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Opinión
Circunstancias a favor y en contra del nuevo Gobierno de Pedro Sánchez
Los nombramientos, junto a no tocar los presupuestos ni retirar la aplicación del 155, dejan claro que la crisis catalana se va a resolver con la Constitución en la mano y que España estará cerquita de Bruselas y en paz con los mercados, cayendo bien; que no es Italia, vamos.
Mucho se especuló sobre lo que podía hacer o dejar de hacer Pedro Sánchez una vez entronado presidente de la noche a la mañana, sin siquiera esperarlo, a través de una moción de censura que el lunes olía a fracaso y el viernes contaba con la alineación de los planetas y del resto de fuerzas políticas suficientes como para tumbar a Mariano Rajoy.
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La verdad es que la única forma que un tipo tibio y aplastado por la política y Twitter en los años previos, que ni siquiera era diputado y al que su propio partido echó para luego volver a acoger cual hijo pródigo llegase a la Moncloa era a través de esa moción de censura. Era su venganza personal a todo lo que le habían hecho: vio la ventana de la oportunidad y se tiró por ella a ciegas sin saber qué podría pasar. Si es por un mes, nos damos con un canto en los dientes, si es un año, mejor; y, si es por dos, descorchamos cava. Sánchez apenas contaba (y cuenta) con 84 diputados y los buitres no se lo pensaron: le dieron un empujón con una mano mientras pedían la paga con la otra.
Pero a pesar de su debilidad en el Congreso y la apariencia de estar atado en el potro de Podemos y los nacionalistas, Sánchez siguió por la vía de en medio.
Hoy se ha conocido su Gobierno: los cool boys (y las girls, sobre todo) han llegado a la Moncloa, después de haberlo hecho en el Canadá de Trudeau y en la Francia macronista. Sánchez ha nombrado un gabinete mayoritariamente femenino, con rostros casi desconocidos en la política. Jóvenes y frescos, más que él. Ha nombrado a una ministra de Economía, Carmen Calviño, que fue nada menos que directora general de Presupuestos de la Comisión Europea. El sueño húmedo de los euroescépticos y de quienes subieron renegando de la troika, el "sí se puede" del viernes, se acaba de dar contra un muro. Sánchez también ha nombrado a Josep Borrell como ministro de Exteriores. Además de su cercanía a Bruselas, Borrell es el gran azote del independentismo catalán. No hay más que ver cómo estaban las cosas hoy por Sant Jaume.
Las cosas como son: los nombramientos, junto a no tocar los presupuestos ni retirar la aplicación del 155, dejan claro que la crisis catalana se va a resolver con la Constitución en la mano y que España estará cerquita de Bruselas y en paz con los mercados, cayendo bien; que no es Italia, vamos.
La jugada de Sánchez parece maestra: engañó con su venida arriba a la izquierda y al nacionalismo prometiéndoles todo a cambio del voto a favor, ha anulado el discurso de Ciudadanos recluyéndole al extremismo y ha dejado retratado al PP como el partido corrupto. A pesar de tener solo 84 diputados, Sánchez está diciendo con el nuevo gabinete que si Podemos y los nacionalistas le boicotean podrá votar con Ciudadanos. Y que si son estos quienes le fuerzan a unas nuevas elecciones, podrá votar con el bloque de izquierdas y nacionalista para evitarlas.
Lo que se presenta en los próximos meses es un juego de mercadeo político intenso que dependerá de las oportunidades que cada uno pueda aprovechar, como ya avanzó la semana de la moción. Quienes machacaron al PSOE por ser lo mismo que el PP, de pronto hablaban de los socialistas como si fuese el 2005 de Zapatero. Ahora sucede lo contrario. Pero nada impide que las cosas vuelvan a ponerse como la semana anterior: Sánchez quiere el poder, Podemos quiere medidas de izquierdas, los nacionalistas vascos más dinero, los catalanes la independencia, Ciudadanos, elecciones, y el PP, no se sabe.
Lo único que le puede salir mal a Sánchez es que todos a la vez se le pongan en contra y lo dejen con un gobierno sin capacidad de gobernar, yendo inevitablemente a unas nuevas elecciones, a riesgo de que Ciudadanos sea quien se acabe llevando el premio.
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