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Artículo Caso Diana Quer: desde niñas, miedo a ser niñas Now

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Caso Diana Quer: desde niñas, miedo a ser niñas

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⁄ OPINIÓN ⁄ : No desaparecemos. Nos matan. Y quienes nos matan son hombres. Desde niña crecemos con el recuerdo de otras niñas a las que raptan, violan y asesinan. Crecemos con la idea de que estas cosas pasan porque tienen que pasar. Casi como si fueran accidentes inevitables.

anna pacheco

02 Enero 2018 14:12

Una de las cosas que recuerdo de mi infancia son algunos mediodías antes de irme al colegio. La comida en casa de mi abuela. Esa sintonía de gravedad de los informativos después de Los Simpson. Nuevo caso. Otra desaparecida. Una foto tamaño carné de una niña junto a un número de teléfono. Esa niña era como tú. O dos o tres años mayor. O, quizás, diez. Hacías tus calculos. Sus imágenes, sonriendo, con sus amigas o de fiesta, rápidamente pasaban a formar parte de tu imaginario. Esas fotos te miraban de una forma extraña. Te miraban del mismo modo en el que lo hacían las fotos viejas y amarillentas en casa de tu abuela, familiares en blanco y negro que nunca llegaste a conocer. Esas fotos de niñas te asustaban, también, porque te recordaban que tú no eras muy diferente a ellas.

Cristina Bergua, Eva Blanco, Marta del Castillo, Laura del Hoyo y Marina Okarynska, Madelein McCann, Denis Pikka, Manuela Chavero, Diana Quer… Los medios parecían siempre preparados para una batería de noticias turbadoramente parecidas. Hablaban de “niñas desaparecidas” casi como algo inevitable. “Se la vio por última vez a las 3 de la mañana”. “La pequeña iba al colegio, pero nunca llegó a casa”. “Las niñas de Cuenca”. “La peregrina de Astorga”. Desapariciones en ferias, en fiestas de verano, en callejones oscuros, en lugares que te habían dicho que era mejor no pisar. Y, luego, "el hallazgo de cuerpos sin vida". En ríos, en lagos, en pozos, en casas o fábricas abandonadas, en sótanos. O los no-cuerpos y la desesperación de familias enteras.

Necesitamos poner el foco en ellos, no en ellas, no en sus familias, no en sus hermanas, no en lo que escribimos en nuestras cuentas de Facebook, no en lo que hacíamos a las 3 de la mañana o a las 7 de la tarde, no en nuestras notas de la escuela, o lo que hacíamos después, si aerobic o al piano. No necesitamos esa información

La disociación de todos esos elementos, y la poca pericia y responsabilidad de los periodistas de conectar y de hablar de patriarcado, del machismo y de violencia estructural, construían en tu cabeza de niña una secuencia llena de cosas confusas. A las niñas se las mataba más que a los niños. A las niñas se las mataba porque sí. De vez en cuando tenía que pasar. A las niñas las mataban sujetos abstractos. El foco eran siempre ellas, mucho más que el agresor. El malo como una especie de hombre del saco que de vez en cuando aparecía y raptaba a alguien o la asesinaba.

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Pero los malos casi siempre eran novios, exnovios, gente cercana a la familia. Esos malos casi siempre eran hombres, pero sus vidas resultaban mucho menos interesante que las de ellas. Mejor hablemos de ellas. Si ellas eran jóvenes, mejor; si se podían sacar fotos de sus redes sociales, mejor. Si se podían publicar mensajes de textos, o cartas, o conversaciones de Messenger, mejor. Si se podía podían ventilar los asuntos privados de la familia, mejor. Si ella era blanca, mejor. En Estados Unidos ya hay estudios que hablan del Missing White Woman Syndrome (síndrome de la mujer blanca desaparecida). Si se podía desnudar a la víctima y a su familia, mejor. Si caía en verano, mejor. La historia no solo ya era el crimen perfecto, también la telenovela perfecta con la que llenar horas y horas de matinales. Especiales hasta la saciedad titulados: ¿Qué pasó realmente la noche en la que desapareció? Nadie lo sabía, cómo iban a saber lo que pasó realmente, pero daba igual. La televisión como circo. Las víctimas, además de muertas, sentenciadas y despellejadas en platós de televisión. Sus retratos de niñas, vivas, cada vez resultaban más inquietantes. Sus padres llorando sosteniendo esas mismas fotos.

Tú misma ibas construyendo algo así como una especie de mapa en tu cabeza infantil. Algo así como “instrucciones para no ser violada, raptada, asesinada”

Tú misma ibas construyendo una especie de mapa en tu cabeza infantil. Algo así como “instrucciones para no ser violada, raptada, asesinada”. No pasear sola, no bailar sola, no volver a casa tarde, no vestir tirantes ni minifaldas en verano, no hablar a desconocidos, no juntarte con ciertas "amistades". Los deberes eran para ti, que además de ser niña, tenías que ser buena, aunque ni siquiera tenías muy claro que significaba ser eso.

A raíz del hallazgo del cadáver de Diana Quer, he pensado mucho en lo asustadas que deben estar las que ahora son niñas. No ha cambiado tanto —o no lo suficiente— la información sobre los asesinatos a mujeres. Desde las niñas de Alcàsser hasta el caso de Diana Quer: otra vez más, una bochornosa muestra de cómo cierta prensa, cierta tele, se aprovecha de estas historias para destriparlas. Claro que tenemos motivos para estar asustadas, pero necesitamos más que nunca herramientas para defendernos.

Necesitamos llamar a las cosas lo que son: violencia machista. Necesitamos poner el foco en ellos y no en ellas. Ni en sus familias, ni en sus hermanas, ni en sus aficiones, ni en lo que escribían en sus cuentas de Facebook, ni en lo que hacíamos a las 3 de la mañana o a las 7 de la tarde, ni en si sacaban malas notas o eran alumnas ejemplares, si preferían piano o aerobic o si se hacían muchas selfies. Necesitamos otra información que no se está dando.

Necesitamos tener claro que esto solo tiene un nombre y es patriarcado. No son “misteriosas” desapariciones, tampoco son crímenes pasionales; no son exnovios violentos y "problemáticos" que perdieron los nervios o el control de la situación; no son chicas fiesteras, promiscuas, víctimas de las “malas juntas”, mujeres víctimas de decisiones erráticas, no vienen de familias disfuncionales. No hay diferencia entre esas ellas y el tú. Sus vidas distintas no las hacen particularmente proclives a que acabaran muertas o violadas. ¿Por qué, entonces, ensañarse en quiénes son, en cómo son?

Son como tú, como todas. El problema son ellos.

Urge llamar a estas desapariciones por su nombre. A Diana Quer, como a tantas otras, la mató un hombre después de intentar violarla. A Diana Quer la mató la violencia machista. Se trata de asesinatos machistas, secuestros machistas y violaciones machistas.

Seguiremos asustadas, pero al menos lo tendremos claro.

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