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Valientes, feministas y humanos: así nos hizo el cine de los 80

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Hablamos con Hadley Freeman, la autora del ensayo cinematográfico ‘The Time of My Life’

víctor parkas

31 Octubre 2016 06:03

“¿Son caramelos PEZ?”. Estoy revolviendo mi mochila, buscando boli y libreta, cuando Hadley Freeman ve mi expendedor de caramelos PEZ. “¡Es muy ochentas! ¿Me das uno?”.

Hadley Freeman, a la que estoy a punto de entrevistar, es la autora de The Time of My Life, un divertidísimo ensayo que, sirviéndose de películas clave de los años ochenta, no sólo nos recuerda por qué éstas nos encantan, sino lo osado y atrevido que podía llegar a ser su discurso. Esa osadía, por cierto, es algo que Freeman da por perdido en el cine actual. “El único sitio donde ahora se pueden escribir historias sobre mujeres, aborto o sexo son las series de televisión”, insiste.

The Time of My Life ni es una guía sobre cine de los ochenta ni lo pretende: Hadley Freeman escoge sus películas predilectas, nos confiesa la historia personal que tiene con cada una de ellas, y las usa para construir discursos sobre paternidad, feminismo, lucha de clases, e incluso racismo. En este sentido, The Time of My Life tiene muchos puntos en común con 31 Canciones de Nick Hornby -el autor de Alta Fidelidad, a la que volveremos más adelante.

The Time of My Life es un ensayo que no sólo nos recuerda por nos encanta el cine de los ochenta, sino lo osado y atrevido que era

El estilo de Freeman, que afiló su pluma en The Guardian, resulta incisivo, fresco y nada pretencioso. Hadley escribe con descaro fanzinero. Oh, y utiliza muchos pies de página digresivos. “Siento vergüenza reconociéndote que estoy influenciada por David Foster Wallace”, me dice, “porque para mí es casi un Dios y yo, bueno, sólo soy yo”. De eso -yo- encontraréis mucho en The Time of My Life.

Aunque Hadley adora todas las películas de las que habla, su discurso no podría alejarse más de la nostalgia o la iconicidad. Nunca acrítica, y capaz de señalar -y denunciar- cuando sus historias predilectas muestran actitudes machistas u homófobas, la periodista y su libro consiguen analizar títulos de los que parece haberse dicho todo -el Batman de Tim Burton o La Princesa Prometida de Rob Reiner-, pero sobre los que The Time of My Life consigue arrojar una luz nueva.

Según tú, Hadley, ¿qué es “el cine de los ochenta”?

A parte de lo obvio (películas estrenadas durante la década de los ochenta), es un cine con una sensibilidad muy particular. Esas películas eran, a la vez, inocentes, inteligentes y emocionalmente honestas. Productos actuales como Stranger Things intentan recuperar todo eso.

¿Te gustó Stranger Things?

Mucho; es muy adorable. Aunque siempre preferiré ver una auténtica peli de los ochenta en lugar de Stranger Things, es evidente que la serie está hecha por gente que adora ese cine. Eso es algo que el público ha notado. En cualquier caso, prefiero que proliferen productos como Stranger Things, con sus referencias al cine ochentero, que cualquier tipo de remake.

Volviendo a tu ensayo, ¿consideras el cine de los ochenta más relevante que el que se hizo, por ejemplo, durante los setenta o los noventa?

No, aunque sí tengo la convicción de que la década de los ochenta fue la última en la que vimos películas que, aún teniendo grandes presupuestos, eran arriesgadas.


Las películas de los ochenta eran, a la vez, inocentes, inteligentes y emocionalmente honestas.


¿Arriesgadas en qué sentido?

En las historias. Y tiene que ver con que el sistema de estudios ha cambiado por completo: las mismas películas que antes se producían pensando en el público americano -y, eventualmente, el europeo- ahora se realizan pensando en un mercado global y, muy especialmente, en el mercado chino. Eso hace que el cine de ahora sea, por ejemplo, muy conservador a la hora de tratar el sexo.

¿Crees entonces que las películas de las que hablas en tu libro no se producirían hoy en día?

Estoy segura de que no. Lo único en lo que piensa el Hollywood actual es qué quieren ver los adolescentes de China. Y, en el caso hipotético de que, por ejemplo, se produjese hoy día Dirty Dancing, el estudio obligaría a quitar lo del aborto. ¿Un Regreso al Futuro en 2016? Sería un seguido de efectos especiales, desechando toda la intrincada trama entre Marty McFly y sus padres.

De hecho, una de las cosas en las que he caído leyéndote es que el protagonista de Regreso al Futuro no es Marty, sino su padre.

