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Las historias que no habías leído hasta ahora de la crisis de los refugiados

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Héroes que buscan un hogar, sirenas que se aprovechan del viajero y cíclopes que intentarán terminar con ellos: una nueva visión sobre la crisis de los refugiados

Rafa Martí

09 Junio 2016 06:00

A la edad a la que el periodista Patrick Kingsley preparaba sus exámenes para entrar en la Universidad de Cambridge, el joven Adam esperaba en Sicilia un barco que le llevase al continente. Con 16 años, la máxima preocupación que podría tener Kingsley era acceder a la prestigiosa universidad. Adam, sin embargo, ya había vivido varias vidas, y solo quería un lugar donde reposar la cabeza.

Huyó de Eritrea después de ser encarcelado 3 veces y de ser obligado a hacer el servicio militar a cambio de un salario que no alcanza los 30 euros al mes. El crimen de Adam fue ponerse a trabajar a los 14 años para traer ingresos a casa. Su padre y su hermano habían sido reclutados también, por lo que a Adam no le quedó más opción que dejar el colegio. Pero a quien deja el colegio en Eritrea se le niega el derecho de desplazarse por la vía pública. Lo cogieron y lo metieron en el ejército. Todas las veces huyó. Su vida, en los dos últimos años y hasta ahora, ha sido la de un fugitivo.

La historia de Adam, que se encontró con Kingsley en Sicilia cuando este cubría la crisis de los refugiados para The Guardian, muestra la terrible asimetría entre dos mundos. Una asimetría que es el detonante de la mayor crisis de desplazados en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

Kingsley la ha documentado en La Nueva Odisea (Deusto), un libro en el que recorre 17 países para dibujar un mapa completo y alejado de los lugares comunes sobre la crisis de los refugiados. Las dimensiones de este drama no solo afectan a Siria, a Grecia o a los Balcanes. Van mucho más allá, hasta Sudán, Malí y el Sáhara.

Mientras en Europa se discute quién tiene derecho a venir; ellos, los refugiados, no hacen distinción. Todos sin excepción se juegan la vida en el mar porque saben que lo que dejan detrás es mucho peor, ya sea Siria, ya sea Eritrea.

Estos son algunos personajes que hemos rescatado de un libro que recuerda los mejores momentos de la crónica periodística, y que no solo habla de refugiados:

I. Cissé. De profesión, traficante de personas

Cissé hace el viaje una vez por semana. Todos los lunes sube al balde de su pick-up Toyota a 30 personas y cruza todo el Sáhara desde Agadez hasta la frontera de Libia. Puede ganar hasta 6.700 euros por viaje, unos 330.000 al año en un país, Níger, donde la media anual de ingresos de una familia son 700 euros.

A Cissé podríamos juzgarlo como un terrorista, un desalmado. Puede parecer el culpable de iniciar una cadena infernal, que trae los problemas a Europa. Sin embargo, en realidad solo tiene una necesidad. Tenía estudios, trabajó como administrativo y comenzó una prometedora carrera como guía turístico. Sin embargo, el turismo en Níger se fue a pique cuando aparecieron en la zona los grupos yihadistas.

La única manera de sobrevivir era yéndose a otro lado. También podía quedarse y ganar dinero de la manera que fuese. Si él no lo hiciera, habría otro. De hecho, este negocio mantiene la economía local. Para él, su trabajo no es diferente al que hace un conductor de BlaBla Car que lleva a pasajeros de un lado a otro.

El viaje, sin embargo, es algo más peligroso. No hay carreteras y perderse en medio de la arena supone una muerte segura. Sin agua, en el desierto, el cuerpo aguanta tres días. Y cuando no es el agua, son los bandidos o los yihadistas. En su travesía semanal en medio de la nada, se ven los cuerpos tirados en la arena. Una imagen similar al Everest, en la que los muertos recuerdan a los que suben que pueden acabar como ellos. O similar al Mediterráneo, donde flotan los cuerpos. Solo que, ahora, el mar es de arena.

Los intentos de la Unión Europea para parar el tráfico de personas en estos países solo lo ha estimulado. Ha enviado toneladas de dinero a sistemas corruptos. La policía detendrá un convoy, se hará la foto y la enviará a Bruselas. Luego, pedirá a los traficantes un soborno para que estos sigan operando, porque será más difícil hacer la vista gorda. A a su vez, Cissé subirá el precio del viaje. Por otro lado, si Europa invierte en el desarrollo de Níger, podría ser una solución, pero no en el corto plazo. Los migrantes solo tendrán más dinero para pagar las nuevas tarifas. Vendrán de todas formas y el círculo no se acabará nunca. La única solución para Kingsley sería la voluntad de reubicar el flujo de migrantes, que apenas representa el 2% de los habitantes de Europa.


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?Cissé había comenzado una prometedora carrera como guía turístico. Sin embargo, el yihadismo acabó con el turismo en su país. ¿Opciones? Salir del país o quedarse y buscarse la vida como fuera. Hoy se dedica a llever personas de Agadez a Libia?

