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Artículo "En Argentina se ha naturalizado la idea de que los crímenes sospechosos nunca tendrán una respuesta clara" Now

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"En Argentina se ha naturalizado la idea de que los crímenes sospechosos nunca tendrán una respuesta clara"

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Hablamos con la periodista Leila Guerriero sobre Santiago Maldonado, desenterrar a los fusilados por las dictaduras y las barreras que tienen las mujeres en la profesión

astrid otal

26 Octubre 2017 06:00

Fundación Mapfre

A Leila Guerriero no hay nada que le parezca tan "feroz, desopilante o hermoso" como la realidad. Es periodista galardonada y editora de la revista Gatopardo. Una vez reconoció que cada vez que se tiene que poner a escribir desea ser otra cosa, como doble de riesgo. Por suerte solo es pasajero. Nunca vence. Todavía cree que el periodismo se hace en la calle, que las prisas no siempre son buenas: que los hechos merecen ser contados dignamente. Se encuentra de viaje en España, pero su cabeza nunca se ha desligado de su país, Argentina.

Santiago Maldonado ha aparecido, muerto.

Su desaparición conmocionó mucho. Desde agosto se sucedían las marchas en Argentina con la pregunta ¿Dónde está Santiago Maldonado? Era un artesano de 28 años. Mochilero, de esos viajantes un poco nómadas y con fuertes convicciones sociales. Encontraron el cuerpo en el río Chubut la semana pasada, cerca del camino que la comunidad mapuche bloqueaba. Pedían que se liberara a uno de sus líderes, que sigue detenido. [La comunidad lucha contra la compañía multinacional Benetton que se adueñó de sus tierras].

¿Qué pasó?

Recaían sospechas sobre la Gendarmería nacional, la fuerza de seguridad que se mandó en agosto para desalojar. Por lo que se puede ver en vídeos y audios grabados por los que estuvieron, la Gendarmería se excedió. Hubo enfrentamientos y balazos. El gobierno tardó diez días en empezar a investigar y el primer juez de la causa fue reemplazado. Se hizo mal. La autopsia revela que se ahogó. Santiago no sabía nadar. Me pregunto qué cosa tan aterradora pasaba para que alguien que no sabe nadar se lance al río.

¿Son comunes crímenes con trasfondo político que no se aclaran?

Lamentablemente, sí. En Argentina se ha naturalizado una cosa horrible entre la gente: la idea de que en los crímenes sospechosos nunca tendremos una respuesta clara. Lo que tranquilizaba a los ciudadanos es que en la identificación del cuerpo de Santiago Maldonado estuviera el Equipo de Antropología Forense del país.

El equipo que saltó a la plana de los medios cuando desenterró a famosos como el Che Guevara.

Al grupo le da igual que sea el Che o Juan Pérez. Todos los restos les merecen la misma dignidad. Sus inicios los tienen bien presentes y marcados. Sale la Argentina de la dictadura, en diciembre del 1983, y aparece a los pocos meses por ahí Clyde Snow, un forense americano brillante, con sombrero de Texas, que bebía y fumaba empedernidamente. Se topa con lo que eran unos jóvenes estudiantes que no habían acabado ni la carrera, que lo único que habían exhumado hasta entonces eran animales, y les propone comenzar a desenterrar los restos de las víctimas asesinadas. Con todo el peligro que suponía.

Se involucraron, aunque soñaran con esqueletos.

El país venía de una historia fuerte de golpes de Estado. No se sabía lo que podía pasar y exhumaban a jóvenes de su misma edad. Les impresionaba la ropa, tan parecida a la que vestían ellos.

¿No se decía en Argentina eso de "mejor no abrir heridas del pasado"?

No. Apenas terminó la dictadura y comenzó la democracia empezaron los juicios a las Juntas. Lo de esconder las cosas bajo la alfombra a la larga estalla. Me cuesta comprender que no se revise el pasado, como en España. Es como si una pareja dijera: "no vamos a discutir sobre lo que pasó, miremos hacia adelante". Se tiene que construir aprendiendo de los errores.

Tu crónica 'El rastro en los huesos' recibió el Premio Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Haces un trabajo que muchos vemos imposible. Punto uno: sales a la calle.

Yo salí a la calle en mis inicios por tozudez y por las mías. Hago entrevistas por teléfono, porque imposible visitar a todas las personas en un reportaje. Pero solo llamadas -donde no observas, ni sigues, ni aprecias en situación al otro- no bastan siempre. Las crónicas más que el arte de hacer preguntas es el arte de mirar y por teléfono obviamente no se puede. No ves nada.

No todo es rapidez. Los artículos urgentes se hacen en paralelo. Pero cuando demuestras el valor de tu trabajo, lo que implica una sobreexigencia, se debe de poder decir: necesito dos semanas más para este artículo. Dame tiempo que habrá algo diferente y calidad.

