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No somos una, somos seis millones

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Stephen Lyne
 

/OPINIÓN/ Si existe una hormona del miedo, a las 3 de la mañana es cuando mi cerebro comienza a segregarla. Si existe un bloqueador de ese miedo, deberían ponerle el nombre de 8M

Margaryta Yakovenko

09 Marzo 2018 13:02

En el mundo enmoquetado de Bruselas la palabra huelga pierde su resonancia en cuanto sale de tu boca. Y algo parecido pasa cuando dices feminismo. Allí, los términos favoritos de eurodiputados, ponentes, congresistas, comisarios son cosas como igualdad, distribución equitativa, mismas oportunidades. Las decisiones políticas son siempre igualitarias y nunca feministas.

Se evita el feminismo como término igual que se evita recalcar que solo el 36% de europarlamentarias son mujeres. Que por cada tres políticas, hay 7 políticos. En el mundo enmoquetado en el que he estado las pasadas 48 horas, las moquetas sirven para amortiguar el golpeteo de los tacones y también para esconder bajo ellas todas las políticas contra el sexismo que no funcionan, todos los testimonios de mujeres acosadas sexualmente por sus superiores que sonrojarían a esos 7 de cada 10 políticos si salieran a la luz.

Aún así hay mujeres que están dispuestas a alzar la voz y otras mujeres dispuestas a escucharlas. Mientras la actriz y realizadora Asia Argento contaba en la Eurocámara ante periodistas de 22 países comunitarios cómo fue violada por Harvey Weinstein a los 21 años, algunos rostros de mujeres estaban empapados en lágrimas. Lágrimas de las que se reconocen en ese temblor de voz, en esa rabia contenida en cada palabra de la frase “ese tipo sigue por ahí en libertad”.

En la UE el 55% de las mujeres hemos sido acosadas sexualmente en algún momento de nuestra vida. Más de la mitad de todas las mujeres europeas sentimos ira cuando alguien nos sigue en la oscuridad mientras volvemos a casa con las llaves en la mano a modo de unas precarias garras de mujerlobo. Sentimos furia cuando en nuestra sangre, bombeada en esos momentos a 130 pulsaciones por minuto, se empieza a mezclar la adrenalina con el pánico. Si existe una hormona del miedo, a las 3 de la mañana es cuando mi cerebro comienza a segregarla.

Si existe un bloqueador de ese miedo, deberían ponerle el nombre de 8M.

Manuel Patrana

He vivido la huelga desde Bruselas. Mientras millones, se han contabilizado hasta 6 millones, de mujeres de España salían a la calle, paraban de trabajar, gritaban y luchaban por nuestros derechos, yo estaba en una silla, en un edificio acristalado y enmoquetado en el que el discurso seguía siendo el de recalcar una y otra vez que las mujeres estamos fuera de las decisiones políticas pero sin proponer ninguna solución. Mientras las mujeres tomaban la calle yo soñaba con que un día también tomaríamos el Parlamento, todos los gobiernos del mundo. Mientras esperaba mi vuelo en el aeropuerto y contabilizaba, por cada 8 hombres de negocios en traje, solo 3 mujeres profesionales, imaginaba el día en el que no tendría que contar nunca más a las que estamos en una sala de reuniones porque la paridad no necesita de estadísticas.

Cuando el conductor del autobús del aeropuerto me dijo que solo íbamos a ir hasta Plaça Espanya porque la Gran Vía estaba tomada por una marea de mujeres, mi garganta se convirtió en un nudo. Lo habíamos conseguido. Ayer gritamos, desbordamos las calles y alzamos el puño. Cantamos y reímos. No nos conocíamos pero aún así nos queríamos.

Hoy nos he visto contentas. Nos he visto decididas. Nos he sentido valientes. Lo de ayer fue una victoria feminista y habría que decirlo más.

Feminista.

Feminista.

Feminista.

Ayer unos chicos que a duras penas alcanzarían la mayoría de edad, volvieron a gritarme cosas cuando pasé por su lado. Intentaron decirme alguna guarrada. Pero sus frases se las acabó tragando la ciudad constatando el ridículo, lo fuera de lugar que ahora están. Y mientras yo arrastraba la maleta hasta mi piso, porque vosotras habíais cortado una de las vía principales de Barcelona, me crucé con algunas y os vi sonreír, os vi emocionadas, con pintura de guerra en la cara y con pancartas. Y yo sentí que sí, que hay esperanza. Que ni los partidos ni los sindicatos se atrevan a colgarse medallas. Esta victoria es solo nuestra.

Ayer sentí que nunca más volvería a tener miedo, porque nunca más estaré sola. Me acompañan, al menos, 6 millones.

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