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Justin Trudeau y Donald Trump se parecen mucho más de lo que crees: ambos dominan a la perfección la cadencia de las redes sociales
23 Septiembre 2016 06:00
Vancouver, julio de 2016, día del orgullo gay. En medio del desfile al que apuntan las cámaras de todos los medios del mundo, hay un personaje poco habitual: se trata del primer ministro, Justin Trudeau. Vestido de rosa, con sonrisa histérica, la imagen llega a los muros de Facebook de más de la mitad del universo millennial. La foto se comparte, los likes suben. Trudeau mola.

En ese mismo instante Canadá está firmando el mayor acuerdo armamentístico con Arabia Saudí, convirtiéndose así el segundo vendedor de armas en Oriente Medio, por detrás de Estados Unidos. La foto de ese acuerdo no existe y no llega a ningún muro de Facebook.
Esto es lo que hace pocos días el columnista Stephen Marche definió en Bloomberg Businessweek como viralocracia. Para entenderlo de manera rápida, la viralocracia es una nueva manera de hacer política que tiene fundamentos muy viejos: lo importante es el número de likes que tengas, no el contenido real de tus políticas.
La viralocracia es efectiva por la misma razón por la que Kendall Jenner, con una portada de Vogue España y unos posts en Instagram, ha hecho más por la imagen de España que centenares de millones de euros del Gobierno invertidos en promocionar eso que ellos llaman Marca España. (Sin ningún disimulo, el antetítulo de la portada de la revista decía: “Esta chica vale 65 millones de followers”.)

Trudeau no es el único que sabe de esto: Matteo Renzi, primer ministro italiano, acaba de salir en un amplio perfil publicado en Vogue EEUU. Se ha hablado más de él por las fotos que le ha hecho Annie Leibowitz que en cualquier otro momento de su mandato. Es más, posiblemente, la gente siga sin tener ni idea de qué va ahora mismo la política italiana, pero Renzi está bien.

Lo mismo pasa con Donald Trump: ¿alguien sabe algo de su programa? No, porque no lo tiene. Sin embargo, el candidato republicano maneja a la perfección la cadencia de las redes. De manera totalmente opuesta a Trudeau, Trump genera emociones. Emociones negativas, pero emociones. Y esto es precisamente lo que los demócratas le reprochan a Hillary Clinton, posiblemente una de las políticas con los programas electorales más completos. Y posiblemente, la más aburrida que se recuerda en décadas.
La viralocracia tiene una gran virtud (para el político): el político es el rostro visible que acapara la atención mediática, mientras su equipo sin rostro trabaja para avanzar en las políticas que le interesan. Esto significa firmar un acuerdo de armas con Arabia Saudí y que los millennials te sigan compartiendo en sus muros de Facebook por selfies en el Orgullo Gay o con unos osos panda. Por eso, la viralocracia va estrictamente ligada a la tecnocracia, a que el debate político no entorpezca aquello que deba hacer quien sabe hacerlo. Sin embargo, también significa la anulación de cualquier debate político real.
En la viralocracia el político vale lo que valen sus likes. Y no está mal. En un mundo donde el canal parlamentario no tiene nada que hacer frente a Instagram (si es que el canal parlamentario ha tenido alguna posibilidad de ser visto alguna vez), los políticos tienen que moverse ahí. Si no, ni siquiera hablaríamos de política. Pero, ojo, que no te la cuelen.
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