.
—Nunca me he planteado vender drogas o robar. No soporto a la gente que roba. Cuando la policia se lleva el dinero de un día de trabajo, ¿crees que me hace gracia?
Comienzan a probarse las gafas, a mirarse en el espejito que Musa les sostiene y se ríen entre ellos. Se hacen fotos. Al final, se llevan dos gafas por 10 euros.
—Muchas veces la gente viene aquí a cachondearse —me dice Musa—. Se piensan que por ser negros somos tontos, que por vender en la calle nos pueden engañar o reírse de nosotros. Si un blanco estuviera vendiendo no pasaría esto. Ni siquiera pasa con los paquistaníes —dice mirando a uno que tiene al lado, que también vende en la calle.
—Y ante una situación tan precaria, en la que ganas poco y en la que la gente te rechaza, ¿alguna vez te has planteado vender drogas o robar? —le pregunto.
—No —me responde con una sonrisa—. Los senegaleses somos gente pacífica. No soporto a la gente que roba. Cuando a mí la policía me confisca toda la mercancía que estoy vendiendo o se llevan el dinero de un día de trabajo, ¿crees que me hace gracia?
Me cuenta también que mucha gente que le compra unas gafas, le preguntan bajito si tiene hash.
—¡Un compañero mío se tuvo que cortar las rastas porque todo el mundo pensaba que era un camello! —asegura Musa—. Nosotros ni robamos ni vendemos drogas, solo vendemos en la calle. Hay cosas más graves que están ocurriendo, pero la poli solo va a por nosotros.
* * *
Con la reacción de los senegaleses tras la muerte de Mor, las redes sociales se han incendiado, y hay quien pide la expulsión a sus países.
—No somos ninguna organización ni ninguna mafia. Nosotros compramos a mayoristas y luego cada uno vende. Claro que somos amigos entre todos, porque todos pasamos por la misma mierda, y a todos nos persiguen igual. Pero no hay ninguna organización.
Él no se queja.
—No pain, no gain —dice, en referencia a la dureza y marginación a la que son sometidos, tanto por la policía como por la sociedad.
Él seguirá recogiendo la manta cuando venga la policía, correrá con su cuerpo de atleta de maratón y rezará para que no le detengan o no le hagan daño.
Así, casi todos los días, hasta que encuentre un trabajo que le saque de la calle.
No pain, no gain
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