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Sobrevivir a la bomba atómica maldijo su vida para siempre

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Un espeluznante relato de hibakushas que comienza el 9 de agosto de 1945 y aún no ha terminado

Rafa Martí

06 Agosto 2015 17:45

*Historia basada en el testimonio real de Sumiteru Taniguchi (en la foto superior, con un parche).

A las 11:01 de la mañana del 9 de agosto de 1945, la vida de Sumiteru Taniguchi cambió para siempre.

Tenía apenas 16 años y hacía dos que trabajaba de cartero en la ciudad japonesa de Nagasaki. Aquel día, como todos los demás, había salido de casa en bicicleta hasta la oficina de correos de Nishiura-Kami para repartir las cartas que le correspondían.

Fotograma de Postman Blues

A las 7:50 de la mañana, cuando ya estaba callejeando, sonó la alarma de bombardeo en la ciudad. Taniguchi dejó la bicicleta y miró al cielo, pero no vio nada. Se escondió en uno de los refugios habilitados de la ciudad hasta las 8:30, cuando la alarma cesó.

Las sirenas de alarma eran casi una rutina en aquellos últimos meses de la guerra, que Japón estaba a punto de perder. Taniguchi pensó, como el resto de la ciudad, que el peligro habría pasado.

Pero después de escuchar aquellas sirenas no pudo evitar pensar en las noticias que llegaban de la ciudad de Hiroshima, que tres días antes, el 6 de agosto, había sufrido un bombardeo muy extraño. La información era aún confusa y nadie sabía a ciencia cierta qué había pasado.

A las 10:53 de la mañana, Taniguchi se dirigía hacia otro barrio para repartir cartas, cuando escuchó el bramido de los motores de dos bombarderos B-29 americanos. Ya había vivido otros bombardeos y se extrañó de que solo hubiera dos aviones, porque las escuadrillas solían ser más grandes.

Además, las alarmas no volvieron a sonar, por lo que se imaginó que aquellos aviones solo sobrevolaban la ciudad para hacer un reconocimiento.

Ocho minutos después, sintió una enorme explosión, como jamás había escuchado antes. Un destello de luz blanca le cegó, y milésimas de segundo después sintió un fuerte viento en la cara y vio cómo todo se derretía a su alrededor.

Había explotado la bomba atómica estadounidense Fat Man.

Eran las 11:01 de la mañana y la vida de Taniguchi cambió para siempre. La fortuna y su lejanía del epicentro de la explosión le salvaron la vida. Se arrastró entre los edificios que caían a su alrededor sin ser consciente de qué estaba pasando. No sentía las heridas ni sabía que posiblemente estaba en un foco de calor de centenares de grados.

Una mujer le ayudó con las heridas. Aquella misma tarde, ambos salieron de la ciudad y se reunieron con otros supervivientes en un refugio donde pasaron la noche, junto a miles de cuerpos desfigurados. Al día siguiente, solo él estaba vivo. Los equipos de rescate le recogieron al cabo de tres días.

Pasó 11 meses boca abajo en la cama de un hospital porque no tenía piel en la espalda. También se le generaron enormes úlceras en los pectorales y, a día de hoy, con 86 años, todavía acude al hospital para que le traten.

Aquella explosión no solo le dejó heridas irreparables en el cuerpo. A partir de aquel día fue etiquetado de hibakusha, que en japonés significa "afectado por una explosión".

Hoy, 70 años después de las masacres de Hiroshima y Nagasaki, quedan entre 180.000 y 190.000 hibakushas. Y todos ellos tienen historias similares a las de Taniguchi: no solo sufrieron un apocalipsis sino que su existencia posterior se vio marcada por ese hecho. Los hibakushas han vivido con un estigma social y han sido marginados.

Algunos testimonios dicen que en la época existía la superstición de que las enfermedades causadas por la radiación se contagiaban. Y los hibakushas escondían sus rostros y sus heridas para ser aceptados. No se sentían humanos.


No se sentían humanos


La discriminación hacia estos supervivientes se extendió hasta el punto de que nadie quería tener hijos con ellos por miedo a contraer las enfermedades o que las pasaran a sus descendientes. Las empresas tampoco los contrataban por miedo a que enfermaran más que los demás trabajadores.

De los hibakushas que quedan, muchos prefieren no hablar ni contar su historia por el miedo que pervive al estigma social, aunque todos pasan ya de los 70 años.

Katsuko Kanamori, de 71 años y superviviente de Nagasaki, dijo este año en una entrevista en el Japan Times que todavía sufre un trauma mental por haber estado toda su vida evitando la discriminación: 40 años después de la masacre le reconoció entre lágrimas a su hijo por primera vez que ella era una de las supervivientes y que tenía enfermedades causadas por la radiación.

Kanamori contó que muchos habitantes de Nagasaki huyeron de la ciudad devastada y que, allá donde llegaban, les clavaban las miradas por haber nacido donde explotaron las bombas. Muchos hibakushas emigraron a países como Brasil para huir de estos estigmas y rehacer sus vidas.

Después de que la rechazaran muchos hombres, se casó con Kazuhiko, un hombre con problemas de movilidad. Los marginados se daban apoyo entre ellos. Y, cansada de mentir sobre su vida y de sobrevivir a una leucemia, hace 30 años comenzó su activismo.

El caso de Taniguchi, el cartero de Nagasaki, es similar: ha dedicado toda su vida a luchar contra las armas nucleares y a romper el estigma que pesa sobre estos héroes.

Unos héroes que, siendo la voz más autorizada para explicar con sus vidas la mayor barbarie de la humanidad, han sido silenciados. Y mientras, en EEUU, se sigue exhibiendo aquel bombardero B-29 que marcó sus vidas para siempre.


Víctimas y héroes silenciados por el estigma social



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