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Chulería, sexo y comilonas: de fiesta con los ejecutivos del MWC

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Anna Pacheco
 

Tres días saliendo por los mismos lugares de los congresistas del Mobile World Congress… desde la perspectiva de una mujer

anna pacheco

01 Marzo 2018 14:45

I. El día

He dejado mi moto aparcada entre una fila de motos negras. Son motos gigantes, de esas que pesan y ocupan dos plazas y destilan virilidad. La mía es pequeña y está mal pintada. A las afueras del Mobile World Congress solo hay hombres y trajes. Salta la alarma antirrobo de una de esas motos —son de esas motos tan sensibles que se molestan solo con mirarlas—. De repente entiendo que mi presencia en la Fira tiene que ver con eso. La moto se ha dado cuenta de todo: no voy vestida de negro, ni siquiera tengo acreditación para entrar al congreso. Y, además, soy una mujer.

A las afueras del MWC se amontona gente y hace un frío absurdo. Tanto que las azafatas ni sonríen; tiritan. Los coches de cristales tintados aparcan en la puerta mientras sus chóferes esperan en el interior a que salga su congresista asignado. Alta probabilidad de que sea asiático. Así, de un vistazo: los hombres conducen y transitan de un lado a otro. Las mujeres sostienen cosas y permanecen quietas. Es la imagen habitual del MWC, a la que nos hemos acostumbrado.

"Llama la atención la imagen. Son todo grupos de hombres y en algún grupo de hombres hay alguna mujer", me explica Laia, una azafata de 22 años. Es su tercer año de azafata en el Congreso.

Afuera, la gente a la que pregunto comenta lo mismo: 80% o 90% hombres. Las cifras son a ojo, pero resultan creíbles. Las mujeres están ahí de anuncio, vestidas con propaganda. Las que están afuera se congelan de frío. Las que están dentro —suertudas— miden más de 1,70. A cambio: ellas tienen que llevar tacones. Solo se me ocurre dar ánimo a las bajitas de la puerta diciéndoles que yo también estaría en su equipo, encargada de los trabajos más anodinos: indicar a los hombres dónde está el metro y sonreír con un letrero del centro comercial “Gran Vía”, que queda a escasos metros. Estamos a 2 grados y lo más abrigado de su uniforme es una especie de parka azul.

Imagen de una de las azafatas de Expertus

"Yo quería hacer de chófer. Cobran más con las comisiones y propinas, y están calentitos", dice Laia. Todas las azafatas me cuentan lo mismo. Si eres chica, olvídate de conducir. No les dejan, no les llaman. Las agencias se encargan de cribar y tampoco dan muchas explicaciones al respecto. Eventum, una de estas agencias, ni siquiera accede a participar en el reportaje.

La diferencia salarial, además, es razonable: ella cobrará entre 180 y 200 euros (a unos 10 euros la hora). Los hombres cobran de base unos 400 euros. Esto me lo explica Jonny* (nombre ficticio). Hace cinco años que trabaja como chófer para el MWC. “Cobro unos 100 euros de base al día por 12 horas de trabajo. Luego, depende de las horas extras. Pero puedes llegar a alcanzar fácilmente los 1000 e incluso 1600 euros”. También habla de los “servicios especiales". “Yo nunca lo he tenido que hacer pero conozco muchas historias. ¡Incluso que el ejecutivo invite al chófer para ir de putas juntos!”.

Circula un mensaje de WhatsApp (como tantos otros años) con los clubs de alterne y restaurantes con los que ellos se pueden sacar un dinero extra. La mayor parte de estos clubs se concentran en la zona alta de Barcelona: en l'Esquerra de l'Eixample, Sant Gervasi y Les Corts. En la Calle Loreto es habitual desde el domingo ver aparcadas las clásicas furgonetas tintadas. Jonny me lo pasa, eliminando el nombre de la gente, dice, por respeto. Él tampoco quiere líos y sobre todo quiere seguir trabajando otro año más.

Captura de pantalla de WhatsApp

Hace frío y decido encerrarme un rato en el centro comercial. Emilio Calvet, comercial de una pequeña empresa de L'Hospitalet llamada Webbits.es, me explica que su presencia también es rara. El congreso apenas fomenta la presencia de compañías locales y cada vez es más elitista.

