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2017, el año en el que todas nos hicimos feministas

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De la Women's March al #MeToo: un repaso por los momentos más importantes del año en clave de género

anna pacheco

31 Diciembre 2017 06:00

Este 2017 hemos sido marea, masa, hermanas. Nos hemos querido más, pero sobre todo nos hemos creído más. Por primera vez las mujeres hemos tenido el crédito que merecíamos, el espacio para ser escuchadas, las líneas para ser narradas.

“Es la primera vez que veo que a las mujeres se nos cree”, apuntaba en una entrevista la escritora feminista Gloria Steinem, autora del célebre libro Mi vida en la carretera (Alpha Decay, 2016). Steinem manifestaba sus dudas sobre qué iba a pasar después y sobre cómo los catalizadores de este 2017 —Women’s March, paro internacional de mujeres, #MeToo— marcarían inevitablemente un cambio en la agenda política y en nuestras vidas. Ha cambiado algo, sí. Cómo y en qué medida, está por ver. Pero nos creemos, y más o menos se nos cree, y eso es sintomático de que el sistema ahora se tambalea desde abajo.

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Es importante, pero no suficiente: yo me imagino un gran tablón gigante, duro y pesado, al que le tiemblan un poco las patas. Y de fondo se oyen aullidos: millones de mujeres en partes diversas del mundo el 21 de enero. Más de 600 marchas, Women's March, por la igualdad y contra la discriminación racial o de género. Millones de mujeres odiando a un hombre: a Trump y a sus políticas sexistas y a todas las esperables de un misógino que no se esconde de ello y que dice aquello de que a las mujeres hay que agarrarlas del coño (grab them by the pussy). Millones de mujeres no odiando solo a un hombre, manifestándose en contra de todos los que son como él. Trumps. Weinsteins.

Millones de mujeres hasta el coño.

La Women’s March como la antesala del Paro Internacional de mujeres del pasado 8 de marzo. Paro de cuidados, paro de trabajo. Algunos lugares de trabajo quedaron desiertos, algo insólito, síntoma también de un hartazgo generalizado entre nosotras. Otras mujeres que no hicieron paro en su trabajo, lo hicieron en sus casas: negándose a planchar la ropa, a hacer ese día la cena o a hacer la compra. Otras mujeres que no hicieron, tal vez pensaron en ello. Y tal vez, lo hagan este próximo año. Este año hemos estado hartas y cansadas de estar hartas y cansadas, como expresó la activista afroamericana Lou Hamer a mediados del siglo XX. Y seguimos hartas y cansadas. Y lo seguiremos estando en 2018 porque cada vez somos más.

Este año hemos estado hartas y cansadas de estar hartas y cansadas, como expresó la activista afroamericana Lou Hamer a mediados del siglo XX. Y seguimos hartas y cansadas. Y lo seguiremos estando en 2018 porque cada vez somos más.

A veces pienso en mí con 16 años negando a mis compañeros de clase, completamente disgustada, que yo era feminista. Yo les contestaba que solo era reivindicativa. Reconocer que era feminista me hacía sentir incómoda.

Ya no tengo miedo.

Pero si hay un momento que ha sentado un precedente indiscutible ese ha sido el #MeToo, la campaña que ha puesto destapado un sistema podrido de abusos constantes y sexuales al que las mujeres estamos sometidas de forma sistémica. En nuestras casas, en nuestros trabajos y en nuestras vidas íntimas. La ola de denuncias en torno a la figura del productor Harvey Weinstein trajo consigo un demoledor efecto dominó en Hollywood. Y luego en canales públicos y privados de TV, en medios de comunicación, en la alta cocina, en las startups de Silicon Valley, en el mundo de la empresa. De Weinsteins, vamos sobradas. Siguen cayendo, siguen saliendo. En España no han salido todavía nombres. Pero saldrán, esperemos. Ojalá no desaprovechemos esta oportunidad.

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Pero si hay un momento que ha sentado un cambio indiscutible ese ha sido el #MeToo, la campaña que ha puesto en relieve un sistema podrido de abusos cotidianos y sexuales al que las mujeres estamos sometidas de forma sistémica

El llamamiento de la actriz Alyssa Milano a través de Twitter fue seguido por millones de mujeres. El hashtag #MeToo (frase rescatada de hace 10 años de la activista afroamericana Tarana Burke) se propagó entre todas nosotras. Todas teníamos algo que contar. A mí también. A mí también. A mí también. Yo misma relaté mi experiencia de abuso en un post de Facebook con un profesor de la Universidad. Ahora ya hay abierta una investigación en la misma facultad. Las redes sociales como arma arrojadiza. No es solo un hashtag superficial: es la mejor forma que tenemos de explicarnos y universalizar nuestras violencias.

El #MeToo nos ha mostrado que aquellas experiencias que vivimos con turbación, vergüenza o culpa no eran solo nuestras. Eran de todas. Lo personal más que nunca era, es, político. La socialización de experiencias de abuso compartidas —en los muros de Facebook de amigas, de compañeras de trabajo, en Twitter e Instagram— han sido la herramienta clave para estrechar lazos y tejer auténticas redes de apoyo. Eso que llamamos sororidad. Si el diccionario Merry-Webster ha elegido feminismo como la palabra del año [se han registrado un 70% más de búsquedas de la palabra en relación a otros años], quizás la del próximo sea hermandad o sororidad. Pienso en la escena luminosa del final de Big Little Lies. Pienso que yo quiero ser como ellas.

Pero no olvidamos. Ni perdemos el foco. Solo estamos en las puntas de las patas. Caen los patriarcas, pero no el patriarcado (este artículo del New York Times lo explica bien). Esta semana han asesinado en España a 3 mujeres sus parejas o exparejas. 97 personas (mujeres, niños, hombres) han sido asesinadas a causa de la violencia machista, de violencia perpretada por hombres que siguen ejerciendo su hegemonía y que se sienten con la legitimidad moral y social para seguir discriminando, maltratando y matando. La brecha salarial continúa siendo abismal. Tardaremos 118 años en curarla. Nosotras ya no estaremos vivas.

Este 2018 seguiremos en las calles, haciéndolas nuestras porque siempre lo fueron. Seguiremos leyendo y viendo a mujeres, más que nunca. Seguiremos escuchando a mujeres, a todas, y dejando que los feminismos, con s, lo puedan ser. Sin apropiarnos de discursos que no nos pertenecen. Sin apropiarnos de la vida de otras mujeres que no son nuestras. Que cada una se vista, baile y diga lo que quiera.

Hermanas, que siga la fiesta.

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