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Artículo Llega el Sci-fi food: así son las impresoras 3D con tinta comestible Now

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Llega el Sci-fi food: así son las impresoras 3D con tinta comestible

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Hablamos con algunos de los protagonistas que están haciendo posible el nuevo mundo de la comida 3D.

Marc Casanovas

13 Mayo 2014 10:32

Ya están aquí las tres dimensiones cargadas de proteínas y carbohidratos para dar forma a la comida avanzada del futuro. Es el nuevo juguete de la NASA, pero pronto será el nuevo electrodoméstico de las familias de medio mundo. El Sci-fi food empieza a dejar en un chiste barato a los mundos distópicos de la ciencia ficción de los 60. Si la ciencia avanza a pasos agigantados, la gastronomía tiene el deber de intentar sacar partido mientras no afecte a la calidad de los alimentos.

Milliways es el nombre del restaurante del fin del mundo. Está construido en una burbuja contra el tiempo justo en los últimos minutos de vida de la humanidad, y da a sus clientes la oportunidad de ver una y otra vez la destrucción del universo. Tal es el restaurante que imagina Douglas Adams en el libro El restaurante del fin del universo, donde la parte hilarante de la ciencia ficción supera con creces a la parte de la ciencia como tal.

Imaginen por un momento a un astronauta que vuelve a su nave espacial después de largas horas flotando en el silencio del espacio exterior. Pasados los tediosos minutos de despresurización y a cobijo de las radiaciones solares, el astronauta nota un nudo en el estómago con la ingravidez. Está hambriento. En la cocina color blanco nuclear activa la impresora 3D para poder disfrutar de su plato impreso capa por capa.

Ahora dejen de imaginar, pues ya hace un año que la NASA firmó un contrato de 125.000 dólares con la firma Systems & Materials Research para desarrollar una impresora de comida en 3D: se acabó la comida deshidratada que con el tiempo pierde gran parte de sus nutrientes en el espacio. Nada de pastillas mágicas que equivalen a una ración de chuletón con patatas. Las misiones espaciales dispondrán de alimentos tridimensionales para una nueva dieta con vistas a supernovas luminosas. Y no es ciencia ficción; es ciencia pura y dura.

A la velocidad de la luz, las empresas tecnológicas han olido un más que probable negocio millonario. El mercado empieza a ofrecer marcas de impresoras 3D para comida y se pueden diferenciar dos grandes grupos. Las que solo imprimen comida monocromática y las de mayor volumen capaces de imprimir objetos comestibles de varios colores. Los precios del mercado oscilarán entre los 1.000 y 3.000€ las del primer grupo y 6.000€ las del segundo. Los primeros clientes serán restaurantes, panaderías y pastelerías (el sector más involucrado hasta la fecha), pero el uso doméstico está a la vuelta de la esquina.

Foodini

La impresora 3D de la empresa tecnológica Natural Machines con sede en Barcelona tiene nombre propio: Foodini. “Queremos posicionar la impresora como electrodoméstico para acercarla al gran público porque puede sustituir al horno y al microondas”, nos cuenta Emilio Sepúlveda, cofundador de la start-up catalana. Catorce trabajadores con diferentes perfiles profesionales trabajan a destajo para dar los últimos retoques a la impresora que saldrá al mercado a finales de este año por unos 1.000 euros. En el estudio/laboratorio huele a fresa con azúcar. Imprimen macarons de fresa (galleta tradicional francesa) por encargo de una empresa china. “Hay que patentar toda la tecnología propia. Todas las patentes se hacen en Estados Unidos; en España está todo muy verde. Las recetas de cocina no se pueden patentar, lo que se patenta son los diseños. Si quiero hacer un macaron de fresa no se puede controlar ni prohibir. Estamos trabajando con algunas marcas privadas que quieren vender sus productos impresos en 3D. No sabemos si tardará 3, 4, 5 o 10 años, pero llegará a nuestras cocinas”.

Aquí no hay tóner, botones ni bandejas de papel. Los diseños se crean con un proceso similar al que se utiliza en otras impresoras 3D para piezas industriales. “Todo funciona con un display táctil para seleccionar diseños ya preconcebidos, crear tus diseños y compartir con otros usuarios”, nos dice Emilio. En primer lugar, se requiere un escáner 3D para poder leer la forma de algunos alimentos para una óptima reproducción. A partir del patrón predeterminado en el panel de control, la impresora se sirve de cinco cápsulas que aceptan alimentos no sólidos. Para moldear la comida se necesitan temperaturas elevadas y se precisa que los ingredientes puedan entrar en la cápsula en grupos y no uno a uno. Los primeros modelos funcionan muy bien con chocolate, masas para bizcocho, pasta italiana, quesos y hasta con carne para hacer hamburguesas. “No hace ruido y es muy eficiente en gasto de energía. Además, no se pierden propiedades de los ingredientes en el trato de los alimentos que sólo tocan la cápsula, cosa que minimiza la limpieza”.

