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Los criterios para definir lo lícito y lo ilícito son hipócritas en su origen
06 Agosto 2015 16:07
“Los hombres son diablos de ojos rojos empapados de nicotina, manchados de cerveza y engrasados de whisky”.
La frase la pronunció Carry Nation:

Nation fue la mayor activista del Movimiento por la Templanza en Estados Unidos a principios del siglo XX. Y a través de su hacha y su Biblia consiguió que el Congreso de Estados Unidos aprobara la Ley Seca.
Esta fue derogada en 1933, después de que en aquellos 14 años fueran recordados para siempre como la época de mayor gloria del crimen organizado.
Hasta el propio Al Capone, que se benefició por la prohibición del alcohol, dijo: “La prohibición no hizo más que traer problemas”.
La Ley Seca vino después de una avalancha moralista
El único criterio que imperó para que los planes de Nation se hicieran realidad fue el moral: los obreros estaban aborregados por el alcohol, Dios no lo quería y había que prohibirlo, sí o sí.
Después de unos efectos infinitamente más desastrosos que los que pretendía atajar, EEUU acabó derogando la prohibición. Sin embargo, tres décadas más tarde, la Asamblea de las Naciones Unidas firmó la Convención sobre Estupefacientes, en 1961.
La Asamblea de la ONU pareció no entender que una nueva prohibición traería problemas antiguos: la guerra del narcotráfico en México y Colombia, o la financiación de grupos terroristas a través de los cultivos de opio en Afganistán, entre otros dramas provocados por el comercio ilegal.
Esta convención partió del mismo criterio moral que inspiró la prohibición del alcohol en Estados Unidos. Y añadió un segundo criterio, relacionado con la salud pública. El texto de la ONU comenzaba con las partes firmantes “preocupadas por la salud física y moral de la humanidad”.

Atendiendo a este problema de salud pública, la ONU se embarcó en la tarea de definir qué eran los estupefacientes y por qué deberían perseguirse e ilegalizarse.
Hizo una lista con todas las sustancias –desde en Cannabis al LSD– que deberían estar prohibidas por sus efectos nocivos contra la salud, que iban desde la adicción a la destrucción del sistema nervioso central.
En 1961 la ONU clasificó las drogas entre legales e ilegales
Y, aunque la intención fue buena, en todo el texto no aparecía una sola mención al alcohol o al tabaco.
Por ello, si la preocupación de la ONU era la salud de la humanidad, estas dos drogas hubieran sido incluidas. Sin embargo, tenían un nivel de aceptación social que las excluyó de la lista, mientras que el miedo y el desconocimiento hacia las nuevas sustancias hizo que fueran prohibidas.
Así, el criterio para tomar la decisión de ilegalizarlas pudo ser político, económico o moral, pero no sanitario como se intentó vender. El argumento de la prohibición nació siendo hipócrita.

A partir de aquella regulación de la ONU, los diferentes países fueron adoptando criterios más concretos para definir qué drogas eran legales y qué drogas no lo eran.
En el caso de Estados Unidos, se ideó un sistema de clasificación que definía la legalidad de las drogas en función de sus efectos médicos y de su grado de adicción.
Los cinco “schedules” de las drogas se definieron según esos dos criterios, y fueron redactados en el Acta de Substancias Controladas de EEUU de 1970:
Incluyó todas las drogas adictivas y que no tenían un uso médico respaldado por la comunidad científica. Para la DEA, son las más “peligrosas” y las que más posibilidades tienen de generar “dependencia severa”.
En este primer apartado, según su definición, tendrían que haberse incluido el alcohol y el tabaco, pero ni siquiera se mencionaron.
Incluyó drogas adictivas con usos médicos limitados.
Incluyó drogas adictivas de uso médico.
Son las que presentaban un grado menor de adicción y tenían finalidad médica, al igual que la última clasificación:
En resumen, al igual que ocurre en el Reino Unido y Australia, en EEUU las drogas fueron consideradas legales o ilegales en función de su uso médico.

Este criterio, además de ser hipócrita por no incluir tampoco ni alcohol ni tabaco, no deja de ser simple, ya que pone al mismo nivel a la marihuana y a la heroína.
Ante la falta de solidez de los argumentos para la prohibición y los problemas que esta genera, cuatro Estados de EEUU optaron por no hacer caso a la clasificación y decidieron controlar la producción, la venta, y el consumo de las drogas recreativas, al igual que ocurre con el alcohol y el tabaco.
El nivel de adicción y su utilidad para la medicina es el mayor criterio para que sean legales o ilegales
Si en Estados Unidos los criterios para prohibir determinadas drogas son demasiado simples o hipócritas, en un país como España, en su Plan Nacional sobre Drogas no hay una sola mención de por qué unas son lícitas y otras ilícitas. Simplemente se da por supuesto cuáles son ilegales y cuáles son legales sin mayor explicación.
Al igual que sucedió con la ONU, la legislación española sobre las drogas se basa en criterios que emanan de la percepción social del problema.
La profesora universitaria y experta en drogas Araceli Manjón-Cabeza dijo en un artículo en El País que España es uno de los países que más retrocede en la legislación sobre las drogas. Esto sucede mientras otros países avanzan hacia soluciones que regulan las drogas como se hace con el alcohol y el tabaco.

La mayoría de los expertos, menos algunos políticos, coincide en que acabar con las drogas es una realidad imposible. Y que los criterios para clasificarlas de legales o ilegales que se han usado a lo largo de la historia pecan de arbitrarios y de contradictorios.
Por ello, el debate sobre la legalización continúa más vigente que nunca. Hasta el propio Barack Obama dijo que el alcohol era más peligroso que el cannabis, dejando en evidencia los criterios que se han usado para diferenciarlos.
En 1998, la Asamblea General de la ONU celebró una sesión especial bajo el lema: “Un mundo libre de drogas, podemos conseguirlo”. A esto, el científico Ethan Nadelmann, respondió:
“¿Qué se habían fumado cuando dijeron eso?, cada generación inventa y consigue nuevas drogas, empezando por la industria farmacéutica, donde empresarios innovadores crean químicos ilegales para conseguir ganancias”.
Hagan lo que hagan, cada generación inventará una nueva droga
En 2016 se celebra una nueva convención de Naciones Unidas sobre las drogas, y argumentos como los de Obama o Nadelmann se tendrán en cuenta. Lo mismo sucederá con los experimentos de regulación que se están llevando a cabo en los cuatro estados de EEUU y en Uruguay.
Han pasado más de 50 años desde aquella primera ilegalización de las drogas que instituyó la ONU ante un problema casi desconocido. A lo largo de más de medio siglo, como sucedió con la prohibición que encumbró a Al Capone, se ha demostrado que solo genera más problemas.
Y que los criterios que se han usado para definir qué es legal y qué no lo es no tienen un fundamento que legitime la prohibición.
La tradición inspira las leyes, la tradición se puede cambiar
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