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De fiesta con los demócratas que esperaban la victoria de Hillary

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Una discoteca barcelonesa alojó a 300 demócratas estadounidenses para ver el evento. Vimos con ellos las elecciones… y también hablamos con Artur Mas

Germán Aranda

09 Noviembre 2016 11:49


Vuelan desde las nueve de la noche las hamburguesas, los burritos, las patatas fritas y los gin-tónics, muchos gin-tónics, en la Sala B de Luz de Gas, discoteca de la zona alta de Barcelona cuyo nombre será relacionado por los siglos de los siglos con la superfarra del ex presidente del Barcelona Joan Laporta.

Sin embargo, esta vez los látigos de luz rosada y azul atizan otro tipo de fiesta, la de los Demócratas Abroad que siguen las elecciones repartidos por el mundo. ¿Cómo es una fiesta cuando acaba no siendo una fiesta?

Odio hacia Trump

Mientras un cámara jocoso pregunta todo el tiempo "¿quién ha marcado?", los casi 300 asistentes a la fiesta demócrata no pueden quitar los ojos del proyector con la CNN y aplauden enérgicamente los primeros estados donde gana Hillary Clinton, una vez el festival de música 'country' y cachondeo ha dejado paso a la recta final de los recuentos.

"Trump empezó como un chiste y acabó en pesadilla", dice Steven Tolliver, fundador del grupo Democrats Abroad en Barcelona hace ya quince añitos. "Además —añade—, se lo pone muy fácil a los humoristas, que tienen el músculo atrofiado".

Jonatham Lamm es otro de los invitados. Lleva ya varias copas encima y dice que más de Clinton, él es "un defensor del amor libre". Y luego: "Creo que una fiesta 'swinger' organizada por Clinton tendría más gracia que una de Trump".

"Trump —suelta el diseñador gráfico David Ryer— es un monstruo, demagogo, homófobo, racista, sexista, narcisista". David adora a Hillary porque "quiere mejorar el mundo mientras que Trump quiere mejorar él". Aunque ya son bien entradas las dos de la madrugada y en Florida, estado clave, Trump sigue con ventaja, David dice con esperanza que estará en Washington el día de la inauguración.

La pareja rota


El furor demócrata decae a medida que avanza la noche. En esas encontramos a un 'trumpista' en la sala. Jay James lleva una americana negra de terciopelo sobre un jersey de lana de cuello alto también negro, todo muy suave y misterioso, como su fija mirada azul y un aire entre Michael Douglas y David Copperfield.

Primero deja un silencio, y luego afirma con convicción:  "Sí, apoyo a Trump". Lleva cinco años en Barcelona y presume de haber hecho dinero comprando "centenares" de complejos de pisos cuando sus precios cayeron en 2009 después de la crisis.




Victor Horcasitas, presidente de la Sociedad Americana de Barcelona.



Dice que cree "absolutely" en el "american dream", pero que "con Hillary no es posible". Su defensa de Trump tampoco suena muy convencida: "Sinceramente, no me gusta ninguno de ellos, pero Hillary es una malísima candidata y yo lo que quiero es un cambio". "Yo no quiero a Trump, sólo quiero un cambio", insiste.


Yo no quiero a Trump, solo quiero un cambio



Jay discute a diario con su mujer, Mary Beth, votante no convencida de Hilary que reconoce que Trump "ha dado energía y voz a una parte de la población que se sentía olvidada", aunque también tiene claro que "es un loco". "Es un valor seguro en cuanto a entretenimiento, pero se trata de gobernar un país", añade.

La noche se enquista a partir de las tres de la madrugada en un 95% escrutado en Florida con leve ventaja para Trump. El momento parece un chicle en el que podemos quedarnos pegados durante días. Ya se han ido la mayoría de 'yanquis' y quedan unos 20. Los más borrachos duermen, lloran o se pitorrean de la situación y los más serenos cambian de tema o miran la pantalla con bostezos de sueño, miedo y decepción por adelantado.

El 'glamour del majestic'

A esas horas ya se ha acabado la fiesta organizada por el consulado en el hotel ‘Majestic’, uno de los más pijos de la ciudad y donde también se respira clarísimamente un ambiente pro-Hillary. Si uno se pregunta si Clinton es o no ‘establishment’, que se imagine este tipo de fiestas en el Centro Cívico del Carmelo.

En el Majestic, además del Consul general, nos encontramos con la delegada del gobierno español en Cataluña, María de los Llanos de Luna Tobarra, con el ‘president’ de la Generalitat de Catalunya Carles Puigdemont y su antecesor Artur Mas.

Mas confirma que, como miembro del Partit Demócrata de Catalunya, es un “compañero de partido” de Hillary y asegura con ironía que que la llamará  “cuando gane las elecciones”. Mal agüero. Más desocupado que nunca, sigue la broma: “Seguro que me da un alto cargo en la administración”. Pues tampoco.


Seguro que mda un alto cargo en la administración (Artur Mas, horas antes de los resultados electorales, sobre Hillary)



Allí nos encontramos también con Víctor Horcasitas, presidente de la Sociedad Americana de Cataluña, que se dedica a elegir a empresas pioneras en tecnología en Cataluña y darles un acelerón con 50 o 100.000 euros para que maduren en Silicon Valley.

Horcasitas es un tipo peculiar más allá del águila que luce en la parte inferior de su corbata con los colores de los Estados Unidos. Es republicano de toda la vida pero vota a Hillary. “El partido me ha dejado a mí y no al revés”. Dice también que Trump cambia de chaqueta y que en ocasiones ha defendido posturas “típicas del partido demócrata”.

Hay más gente haciendo ‘networking’ con las altas esferas catalanas que mirando a la pantalla con el audio bajo mínimos. Todo luce espléndidamente americano y feliz hasta que Trump empieza a asomar la cresta de la victoria.


Un velorio de tintes apocalípticos

Volvemos a un Luz de Gas casi vacío, con patatas mojadas por las bebidas y algunas chaquetas olvidadas en los rincones. En la puerta, un joven con barba a esas horas en las que uno ya no tiene ni nombre le da un vuelco filosófico a su preocupación por la inminente victoria de Trump. “Lo que me preocupa no es la elección, es lo que viene después. El giro cultural no sólo de un país, sino de un mundo que deja de creer en el Estado, que es la única fuerza legítima que tenemos”.

Cierra la discoteca.

El resultado final, con chocolate y churros.

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