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Una radiografía del lobo solitario occidental que viaja Siria e Irak para combatir al EI
09 Octubre 2015 06:00
Son profesores de instituto jubilados, estudiantes de Historia, actores, pintores de casas, parados, exconcejales, veteranos de los marines en Afganistán e Irak, pacifistas... Tienen de 19 a 66 años. Proceden de países como España, Estados Unidos, Nueva Zelanda o el Reino Unido. Podrían estar en la cola de un supermercado en Madrid o pintando una casucha de madera en Rhode Island.
Pero no. Están en cualquier trinchera del frente contra el Estado Islámico en Siria y en Irak. Algunos saben usar armas. Otros no han visto una en su vida. Lo único que comparten es que son hombres, occidentales y que quieren acabar con el daesh con sus propias manos.
En España ha sonado recientemente el caso de un exconcejal del PP de Álava.
Divorciado y asqueado de las corruptelas de su partido, Rodrigo García Sáenz de Cortázar decidió coger un Kalashnikov y unirse a los Leones de Rojava, una unidad de las milicias populares kurdas (YPG, por sus siglas en kurdo) que acoge a combatientes extranjeros al norte de Siria.

Rodrigo García Sáenz de Cortázar
Los Leones son una especie de brigadas internacionales de la Guerra Civil española, que reunían a extranjeros que querían luchar por una revolución socialista contra el fascismo que había dado un golpe de Estado en España. La milicia kurda tiene entre sus objetivos una revolución socialista y luchar por el territorio que pertenece a Kurdistán, no reconocido por la ONU.
Después de 6 meses de combates en el frente, Sáenz de Cortázar ha salido a la luz para pedir fondos y así regresar a España. Desde su aparición pública, el daesh ha puesto precio a su cabeza: 150.000 dólares. Era francotirador.
Con los Leones también combatió Paco Arcadio —como se le conoce por su nombre de guerra—, un estudiante de Historia madrileño de 21 años perteneciente a la organización española Reconstrucción Comunista. Interrumpió sus estudios para poner en práctica la lucha internacionalista y “derrotar a la bestia fascista ISIS”, como dijo en un reportaje emitido este año en Cuatro.
Arcadio explicó en una entrevista en El Mundo, ya de vuelta a España, que jamás había manejado un arma. Lo aprendió todo sobre el terreno. La primera vez que entró en combate vació un cargador de 30 balas y solo logró acabar con un burro. Al regresar a España, reconoció que había aprendido a tomar decisiones “más racionales” que cuando tenía una vida corriente.
Arcadio y Sáenz de Cortázar quizá no lucharon codo con codo, pero en las filas de los Leones combatieron dos personas que en España solo hubieran cogido un AK-47 para matarse entre ellos.
Igual que miles de soldados de la yihad con pasaporte europeo se han visto seducidos por la radicalidad, las promesas del EI, las ganas de aventura en un califato nuevo y el combate al enemigo común —los infieles—, Arcadio y Sáenz de Cortázar se han visto atraídos por lo mismo, como otras decenas (no de miles) de combatientes. Pero en el bando contrario, engrosando las filas de las milicias kurdas.

Paco Arcadio y otro compañero español en el frente
Todos los días llegan peticiones para unirse a la milicia. En la página de Facebook de los Leones aparecen con cierta frecuencia posts con las instrucciones para unirse a la lucha contra el EI. En los comentarios contestan desde veteranos de EEUU que preparan el viaje a simples simpatizantes.
Avery Harrington, de Ohio, tiene 45 años y es uno de esos veteranos de los marines de EEUU. Como cuenta a The New York Times, se unió al YPG en marzo de 2015. Por su experiencia en combate, se ha dedicado a formar a milicianos y ha manejado las armas más complicadas.
Harrington capitanea una unidad de 7 hombres, donde hay dos estadounidenses más, un neozelandés, un iraní y dos británicos. Uno de los dos británicos es Michael Enright. Es actor y apareció en la saga de Piratas del Caribe.
El punto de partida de todos ellos es el mismo: cuando visualizaron las imágenes de las brutales ejecuciones del EI pensaron que no podían quedarse de brazos cruzados. Sintieron que, igual que se paró al nazismo, tenían que parar al daesh. Viajan en vuelos comerciales hasta Irak y desde allí se unen a la milicia. Esta les da armas, munición, cama y comida. Pero nada más. Es la guerra.
Harrington cuenta que están bajo asedio constante.
Todos ellos se han unido a una cruzada que no ha sido organizada por ningún papa. Pero posiblemente tenga en común los mismos objetivos que tuvieron sus ancestros en la Edad Media: gloria, aventuras y redención personal.

