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Cómo las ciudades se tragan las muertes solitarias en la vejez

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Getty
 

En 2050, España acogerá a la población más envejecida por detrás de Japón. Empieza a haber nietos y nietas que 'adoptan' abuelos: visitan a ancianos de una generación con quienes no comparten sangre.

astrid otal

10 Marzo 2018 06:00

Veo una anciana distraída que come sola en un bar. O un señor con la ropa del revés en el metro. Una mujer entrada en edad, con el colorete aplicado de más en sus pómulos, siempre da de comer a las palomas debajo de mi piso. No sé sus nombres.

Me pasa en Barcelona que el trasiego de gente joven oculta a los mayores. Las grandes urbes parece que se tragan su existencia. Pero en medio del bullicio, comienza a darse en las ciudades un fenómeno cada vez más común: las muertes solitarias. No existen registros, solo que los forenses avisan que van a más. Más ancianas que se hallan a los días —o meses— en el suelo de la cocina. En el baño porque resbalaron. En el comedor con la tele encendida tras un ataque. A veces nadie nota su ausencia hasta que los vecinos perciben un olor.

En España, la población envejece a pasos agigantados. En 2050, la ONU calcula que el país albergará la sociedad más envejecida del mundo por detrás de Japón. Un 41,9% de personas tendrá más de 60 años. La vejez, por la mayor esperanza de vida, afectará más a las mujeres. Detrás de las muertes solitarias, un accidente o la desatención. Pero sobre todo, dicen, la soledad tan bruta y cruel como la que se puede sentir, de igual manera, en las habitaciones de las residencias.

"El ritmo de vida actual no acompaña a asistir a las ciudadanos mayores", cuenta María Suller, psicóloga en la residencia Refugio de Obreras, cerca de la plaza Lesseps. Con una vida acelerada dentro de un sistema que late por producir, un creciente individualismo en las comunidades y menos nacimientos, salen arrugas y nos olvidamos de los que caminan más despacio. Salvo las que están adoptando abuelas a través de una fundación: Adopta un abuelo. Empieza a haber nietos y nietas que visitan a ancianos de una generación con quienes no comparten sangre.

La idea comenzó hace cuatro años. En una partida de cartas el día de Reyes, en la residencia de Ciudad Real, Bernardo —un octogenario sin descendencia que había enviudado— soltó un anhelo: ojalá tuviera un nieto. Entonces Alberto Cabanes, un joven que visitaba a su abuelo Clemente, pasó a adoptar a Bernardo. Extendió la labor a más ciudades: Madrid, Santander, Logroño, Valencia entre otras 15 provincias. Desde hace apenas unos meses, Barcelona. Por eso en el Refugio de Obreras saltan chispas.

I. Cuadernos y cervezas

Matilde tiene 91 años y transmite la sensación de que hubiera querido vivir tres pasos por delante de su época. Conoció a su marido tarde, en una verbena de San Juan, y se casó a los 40 años. Los dos vivieron un piso en el barrio de Vallcarca, una zona que se fue degradando con solares y edificios en mal estado y que ahora el ayuntamiento de Barcelona quiere reorganizar con espacios verdes, viviendas sociales y huertos.

Estuvo casada 25 años, los mismos en los que tuvo una peluquería en casa tras dejar su empleo de secretaria de dirección por una enfermedad. Llevaba en ese puesto dos décadas. Se ha pasado la mayor parte de su vida trabajando y contenta, porque muchas no podían.

Su esposo, Luís, con quien reconoce que no fue muy feliz porque tenían caracteres muy distintos, falleció y ella fue viendo pasar los años. No tuvieron ningún hijo. Solo una vez se quedó embarazada pero un día, en la bañera, derramó sangre y dejó de estarlo.

"Sucedió, no se puede hacer nada. Tampoco he sido de esas personas que se obsesionan con que deben tener un hijo sí o sí. Yo he vivido la vida tal como me ha venido", dice con la cabeza muy lúcida y un cuerpo más cansado.

