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¿Es la oposición a Trump infantil y estéril?

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"Inestable", "incapacitado", "gordo"... Mientras el antitrumpismo continúa distraído en lo superficial, la Casa Blanca va haciendo el trabajo en la sombra

Rafa Martí

19 Enero 2018 06:00

En una lúcida columna, el veterano editor del New York Times David Brooks cargaba hace unos días contra lo que se ha convertido el antitrumpismo: una especie de juego de niños que consiste en ver quién descalifica de forma más graciosa y grotesca al presidente de Estados Unidos. Brooks añade que, durante la distracción que provoca la "Casa Blanca A", la "Casa Blanca B", aquella que no se ve ni en Twitter ni en la CNN, avanza eficazmente en sus políticas. Unas políticas que, al menos, deberían preocupar más que si Trump está calvo y usa un complicado truco con el pelo para tapar sus vergüenzas.

Desde que ha comenzado el año, el fenómeno editorial de Michael Wolff, Fire and Fury, no ha hecho más que exacerbar esta situación. El libro, que ya es el más vendido del año y sobre el que incluso se va a hacer una serie de televisión, es una entretenida revelación de los entresijos más personales de Trump. Pero posiblemente no aporte mucho más a la política estadounidense que lo que aporta Saturday Night Live: un buen rato de entretenimiento.

Aprovechando la inercia de Fire and Fury, los opositores a Trump, sobre todo en las redes y en medios de comunicación, compiten en estas primeras semanas del año en una especie deporte nacional para ver quién es más original hablando de la gordura de Trump, de sus manías, sus supuestas incapacidades y poniendo en tela de juicio su salud mental, algo que es de una bajeza e hipocresía preocupantes. Después de los chistes, en su aislamiento, se ríen entre ellos. Y luego, por ejemplo, la administración Trump les cuela un DACA.

En las últimas semanas, la "Casa Blanca B" de la que hablaba Brooks ha dado un giro negativo en las relaciones EEUU-Pakistán para el combate del terrorismo, ha cambiado la política de lucha contra el ISIS, ha despejado el camino para el fracking por parte de empresas de hibrocarburos en aguas estadounidenses, ha nombrado jueces, ha creado marcos para nuevas políticas de infraestructuras, para blindar la objeción de conciencia de los profesionales médicos que se nieguen a practicar abortos u operaciones de cambio de sexo, para la aprobación del DACA, para la construcción del muro de México y para asuntos comerciales; y ha logrado que Apple tenga que pagar 38.000 millones de dólares de impuestos en Estados Unidos. Todo esto, lo bueno y lo malo, apenas se debate o, si se debate, queda eclipsado por un alud de titulares superficiales.

La prensa opuesta a Trump sigue pasando por el aro de los premios Fake News que otorgó el presidente esta semana. Pasó también por el aro cuando Trump habló de esos "agujeros de mierda que eran Haití y El Salvador", al igual que lo ha hecho en lo que llevamos de 2018 con todas las anécdotas -falsas o verdaderas- de Wolff. Quizá lo hacen con la esperanza de que esta lapidación constante termine por quebrar la imagen del presidente, que se le haga un impeachment o que no logre la reelección. Pero es una estrategia arriesgada. A los votantes de Trump poco les importa su vocabulario, sus aficiones, infidelidades y extravagancias. Ni siquiera les importa que no cumpla sus promesas electorales, como explica este reportaje de Politico sobre una localidad obrera dedicada a la industria del acero que sigue confiando en su presidente a pesar de que su situación apenas haya cambiado.

Sea intencionada o no, la cortina de humo de Trump funciona, porque ocupa los titulares de todos los días. Aunque en la era Trump la política haya sucumbido al engagement y la réplica sea Oprah Winfrey, la política real sigue sucediendo por debajo de la ficción de los titulares, camino de los four more years.

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