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El documental que acusa a China de una gran red de tráfico de órganos

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El argumento de esta película suena como un thriller fastuoso. Lo cierto es que todo está basado en hechos y testimonios reales

Juan Carlos Saloz

09 Octubre 2015 11:35

La religión Falun Gong no hace daño a nadie. No ha participado en ninguna Guerra Mundial. No ha llevado a cabo una Inquisición. No ha atentado contra miles de personas. Sin embargo, Falung Gong molesta. Defiende los Derechos Humanos y se basa, según su propia definición, en los principios de la verdad, la compasión y la tolerancia. Molesta al Partido Comunista de China y molesta a Jiang Zemin, anterior Presidente de la República Popular China.

Molesta tanto en China que, cuando Falun Gong superó a los miembros del Partido Comunista al sumar más de 70 millones de personas practicantes en todo el país, Jiang Zemin decidió catalogar a la doctrina religiosa como una secta. Así comenzó la censura. Se inició con la prohibición del acceso a páginas web que mencionaran la religión y evolucionó a través de encarcelamientos, torturas y muertes.



Sin embargo, los practicantes de Falun Gong tienen algo que, al parecer, encanta al gobierno de la República Popular China: sus órganos. Con una red de tráfico de órganos apabullante, los presos asesinados de la religión fundada por Li Hongzhi se han convertido en una gran fuente de esta "materia prima" que tanto sirve a la economía china.

Al menos esto es lo que defiende Ethan Guttman. El periodista ha basado sus últimos años en investigar el tráfico de órganos en China. Por el camino ha publicado los libros La pérdida de la Nueva China: Una historia sobre el comercio americano, el deseo y la traición; y La Masacre: Asesinatos en masa, sustracción de órganos y la solución secreta de China para el problema de los disidentes. Ahora, el escritor ha trabajado en un nuevo documental para la cadena televisiva PBS: Hard to Believe





Guttman busca explorar en el documental por qué el mundo ha hecho la vista gorda a los años en los que China ha encarcelado arbitrariamente al grupo religioso. "¿Por qué nadie se moviliza por ello?", se pregunta. Como pueden verse en las imágenes del tráiler, la brutalidad del gobierno chino con los practicantes de Falun Gong ha sido increíble.

Como método de advertencia, recientemente se hizo coincidir el estreno del documental con la visita a Seattle del Primer Ministro de China Xi Jinping. De hecho, el mismo día de dicha visita, cientos de seguidores de Falun Gong salieron a manifestarse con carteles en contra de la persecución y el robo de órganos.



La ley que prohibe Falun Gong en China y que los cataloga como una secta data de 1999. Sin embargo, hoy sigue en pie. Guttman estima que entre 500.000 y un millón de personas llegaron a encontrarse encerrados entre 2000 y 2008 por pertenecer a esta religión. 65.000 murieron.

La relación con el tráfico de órganos viene directamente dada por parte de los prisioneros. Según relata el autor del documental, en cuanto llegaban a las cárceles chinas les hacían exámenes físicos en el que probaban sus órganos internos para ver si funcionaban correctamente. Entre las diferentes pruebas existían análisis de córnea, riñones e hígado.




En 1984, China aprobó un reglamento para permitir sustraer órganos de los prisioneros ejecutados con tal de usarlos para trasplantes. En 2012, la revista médica Lancet estimaba que el 90% de los trasplantes provenían de este método. Pero mientras en 2013 se ejecutaban a 2.300 personas, se llevaban a cabo más de 10.000 operaciones de este tipo. Algo falla en los cálculos.



A las declaraciones de Guttman se suman las del abogado por los Derechos Humanos David Matas. El abogado canadiense comenzó a investigar los trasplantes chinos en 2006, y explica que vio un aumento considerable de las operaciones justo después de que comenzara la persecución a Falun Gong.

Los beneficios de este comercio eran enormes. Los hospitales cobraban 30.000 dólares por córnea, 62.000 por riñón y hasta 130.000 por hígado y corazón. Pero el rastro de ese dinero nunca se encontraba. Se sabía el número de trasplantes pero no quién los pagaba, quién los cobraba ni a qué estaban destinados.

Todos estos datos y muchos más se encuentran en  Hard to Believe. Aunque la masacre parece imposible de frenar, gracias a las investigaciones de personas como Guttman miles de personas pueden ver lo que ocurre en China.



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