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Claro que lo van a volver a hacer

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Claro que lo van a volver a hacer

//Opinión// "La cuestión ya no es solo judicial, es una cuestión de seguridad pública. Nos interpela a todas porque se trata de nuestras vidas y nuestros cuerpos. Va más allá del calentón. Os lo aseguro"

Todo lo que tendría que haber pasado a lo largo de estos años para que miráramos de una forma distinta a los cinco hombres denunciados por una agresión sexual múltiple de San Fermín, no ha pasado. Pongamos, por ejemplo, que a lo largo de estos dos años nos hubieran llegado noticias variadas de ellos: reconocimiento y arrepentimiento desde la preventiva, buena conducta, interés por formarse y educarse en materia de educación sexual. Pongamos, por ejemplo, un historial de WhatsApp limpio e irreprochable; comentarios de su entorno que hablan y entienden la causa y nos acercan al dolor — en ejercicio de complicada empatía, pero al fin y al cabo entendible— de unos chavales jóvenes que saben y reconocen que pagarán un precio alto por unos hechos muy graves.

Podríamos haber asistido a todo eso. Podríamos haberlo, incluso, entendido. Seguramente no nos tocaría otra que esperar a la condena —también la de Pozoblanco—. Los hechos serían siendo igual de deleznables, graves, dolorosos. Pero no nos quedaría otra que esperar, pacientes, al fallo de la justicia. Probablemente no mezclaríamos sentimientos, eso de lo que tanto se nos acusa. De ser la masa enfurecida porque no entendemos que la justicia no es para tomárselo a pecho, sino para tomársela en serio. No estaríamos rabiosas. No tanto.

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Pero si estamos rabiosas, si gritamos en las calles, es porque no solo no hemos asistido a todo lo primero: hemos asistido a todo lo contrario. La cuestión ya no es solo judicial, es una cuestión de seguridad pública. Nos interpela a todas porque se trata de nuestras vidas y nuestros cuerpos. Va más allá del calentón. Os lo aseguro. Hay dos aspectos especialmente turbadores en el auto de los dos magistrados —solo uno de los tres ha votado en contra—. Alegan que no lo volverán a hacer porque los tenemos fichados y conocemos perfectamente sus caras. Alegan que no lo volverán a hacer porque los hombres no pueden pisar Madrid, donde reside la víctima. Por cierto, por esta misma lógica: ese mismo argumento obliga a la víctima a quedarse en Madrid este verano. Adivina quién se ha quedado con menos libertad de movimiento. Otra vez.

El auto, y esto es gravísimo, deja constancia que la víctima y su entorno han recibido amenazas a lo largo de este tiempo

¿Por qué nadie alega que no lo volverán a hacer porque tienen una idea remota de lo que pasó aquella noche? ¿Por qué nadie nos dice que muestran signos de que han entendido algo?

Todo lo que se desprende de sus actitudes —dentro y fuera de prisión— nos lleva a pensar inevitablemente lo contrario. Dicen que en este país hay justicia porque les entiende. Tienen un magistrado devoto que no solo profirió un texto larguísimo en su defensa, sino que además, ahora, parece haber convencido a la compañera magistrada. Ese magistrado por poco no les da una palmadita y les felicita por la juerga.

Desde la cárcel, uno de los imputados, envió una carta a Tribuna de Cartagena en la que se reiteraba en su conducta y llega a preguntar a la víctima que a ver cómo se le ocurre sujetar uno de sus penes si ella no quería nada. Tenemos constancia de que su entorno (amigos, parejas) les apoyan, reafirman en su inocencia e incluso humillan y amenazan a la víctima en Facebook. Que a cada cerda le llega su San Martín, dicen. No solo eso. El auto, y esto es gravísimo, deja constancia, a través del voto particular del magistrado que ha rechazado levantar la preventiva, que la víctima y su entorno han recibido amenazas a lo largo de este tiempo.

Con todo eso, cómo no va a haber riesgo de incidencia o de fuga. Cómo estar seguras de que cuando salgan de prisión y lleguen a sus casas no se sentirán arropados, apoyados y nuevamente reafirmados. Cómo estar seguras de que la víctima está segura. Y, luego, todas nosotras. Ellos empiezan el verano con la cabeza bien alta. Es justo así cómo se articulan los privilegios.

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