El actor Michael Enright
Posiblemente, los mismos objetivos de fondo que los yihadistas europeos que están en la trinchera de enfrente a pocos kilómetros.
Si los yihadistas van a la guerra santa para conquistar su paraíso, los luchadores occidentales van a la guerra contra el EI para encontrar un sentido a sus vidas, combatir el mal, llenar el vacío, colmar fantasías de infancia o simplemente vivir una aventura. Como Kathryn Bigelow retrató en The Hurt Locker, la excitación que produce un escenario como la guerra pone al límite la condición humana, para lo bueno y para lo malo.
Kalashnikov en mano, están combatiendo el mal ante la inoperancia de sus gobiernos. También combatiéndose a ellos mismos. Puede que, al tiempo que combaten al daesh, estén construyendo el héroe que su biografía les pide y que su vida no les dejó serlo.
Mathew Van Dyke es un estadounidense de Baltimore graduado en estudios de seguridad por la Universidad de Georgetown. Preocupado por las injusticias del mundo, se fue a Libia en 2012 a trabajar como periodista freelance. Cambió la cámara por el rifle en cuanto se percató de la brutalidad del régimen de Muammar Gadafi contra su pueblo. Se unió a los rebeldes que, junto a la OTAN, tumbaron al mandatario africano.
Después de años de activismo en el contexto de la Primevera Árabe —combatió al lado de los rebeldes seculares sirios a los que ahora bombardea Rusia, según EEUU— montó una milicia cristiana para defender a las comunidades masacradas por el daesh. Su compañía se llama Sons of Liberty International (SOLI) y también opera al norte de Siria e Irak.
Se ha instituido como una empresa en EEUU y, según declaró a Mother Jones, su objetivo es “suplir las necesidades que no atienden los gobiernos”.

Los medios de comunicación han ensalzado a la categoría de héroe a estos luchadores que dan sus vidas contra el EI. Muchos de ellos abandonan todo cuanto tienen, como el caso del británico Jim Atherton, de 53 años, con dos nietos y dificultades cardiovasculares: vendió su coche, su barco y sus motos para unirse a la milicia cristiana Dwekh Nawsha, en español, “Los Sacrificadores”.
Actualmente está en Irak y, según dijo a The Sun, quería “dar ejemplo a sus nietos” y “dejar su acción en su memoria”.
Sin embargo, los islamistas también son héroes para ellos mismos. También lo han dejado todo. También quieren dejar en la memoria de los suyos que ayudaron a construir este demencial califato que ha declarado la guerra al mundo.

Jim Atherton
De un bando y de otro, los lobos solitarios, los buscavidas con Kalashnikov que se acribillan en Siria y en Irak, no son más que pequeñas piezas de un puzzle atizado por el radicalismo más irracional, que a su vez fue agitado por políticas exteriores occidentales sobre los territorios de Oriente Medio.
En la misma página de Facebook de los Leones de Rojava donde se anuncia la manera de unirse a la guerra, aparecen en la foto de portada entre laureles los rostros de Ashley Johnston, Reece Harding, Kosta Scurfield, Keith Broomfield, Kevin Jochim e Ivana Hoffman. Todos están muertos. En combate. Australianos, estadounidenses, británicos...
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