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Versos durísimos para los que conocen el dolor de cuidar a una abuela enferma

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Imagen: Cristian Newman
 

“En la última habitación de mi casa / tengo algo haciéndose viejo / un vestido que doblar: / tu pecho”. María Sotomayor reedita y amplía su libro más difícil, La paciencia de los árboles (La Bella Varsovia), un homenaje a las mujeres enfermas que se van… pero también a las que después de cuidarlas, se quedan

Luna Miguel

14 Junio 2018 14:42

Escribir como quien cura las heridas de un enfermo, y luego las venda, delicadamente, con los dedos oxigenados y la boca tierna. Eso es lo que hace María Sotomayor, poeta y editora madrileña que después del éxito de Nieve antigua regresa a La Bella Varsovia con un poemario publicado previamente en 2015 y ampliado en esta ocasión tras la muerte de la abuela de la autora.

Hablamos de La paciencia de los árboles, un texto muy crudo y muy difícil —pero aún así profundamente hermoso— con el que Sotomayor quiso no sólo homenajear a la abuela, sino también a las mujeres de la casa que, con enorme delicadeza, cuidaron de ella hasta su muerte. Al contrario que la primera edición, esta cuenta con una última parte escrita ya cuando el cuerpo de la abuela nos había dejado, en donde podríamos decir que se encuentran los poemas más perfectos de Sotomayor.

Resulta irónico que justo donde ella señala la muerte, su lírica cobre una dimensión de vida mucho más fuerte, más clara, más humana y amable si cabe. “Hay que repetir el nombre tantas veces como sea necesario”, escribió en los poemas de enfermedad. Y más tarde: “que llamen a los muchachos del taller de Miguel / que llamen a las costureras / que Magdalena Buenosvinos ha muerto / la del lunar en la cara / que pasen todas y todos por su puerta y hagan reverencia / la desmemoriada / la luna de la cama”.

Se ha escrito poco —o al menos poco de este modo, con esta intención— sobre una enfermedad sobre el alzhéimer. De la literatura que aborda la enfermedad, acostumbramos a encontrar dolores de todo tipo, pero nunca el dolor de los otros, expresado de una manera tan generosa, con esa voluntad para dar voz a quien todavía la conserva y, aún así, perderá sus recuerdos. María Sotomayor escribe para poner vendas, pero también para avivar los secretos, las pasiones o las simples vivencias de “la desmemoriada”.

Cuidándola a ella, además, nos cuida a todos. Por eso leerla es como tumbarse en una cama blanca. Como rozarse una rosa blanca en los labios. Como enamorarse, por primera vez, de una nube alta.

“ha muerto Magdalena Buenos vinos

mi abuela

no avisen a nadie por favor que estoy

bordando sus rosas en sus pies

y en sus manos pensamientos”

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