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Palabra de Ritvo, o cómo la poesía sí pudo reírse del cáncer

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Muere el poeta Max Ritvo a los 25 años, autor de los versos del libro Four Reincarnations, en el que narra con humor y dureza su batalla contra un sarcoma de Ewing

Andrea Bescós

29 Agosto 2016 16:33

I

"My genes are in mice, and not in the banal way

that Man's old genes are in the Beasts.

My doctors split my tumors up and

scattered theminto the bones of

twelve mice. We give

the mice poisons I might,

in the future, want for myself.

We watch each mouse like a crystal ball.

I wish it was perfect, but sometimes

the death we see doesn't happen

when we try it again in my body."


Max Ritvo escribió esa oda a su camada. Y cuando decimos camada no hablamos de hijos, sino de roedores. De tumores que los médicos dispersaban en los huesos de doce ratones de laboratorio con la palabra experimento tatuada en su tripa, viendo a "cada ratón como una bola de cristal" en la que el propio Ritvo podía leer una página de su futuro cercano.

Hace diez años que el cáncer nació en su primer flanco. Y hoy, hace apenas unos días, que murió con él.

Max Ritvo tenía 25 años y mucha más poesía que enfermedad en su interior. Porque quizá él no lo sabía, pero ahora todos nosotros sí podremos: es por Ritvo que pronto podrá hablarse de una poesía irónica y teñida de humor ante la negrura de la enfermedad y de la muerte. Porque reírse de algo horrible no es un insulto. Simplemente ilumina un lado distinto de esa situación que ya estaba ahí. No es una desviación, sino que la hace más profunda, más real. Y Ritvo lo tenía muy claro.

Es esta mirada puesta a lo largo de sus versos la que nos llegará con Four Reincarnations, un poemario que verá la luz el próximo otoño. Un libro que será espejo del propio Ritvo, desde que era un niño que trataba de encajar su primera pieza del puzzle o probó el sabor de la nieve por primera vez. Porque es de sus versos punzantes teñidos de humor y ternura, desde donde rezumará la idea de la vida como descubrimiento a través del juego.


II

"I will live in your small ecstatic brain

and take your life,

and you can take mine

and we won't give our lives to cancer,

but to each other."


Sus poemas se viste de títulos como Poem to My Dog, Monday, On Night I Accidentally Ate Meat, que lo acercan a la cima de grandes tituladores de la talla de Richard Brautigan.

Verso tras verso, se nos vislumbran retazos de su autobiografía, como aquel episodio en el que después de fumar hierba comió un plato que pensaba que era vegetariano y resultó ser carne de cordero. Fue así que Ritvo pensó en la carne de su perro en el interior de su boca, y la visión se sumó a los leit motivs visibles en su poemario, en el que encuentra un rincón para hablar sobre vegetarianismo, calentamiento global, rituales, misticismo, películas y canciones, deseos y miedos alrededor de su vida. Y de su muerte.


III

"I come from a place where the water's emptiness

is so savage that

when you drink it

the fish of the throat die,

causing malignant thirst."


Sin embargo, la tensión también nada a crol entre un sublime idealizado fruto de su ideal budista Zen y una mente que está profundamente asentada en un estado de perpetua autocrítica. Hablamos de la historia de un ser humano intentando digerir un cáncer terminal. Y el día que Ritvo comprendió quién era él como ser humano a través de sus poemas, éstos crecieron inmensamente. Porque, a fin de cuentas, fueron sus poemas, enérgicos, ambiciosos, irónicos, apasionados y divertidos los que vivieron la vida para él.

Cuando William Butler Yeats hablaba acerca de ser un alma bella ("Sick with desire / And Fastened to a dying animal"), Ritvo leería en él su alma enferma llena de deseo e inundada por un sarcoma de Ewing, diagnosticado cuando él tenía solo 16 años.

Este cáncer poco común y que afecta a los huesos y tejidos blandos de niños y jóvenes no le impidió asistir a la Universidad de Yale, donde también encontró espacio para asistir a un taller de comedia de improvisación, algo que acabaría filtrándose en su escritura.


Queenmobs


Cuentan que Ritvo no paró de escribir hasta pocas horas antes de su muerte. Un lunes, su madre y su mujer escucharon: "No puedo escribir más, no puedo hablar, no puedo respirar... No soy yo... Tenéis que estar bien con mi partida". El martes murió.

Ritvo hubiera querido que todo tuviera otro color, pero a veces la muerte que veía, como versaba, no sucedía. Y así nacía otra batalla con y contra su cuerpo. Es así que Ritvo, hasta el último momento, agarró con fuerza el humor y se río sonoramente de sus células blancas. De todo aquello que había venido a destruir su cuerpo.

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