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II. Hassem al Souki: de Damasco a Estocolmo 

El día del cumpleaños de su hijo, los soldados de Al-Assad vinieron al barrio. Iban casa por casa y se llevaban a todos los hombres con edad de combatir. A Hassem lo cogieron. Terminó en una celda del Servicio de Inteligencia Aéreo sirio. Estuvo encerrado 6 meses, en los que perdió la noción del tiempo.

Un día fue liberado sin más explicación que así lo había decidido el dictador. Apareció en medio de Damasco de nuevo y fue a buscar a su familia. En esos 6 meses la revolución siria había adquirido dimensiones de guerra civil. Sus vecinos hablaban de frente y el frente estaba cerca de su casa.

Cogió a sus hijos y después de cambiar de residencia por la ciudad, decidió irse. La opción era Egipto, ya que era uno de los pocos países árabes que ofrecía ciertas garantías de estabilidad y futuro a los sirios. Hassem se reunió con su familia en una plaza de Damasco en la que operaban las agencias de viajes. En ese mismo lugar, centenares de sirios se agolpaban para subir a un autobús. Pero ahora no se iban de vacaciones. Huían.



Tras varios checkpoints de militares, rebeldes y yihadistas, Hassem y su familia embarcaron por el mar rojo a Egipto. Y, desde el Sinaí, se dirigieron en un viaje no menos tortuoso hasta la costa. Sin embargo, el viaje acababa de comenzar: la inestabilidad política cambió de la noche a la mañana su situación y la de su familia. Sin trabajo, decidió jugárselo todo. Habían pasado 3 años desde aquel cumpleaños.

Contactó con las mafias que llevan a personas a través del mar. Lo hizo por Facebook, así de fácil. Una vez hechas las gestiones y reunido el dinero,  desde una playa egipcia desconocida, se embarcó en un buque con gente procedente de los lugares en los que nadie quiere vivir: Siria, Irak, Afganistán, Yemen, Eritrea, Sudán. Todos en un mismo lugar, compartiendo el mismo sueño.

Hassem llevaba una gorra para protegerse de la insolación, un chaleco salvavidas, su pasaporte, un diario, biodramina para el mareo y una caja de quesitos President. Con esto quería llegar a Suecia.

La Guardia Costera Italiana rescató su barco. Y desde la estación de tren de Milán comenzó una segunda odisea, pasando por Francia hasta que, finalmente llegó a Suecia. Allí estuvo esperando 6 meses a obtener la condición de asilado para poder reunir legalmente a su familia con él.

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?Hassem llevaba una gorra para protegerse de la insolación, un chaleco salvavidas, su pasaporte, un diario, biodramina para el mareo y una caja de quesitos President. Con esto quería llegar a Suecia

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III. Hans Breuer. De pastor de ovejas a salvador de personas 

Hans Breuer era pastor de ovejas. Era un idealista judío que no entendía cómo los húngaros se negaban a acoger refugiados cuando ellos mismos, en 1956, fueron acogidos en masa por Austria después de la rebelión contra el régimen comunista. A sus propios padres, durante la Segunda Guerra Mundial, Suiza les negó la entrada cuando huían de la persecución nazi en Austria.

Ahora, horrorizado por cómo los gobiernos europeos estaban actuando ante la crisis de los refugiados, dejó al rebaño y se fue con su furgoneta a la frontera de Hungría con Serbia. No iba a cuidar más de las ovejas, sino a guiar a personas en la oscuridad. Su plan era llevar a refugiados de forma segura hasta Austria.

Quienes lograban cruzar a Hungría —cuando la frontera todavía estaba abierta— eran tentados en numerosas ocasiones por más traficantes de personas que le prometían llevarles a los países del norte. Pero, al igual que en el Mediterráneo, el viaje era demasiado peligroso y costoso.

Hans quiso ahorrar ese trauma a decenas de refugiados.



Su modus operandi consistía en llegar con la furgoneta a los pasos fronterizos con ayuda humanitaria. Ahí se mezclaba con los voluntarios de toda Europa que repartían agua y comida a los refugiados. Compinchado con ellos, en las distracciones de la policía húngara, metía a dos o tres personas dentro y las cubría con manta. Luego, se iba y emprendía un viaje de alrededor de 6 horas hasta Austria.

Lo hacía por caminos secundarios de un campo que él conocía bien. Podía ser detenido por la policía y acusado de tráfico de personas. En realidad, el solo hacía lo contrario: ofrecer un viaje gratis y seguro hacia Austria.

Su labor altruista terminó de la noche a la mañana cuando en el verano de 2015 Hungría decidió cerrar por completo la frontera.

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?A Hans Breuer le horrorizaba que un país como Hungría se negase a acoger refugiados. Entonces dejó el rebaño y se fue con su furgoneta a la frontera de Hungría con Serbia. Su plan era llevar a refugiados de forma segura hasta Austria.?

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