Matilde, 91 años, en la residencia Refugio de Obreras

Hace cinco años decidió vender su domicilio e irse a una residencia. Por las mañanas la cuidaba una mujer, que además vivía en el mismo edificio, y a la que daba a probar su fricandó. Receta catalana. La clave es un buen sofrito, dice. Al echarse la noche y quedarse sola, empezó a coger miedo. Miedo a caerse y no poder levantarse. Miedo a los golpes. Miedo a cualquier cosa.

Desde el pasado mes de diciembre, a la residencia, la va a ver Joana, una joven de 30 años. Matilde se apunta a todas las actividades: pinta, hace gimnasia y canta canciones de Machín, sobre todo. "Pero aquí -lamenta- estamos siempre las viejas". Joana le trae frescura y la saca a tomar chocolate con churros y de vez en cuando cervezas, sin alcohol.

Joana le cuenta cosas de Filipinas o Tailandia, Matilde que hizo un viaje de 17 días a Italia y que le gusta mucho París. Que hubiera viajado más. Que se hubiera divorciado si no hubiera estado mal considerado. Que ha aprendido la palabra feeling. Que la primera vez que se disfrazó para un carnaval fue este año. Que pinta con lápices de madera cuadernos que almacena y que se le da muy bien. Aprendió durante diez años en la escuela Massana las técnicas y eso lo recuerda con mucha felicidad.

II. Encerrarse en su mundo

"Que está lloviendo, ¿por qué vamos?". Refunfuña. Se queja. Núria, con el pelo blanco y los ojos claros, camina encorvada. El genio intacto. Le operaron del corazón hace cinco años y supuso un punto de inflexión. Antes salía y se iba adonde le daba la gana. Siempre ha sido muy libre. "Yo tuve muchos novios y ninguno a la vez", dirá más tarde.

Pero de ir a todas partes, con su paso bien largo, empezó a agotarse con nada y no poder salir de la residencia sin ayuda. Entonces se fue encerrando en su mundo. Y sin visitas y con parientas fuera de la ciudad, incluso las almas más independientes se resquebrajan.

Nietas tiene dos, desde hace unos meses. Cristina y Esther, de 26 años. La han metido en el coche y la llevan a la iglesia de Santa Anna, a escasos pasos de su antigua casa en la calle Molas, en el corazón de Barcelona.

Al bajar del vehículo, en su barrio, ve que tantas cosas han cambiado. El restaurante Santa Anna remodelado, los comercios reconvertidos, un portal lo han pintado. Ni el cura es el mismo. Cuántas cosas va a poder contar luego. A pesar de la lluvia, a pesar de que ella no quería salir. Al sentarse en el banco de iglesia, les susurra que gracias.

Cristina (a la izquierda) y Esther (a la derecha) junto a su abuela adoptada Núria

Cristina viene de Burgos y Esther de Alicante. Llevan en Barcelona tres años. Conocen que es la soledad, aunque sea la que se pasa al poner los pies en una ciudad nueva. Esos meses sin nadie con quien soportar los reveses al lado, gritarle que estás harta o decirle que hoy todo fue bien. Y nada se compara a la soledad crónica que bate a los arrastran décadas.

Se apuntaron como voluntarias por empatía y porque creen que nadie merece estar solo a esa edad. A Esther, que su abuela necesitó cuidados en una residencia, le hubiera gustado que además de ellos hubiera tenido a alguien más. Con Núria se ponen al ordenardor. A ella le fascina la pantalla y escribir nombres con el tecleado. O hacer el horario de la residencia: lunes, baile; miércoles, lectura; viernes, bingo. Se cuentan sus cosas, se enseñan.

El programa se extiende tanto a los que carecen de parientes como a los que sí pero viven en otras ciudades, lejos. De momento, solo está implementado en residencias. En las casas todavía no debido a que no pueden garantizar supervisión.

"Ahora estamos probando que pueda ser una actividad extraescolar en los institutos. En vez de solo fútbol o baloncesto, que puedan pasar un rato con abuelos", comenta el fundador Alberto Cabanes.

Los datos de quiénes participan aplastan. El 87% de los 500 voluntarios en activo -para 250 mayores- son mujeres. Demasiados asuntos que trabajar en la sociedad cuando se demuestra, una vez más, que cuidar da vida.

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