Ves historias que otros se quedan en breves. Le diste profundidad hasta al caso de la mujer que asesinó a tres amigas con cianuro, el de Tres tristes tazas de té.

Ese tema lo propuse a la revista Paula y la editora, una buena amiga, me preguntó: ¿pero ella va a confesar que envenenó a las amigas? Yo le dije que claramente no, porque los presos suelen negar. Me contestó que entonces no interesaba. Lo sugerí a Gatopardo y ellos me dijeron que adelante. Pero si me hubieran dicho que no, lo hubiera hecho de todos modos.

¿Se puede funcionar así, sin respaldo?

No siempre. Tiene que haber algo de prepotencia en el trabajo y mantener una confianza inmensa en lo que crees. Por ejemplo fui a hacer un reportaje sobre una competición de folklore. Una vez allí me di cuenta de que tenía que seguir a una persona durante un año para ver cómo se preparaba hasta la siguiente edición. Esa persona ganó y yo me di cuenta que todavía tenía que seguirlo durante otro año más hasta que entregara su copa al siguiente. Quería saber cómo iba a ser su vida y la historia me fascinaba. Al final salió un libro, Una historia sencilla. No puedes pegarte tres años en una revista. Pero es una mezcla entre los trabajos que te permiten sobrevivir y estas otras apuestas.

Eres editora, ¿qué echas en falta en los medios?

Casi te respondería mejor como lectora. El otro día en El País leí una nota estupenda de Alessandro Baricco. Había ido a ver a Federer al campeonato de Wimbledon. A mí no me interesa nada el tenis, pero su artículo no te obligaba a ser un fanático de ese deporte. Qué majestuosamente expresado estaba. Echo en falta más que temas, miradas. Como sobre las clases altas, apenas se tratan de otra forma que no sea complaciente. Solo salen en Hola!, que más periodismo es la house organ de la realeza.

Hubo una polémica aquí en España. En un congreso, solo se invitó como ponentes a hombres columnistas. No debían saber que también escriben mujeres. ¿Cambia algo si en vez de España decimos Argentina?

Cuando yo entré a trabajar en el diario La nación, en 1996, me acuerdo que escuchaba que antes se levantaba la cabeza y solo se veía a una mujer. Una en toda la redacción. Cuando llegué, había más mujeres periodistas y editoras, aunque solo de secciones como Moda. Era un 'ocúpense de cosas que no lastimen'. Sigo contando con la mano los casos de mujeres al frente de un periódico.

Demasidas trabas.

En el Festival Literario Paraty en Brasil invitaron a un 30% más de mujeres que de hombres. Con toda la intención. Existe ese discurso de que el lugar se debe ocupar por méritos... bla bla, bla. Bueno, sí, por supuesto, pero ahora necesitamos actitudes políticas y empujar y exagerar hasta que ya no sea necesario. Todavía estamos lejos de ser iguales. Por el camino si no quedan muchas que jamás pueden si quiera demostrar su talento. También veo pocas mujeres sindicalistas, o que dirijan un club de fútbol o de rugby. Algún problema alberga aún la sociedad.

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Escribiste un artículo que se llama 'La soledad no tiene género'. Pero incluías un matiz.

Yo ahora vengo de dos semanas en Chile sola, pasé dos días por casa, en Buenos Aires, y vine a Europa: Madrid, Turín, Sevilla, Málaga... Volveré a casa una semana y luego a Quito, Washington... Todos esos viajes son viajes que hago sola, algo razonables porque mi pareja también tiene su trabajo. Se me parece muy extraña la idea de que venga de príncipe consorte. Pero sí veo la versión trabajador viajero que viaja acompañado por mujer. Sigue siendo mucho más habitual. Yo viajo, y lo hago con gusto. Pero veo un peso que comparto con mis compañeras que viene con el correr de los años. El hecho de caminar por una ciudad desconocida y solo tener tus ojos y no poder decirle: "pues mirá qué lindo" o "qué espantoso". Esa soledad, que de por sí no lleva inscrito un género, lo acaba teniendo.

Leíste de muy joven Madame Bovary. ¿Te aterraba ser ella?

No ella. Lo que me aterraba era el punto de la insatisfacción, que eso también produjera tremendo dolor en terceras personas. Huía como de la peste de la idea de llevar una vida que no quisiera, de no poder ser otra cosa más que ama de casa, que no es nada fácil y está bien si se elige. Pero el mensaje de si quieres, puedes no lo creo. No creo que toda la gente con frustración sea porque no se esforzó, al igual que no que todos que viven en la miseria y en la pobreza sea porque no lucharon. Cuántos factores se escapaban a nosotros, y por eso la vida asusta.




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