“Aquí pocos vienen a trabajar. Aquí se viene a pasear. Todo esto es un cachondeo, vienen a pasar una semanita chupiguay en Barcelona". Con los años, se han ido eliminando curiosos —el pase sencillo ronda los 800 euros, no hay nadie que pueda pagarse eso a menos que le inviten—. Antes, era más fácil colarse con el pase de otro. Ahora te piden el DNI. Él y yo sabemos que difícilmente me puedo hacer pasar por Emilio. Me ha dicho que si no fuera por eso, me lo daría. "Tampoco es para tanto, no te pierdes nada. Seguro que es más interesante lo que te cuentan fuera", dice como despedida.

Durante los días de la feria (de esta y de todas) se incrementa la demanda de trabajadoras sexualesllegan trabajadoras de diferentes partes de Europa solo para la ocasión y se llenan los restaurantes con estrella Michelin gracias a las copiosas comilonas. Una dependienta de Swarovski de Gran Vía me asegura que también duplican sus beneficios por estas fechas, por eso modifican el escaparate con los superventas (colgantes y pendientes). Pueden llegar a facturar más de 3.000 euros al día. "Pero siempre compran más en el centro. Esto, al fin y al cabo, es un centro comercial periférico". El perfil de comprador no falla. Hombre ejecutivo. Dependienta y encargada se miran de reojo y dice una a la otra: "Sara, ya sabes, que así luego en casa se sienten menos mal".

II. La noche

Todos los hombres a los que pregunto parecen muy ocupados por la mañana. Dos de ellos me han dicho que aquí se viene a trabajar y que no saben nada de ningún afterwork. "¿Fiesta? Yo no lo llamaría fiesta", me dice otro. Son reuniones, eventos, cenas de trabajo. Sirven para hacer contactos, me explica. Sirven para saltar de empresa. Sirven para el colegueo y estrechar manos. Sirven para volver el año que viene. Sirven para seguir siendo hombres importantes. Ahí pasan las cosas serias, no en tu casa en pijama, ni en las reuniones de las 11 de la mañana. Entonces me acuerdo de una conversación que tuve esa misma tarde con Mónica, una mujer de 40 y pico años, ejecutiva ¡Por fin hablo con una congresista! Iba acompañada de un compañero. “Mira, es el cuarto año que vengo y este es el primero que voy a ir a una cena, pero me da hasta pereza porque yo nunca voy a estas cosas. Yo a las ocho siempre me voy porque me esperan en casa”. La familia. No he hablado ni diez minutos con ella y es la primera persona que ha sacado el tema de los cuidados.

Hombres en el Mobile World Congress

Cerveza o vino. A las 22h de la noche el Bar Coconut en la Vila Olímpica está abarrotado. Hay un hombre un poco escandalizado por la pésima calidad de su vino. ¿En serio te ha gustado? Me pregunta señalando mi copa. Yo estoy sola. Seriously? Luego, me mira con una sonrisita. Este tipo, luego descubro que es suizo, ha decidido que la mejor manera de entablar conversación con una desconocida es cuestionando su criterio. La noche promete. Junto con la camarera, soy yo la única chica. Estoy en un bar lleno de hombres con traje y jerséis de cuello alto. Estoy al lado Casino de Barcelona, pero podría estar en un episodio de Mad Men. Al cabo de dos horas, llega un grupo, este sí mixto, con dos mujeres. Otro del grupo de los suizos me explica que el próximo fin de semana se irá a hacer snow. ¿A ti te gusta esquiar? Aprovecha para enseñarme un vídeo de él mismo en la nieve desde su smartphone. No sé qué significa este momento. Me explican que ellos trabajan en Swisscom —el equivalente a la Telefónica suiza—. Les pregunto si no les parece extraña la estampa del bar. “A mí, como hombre, me parece un poco embarazoso estar aquí. En nuestro país pasa igual”, dice uno, mientras mira la sala. Se acaba de dar cuenta que se parece a todos los hombres del bar. “Hay mujeres que trabajan con nosotros en la compañía, pero a los eventos sí que nos envían más a nosotros. Tienes razón”, reflexiona otro en voz alta.

