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2016, un año de mierda

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Hillary tampoco hubiese sido una victoria. 3 incertidumbres que nos deja el resultado

Rafa Martí

09 Noviembre 2016 19:06

Pasó con el Brexit, pasó con el referéndum de Colombia y ha pasado ahora con Donald Trump. En la resaca de la noche electoral de Estados Unidos, la mayoría de la población mundial compartía dos emociones: la de la indignación de muro de Facebook y la de la risa hacia toda esa gente indignada. Luego, decepción y pasividad. Decepción porque a poca gente le gusta que un tipo como Trump tenga en sus manos las riendas de la primera potencia del mundo. Y pasividad porque ya es la tercera vez en un año, un año de mierda.

Los dos referéndums y esta “tragedia americana” (según la definición de The New Yorker), son una constatación de varias incertidumbres a las que nos tendremos que enfrentar.




¿El fin de la política estadísticas? 

La primera incertidumbre es si la política ha dejado de ser un arte lógico. Es decir, hasta ahora, todos los procesos electorales modernos estaban dirigidos por los datos y las encuestas. Cuando un sondeo anunciaba que, después de unas declaraciones escandalosas un político descendía en votos, la estrategia cambiaba hacia la dirección contraria. Con Trump esto no ha pasado: cuando su popularidad se ha visto afectada por un comentario contra los mexicanos, al día siguiente ha dicho un comentario todavía más agresivo contra los mexicanos. Y ha ganado.

La campaña de Trump, basada en la polémica y la polarización, ha dado resultado. Un payaso bravucón “sin ninguna posibilidad de ganar las primarias republicanas”, como definían la mayoría de medios y legiones de politólogos confiadísimos en el dato, no solo ganó esas primarias sino que será el próximo presidente de EEUU. El ridículo ha alcanzado lo estrepitoso:


La política cualitativa se ha impuesto a la cuantitativa por una simple razón: no todo el mundo dice la verdad en las encuestas, y el equipo de Trump lo sabía. O, al menos, lo percibía.

¿El fin de la era globalista y del establishment? 

La mayoría de análisis coinciden en que, si algo significa el triunfo de Trump como colofón político al 2016, es la derrota del statu quo. Durante la campaña, Trump se ha erigido como el luchador contra lo políticamente correcto y como quien habla como piensa la gente. Su campaña también se ha centrado en arreglar los problemas económicos de las clases medias trabajadoras. Y estas han respondido nombrando como su representante a un multimillonario.

Sin embargo, que él pueda acabar contra los statu quo cultural y económico no está tan claro. El establishment es tan poderoso que puede impedir que el mismo presidente de EEUU haga lo que quiera. Obama es el ejemplo más reciente.

Trump ha propuesto medidas económicas proteccionistas, que incluyen aranceles a las importaciones, la oposición a tratados de libre comercio como el TTIP o que se mantengan las fábricas en suelo americano. En un mundo de comercio global con grandes intereses privados es altamente improbable que un país pueda ir por libre. Por muy poderoso que sea.

El establishment es tan poderoso que puede impedir que el mismo presidente de EEUU haga lo que quiera. Obama es el ejemplo más reciente

Uno de los ejemplos más directos es el reciente intento del gobierno del Brexit de Theresa May por encontrar socios comerciales más allá de la Unión Europea: en su primer viaje a la India, las negociaciones para un acuerdo han fracasado rotundamente.

Por otro lado, un empresario como Trump solo ha podido hacerse rico gracias al mundo globalista, de libre mercado y con pocas trabas al que él promete oponerse. Sus negocios se extienden por decenas de países. Como él, miles de empresarios en EEUU y lobbies poderosos dependen de las reglas del juego del establishment económico global. Más de 1.000 CEOs de grandes multinacionales ya han escrito al presidente electo para pedirle estabilidad.

A escala doméstica, se ha destacado que los resultados dan una amplia mayoría al Partido Republicano en el Congreso y en el Senado. Esta mayoría podría, además, nombrar a un nuevo juez conservador para el Tribunal Supremo. De esta manera, el equilibrio actual entre conservadores y progresistas se rompería. Con esta tríada de poderes, se ha dicho que Trump podría deshacer todas las reformas y avances legislativos impulsados por Obama, entre ellos, el sistema de salud universal.



Esto, sin embargo, tampoco está claro. Igual que existe un establishment global contrario a las medidas proteccionistas, existe una gran parte del GOP (el partido republicano clásico) que detesta a Trump y que es parte del establishment político de Washington. Trump ahí es un recién llegado, y tampoco le dejarán hacer lo que quiera.

En su primera intervención tras la victoria, Trump sorprendió con un discurso moderado que podría ser propio de Obama o de Clinton, en la más pura línea del establishment. Quizá sea un indicador de por dónde irán los tiros, ahora que el circo electoral ha terminado.

¿La desconexión definitiva de la izquierda con la clase obrera? 

Otro de los argumentos más repetidos en este 2016 es la desconexión de la izquierda con la clase obrera. La victoria de Trump ha demostrado que a un obrero de Pittsburgh le interesa más su salario que no que cuatro pijos de California desarrollen energías sostenibles. O mantener su puesto de trabajo a que su candidato sea un misógino. En definitiva, los problemas de 60 millones de americanos no son los mismos que los de varios cientos de miles de millennials urbanitas con títulos universitarios que lloran por Harambee. Ha sido un baño de realidad. Y la confirmación de que el progresismo se ha olvidado de esa realidad.

En definitiva, los problemas de 60 millones de americanos no son los mismos que los de varios cientos de miles de millennials urbanitas con títulos universitarios que lloran por Harambee

Pero de nuevo, esto tiene trampas. Si nos fijamos en los datos desglosados por género, raza e ingresos que dan las encuestas a pie de urna del New York Times, vemos que el voto por Trump es más masculino, blanco y rico (más que pobre). Es decir, si el adversario de Trump hubiese sido Bernie Sanders, con propuestas económicas similares a las de Trump, ¿hubiera ganado Sanders? Los análisis muchas veces obvian que el populismo, la manipulación y el simple extremismo hayan sido factores determinantes, como explica David Remnick:




Esto plantea la incertidumbre sobre qué camino debe tomar la izquierda: ¿defender al obrero, aunque sea de derechas y cargar con la parte del establishment progresista? (Una crítica, por cierto, esgrimida por parte del propio establishment progresista) O, por el contrario, ¿seguir por el mismo camino? O, si no, ¿qué?

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