El primer gran chef en 3D

Paco Morales se ha volcado con todos sus sentidos en el nuevo mundo de las impresoras 3D de comida colaborando con el Instituto de arquitectura Avanzada de Catalunya y el Green Geometries Laboratory. El joven califa cordobés de la alta cocina española lo tiene muy claro y apuesta fuerte con las tres dimensiones como factor diferencial: “Toda tecnología que se pueda aplicar buscando caminos inéditos me interesa sin renunciar jamás al sabor”. Habla de su taller de cocina con devoción: “Me gusta indagar en otras disciplinas y colaborar con artistas o arquitectos no relacionados con mi oficio que pueden aportar mucho a mi taller cocina”. Está todo en una fase inicial con aplicaciones pensadas más como un soporte del plato que como el plato en si:

Tengo claro lo que hacemos con las impresoras hoy y ahora, pero no cómo puede ayudar en mi cocina. De momento me permite construir moldes a menor coste para hacer vajillas. El tema comida esta muy embrionario a día de hoy. Estamos inmersos en un día a día complicado que no me permite estar pendiente de lo que hacen otros chefs. Algunos se han puesto en contacto con nosotros para ver si realmente funciona. Estamos trabajando con Paco Torreblanca con unos moldes imposibles. No sabemos muy bien hasta donde se puede llegar. No puedo avanzar nada, pero la verdad es que va a ser algo muy potente”.

Los primeros test han sido más que satisfactorios: “Funciona muy bien con los alimentos más grasos. Hemos impreso unos noodles de queso que me apasionan y que darán mucho que hablar”. Lo que tiene muy claro es que no es una moda pasajera: “Convivirá junto con otras tecnologías para ayudar en el día a día de la cocina”. Tampoco descarta las gafas 3D del cine: “Puede ser útil en algún plato. Lo que jamás puede sustituir es el placer de comer, ¡eso es innegociable!

Tecnología con mucho gusto

"Las empresas publicarán en sus páginas web los productos en formato archivo de diseño 3D y cada consumidor se los bajará a través de la web para fabricarlos en casa"

Matoses (@Matoses), reconocido periodista gastronómico, visita unos 400 restaurantes de todo el mundo cada año y es un buen observador neutral sobre el terreno: “No creo que sea una moda pasajera. En el primer ciclo de vida de las técnicas novedosas parece válido el medio como fin con el objetivo del efecto "wow". Pero creo que después de sobreutilizarlas encuentran su lugar, generalmente más coherente e integrado. Bien empleada puede servir para descubrir una nueva forma de acercarse al producto, de inspirar ecosistemas, formas, texturas y sabores. Sobre la implantación en el entorno doméstico tiene más dudas: Dependerá de los usos convencionales/diarios que se le encuentren. También el esfuerzo en tiempo y dinero que suponga para el usuario del hogar. Pero creo que puede tener recorrido; dependerá del talento de los cocineros en sacarle partido para aplicarlo a sus recetas”.

Lo verdaderamente trascendente es que las impresoras 3D de comida pueden cambiar la manera de comprar productos alimentarios. Las empresas publicarán en sus páginas web los productos en formato archivo de diseño 3D y cada consumidor se los bajará a través de la web para fabricarlos en casa. Sin ir más lejos, esta revolución bien aplicada permite “inventar” comida de la nada. Las posibilidades son infinitas y dibujan un nuevo marco de juego con nuevas normas y nuevos protagonistas. Bien aplicado, permitiría la disminución en gran medida del uso de conservantes y aditivos químicos de la industria alimentaria. Mirando mucho más lejos, se abriría una puerta para que los países del tercer mundo impriman su propia comida en formato 3D sin esperar las ayudas que nunca llegan. Horizontes lejanos y asombrosos.

Crítica al 3D comestible

Pero no todo son alabanzas y pleitesía a los logros de la ciencia y la tecnología. Para el sector más crítico, estas impresoras 3D hacen las funciones de una simple manga pastelera, pero mucho más cara. A nivel más conceptual, se dice que aleja al individuo del origen de los alimentos y que es inútil volver al producto de proximidad en contacto con la tierra con estos inventos de por medio. Según apuntan, si se instala la idea que la comida se puede producir de forma mágica sería el error más grave para las generaciones del futuro. En resumidas cuentas, las impresoras 3D de comida pueden conseguir lo que nadie ha conseguido hasta la fecha: que a nivel internacional las organizaciones ecológicas, los lobbys privados del sector alimentario y las leyes gubernamentales se agrupen en un mismo frente común aunque con diferentes motivos de fondo.

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