Sigue llegando gente al bar y el primer día del Mobile World Congress, discotecas como Shoko, Opium y Pacha se preparan para recibir a los ejecutivos. Los privados están llenos, pero la sala está medio vacía. La proporción sigue abrumándome un poco. Es la 1 de la mañana y estoy en Shoko. Hombres vestidos de oscuro (los hay que, incluso, se han dejado la acreditación puesta) y un grupo de guiris veinteañeras bailando en medio de la pista. Siento que de alguna forma el espacio central aquí nos pertenece, aunque seguimos estando en minoría. Ellos miran, sobre todo; ellas bailan y no les hacen ni caso. Todos son mayores y tienen pinta de conversaciones aburridisimas sobre asuntos del business y tarjetas de por medio. En la noche me intentan invitar a todo —cerveza, chupitos, cubatas— y hasta me insisten para comer al día siguiente en el restaurante del hotel W. ¿Alguna vez has estado ahí? Te gustaría. Ahí están los que no se han enterado de la fiesta privada de inauguración en Sutton. Solo con invitación previa. Lo he intentado hace unas horas, pero no me han dejado pasar. Declino decidida la oferta del Hotel W, una vez más, y me largo del lugar. Te acompaño a casa. Te acompaño a la puerta. Te vas a arrepentir. Sí, ya.

Cartera con tickets

El miércoles vuelvo y la cosa está más animada. El Congreso se acaba este jueves y algunos congresistas ya no piensan volver. Hay otros que llevan borrachos toda la semana. El dueño del bar The Room me habla de un ingeniero americano al que, incluso, le ha dado tiempo de crearse una rutina. Llega cada día a eso de las 8. Bebé mucho. Bebe más. Habla con gente. Deja importantes propinas y se sube a la habitación con una botella de vino blanco y un agua en una bolsita del supermercado. Así estaba ayer. Acabándose un cocktail y con la bolsa preparada. Tarda dos minutos desde que aparezco y se arranca a hablar de refinería y Somalia. ¿Te suena la palabra Egipto? Creo que, en el fondo, quiere pensar que tengo 13 años. "¿Ves que soy negro? Pero mis rasgos son occidentales, no africanos. Fíjate en mi naríz. Es como la tuya. Si fuera de color blanco, podría ser tu padre". Creo que se acaba de dar asco a sí mismo y acierta que lo mejor es irse a su hotel, tambaleándose, con su bolsita.

Detrás de mí un corrillo de cuatro hombres ingleses de una empresa especializada en mensajería para empresas pide una ronda de chupitos. "¿Qué? ¿Paga la empresa?", pregunto. Me dicen que claro, que eso siempre, que el MWC es mejor que un todo incluido. El jefe me enseña la billetera, llena de tickets de estos días. Todo, todo; aquí está todo. Están todos rojos de la borrachera. Y ahora para Opium. Hoy es el último día y no hay límites, que hemos trabajado mucho, dice el jefe. ¿Ah sí? Se ríen todos, dándose golpes en los brazos.

Me invitan a la discoteca y me dicen que me la pagan —ya me he dado cuenta estos días que aquí funcionan bastante a golpe de billetera—. Rechazo. Rechazo otra vez. Ellos mismos se contestan que ellos tampoco saldrían de fiesta con hombres tan viejos. Tú eres joven y yo tengo 45 años. Uno le reta a otro colega para que me enseñe la foto de sus hijas, Eva y Lola. Las tiene de fondo de pantalla. Ese otro no quiere. Hace como que la tapa. Cada vez más rojos y cada vez más borrachos, se despiden dejándome unas monedas en la barra para invitarme a la copa en un ejercicio grotesco de caridad y ligoteo.. Pienso que ninguno de estos hombres, ni ninguno de los anteriores, se ha mostrado, en realidad, muy interesado en lo que hago. Mentirles ha sido ridículamente fácil mientras ellos no dejaban de repetirme qué hacen y lo que tienen. Las pocas relaciones que entablan estos días con mujeres son así, para su uso y disfrute, para el baile y la fiesta. Cultura de empresa. Se alejan farfullando cosas ininteligibles y el más mayor casi se estampa contra la puerta.

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