Adoro a Marty McFly, ¿y quién no? Pero, al revisar la película, y quizás por el hecho de haber sido madre, me di cuenta que el que evolucionaba al final de la película, el que hacía el viaje interior, era George, no Marty. Regreso al Futuro, por cierto, es una película con la que siempre lloro. Es muy dulce, y envía un mensaje súper importante a los jóvenes: nuestros padres, en algún punto, fueron igual que nosotros.

Cazafantasmas, Todo en un día, Dirty Dancing... A cada una de ellas le dedicas un capítulo en el libro. ¿Qué te llevo a elegir unas películas de los ochenta por encima de otras?

Hay elecciones muy obvias, como Dirty Dancing para hablar del aborto, o La chica de rosa para reflexionar sobre lo que es ser una chica rara durante la adolescencia. No fue difícil decidir de qué películas quería hablar, sino más bien decidir cuáles quedaban fuera. Por eso me pareció importante añadir una lista al final del libro con películas que, aunque no tengan capítulo propio, sí quiero recomendar a los lectores.


Regreso al Futuro es muy dulce y envía un mensaje súper importante a los jóvenes: nuestros padres, en algún punto, fueron igual que nosotros


Acabas de mencionar La Chica de Rosa, de John Hughes. De las diez películas en las que se centra tu libro, dos de ellas son de Hughes. ¿Cuán importante dirías que es este director para ti?

Hughes lo es todo. Desgraciadamente ya murió, con lo que me rompe el corazón no haberlo podido entrevistar para el libro. Él mejor que nadie supo capturar lo que es ser joven: esa sensación de experimentarlo todo de manera exagerada; esa sensación de no poder controlar tus emociones. Miles de adolescentes ven su vida a través de las películas de John Hughes. Yo misma, siento que no viví mi adolescencia como es debido, porque quería vivirla como si fuese uno de sus personajes.

Otro punto interesante de tu ensayo son las lecturas en clave feminista que haces de Dirty Dancing o Un gran amor.

Para mí es una obviedad. Ione Skye en Un gran amor es todo lo contrario a una mujer trofeo: tiene una vida interior rica, es inteligente, es ambiciosa. Eso es lo que hace que John Cusack vaya detrás suyo y termine enamorándose de ella; una situación impensable en una comedia actual.

De hecho, en Alta Fidelidad, que también protagonizó John Cusack, es justamente lo contrario.

Toda la razón: Alta Fidelidad es el opuesto exacto de Un gran amor. Y aunque la considero una buena película, me deprime mucho ver a John Cusack interpretando a un hombre-niño.

Utilizas el término hombre-niño varias veces en el libro. ¿Qué es un hombre-niño?

¿Sabes todo esos tíos que están tan enfadados con que la nueva Cazafantasmas esté protagonizada por chicas? ¿Esos pesados quejumbrosos del “están violando mi infancia”? Eso es ser un hombre-niño. También sirve para definir ese perfil que representa Seth Rogen en Lío Embarazoso: alguien incapaz de crecer, que va todo el día fumado, y ni tiene ni busca trabajo. Conozco a mucha gente de veinte años, y te aseguro que sólo he visto a gente así en comedias de Judd Apatow.


¿Sabes todo esos tíos que están tan enfadados con que la nueva Cazafantasmas esté protagonizada por chicas? Eso es ser un hombre-niño


De hecho, en tu libro sostienes que el grado de responsabilidad de los personajes masculinos en el cine de Apatow o Adam Sandler, comparados con Cazafantasmas, brilla por su ausencia.

Es algo que noté revisitando por millonésima vez Cazafantasmas: estos tíos, a los que se les supone bobos -vaya, cazan fantasmas- son muy maduros si los comparas con los protagonistas de Resacón en las Vegas. Por Dios: si incluso el personaje de Mel Gibson en Arma Letal, que vive en un tráiler, me parece más maduro. No entiendo qué interés tienen los nuevos directores de representar a los hombres como si fuesen niños. Es insultante para los hombres, y también para las mujeres, que en el cine moderno siempre aparecen enfadas y haciendo de figura materna al protagonista.

Pero sí podemos encontrar perfiles de este tipo, incluso entre fans del cine de los ochenta. Por ejemplo: los fans talibanes de Cazafantasmas acosando a Leslie Jones en Twitter.

Fíjate que, aunque las películas que esa gente adora tienen muchas cosas buenas, también tienen otras terribles: Michael J. Fox diciendo que no es “un maricón” en Teen Wolf, por ejemplo. Si la vuelves a ver, ese momento te parecerá bochornoso. Sobre lo de Leslie, considero increíble que en 2016 todavía haya gente volviéndose loca con la idea de ver a una mujer negra haciendo cine de humor. Es inaudito, pero luego pienso en que existe la posibilidad de que Trump presida mi país. Eso te hace entender muchas cosas.   

Ya que mencionas lo de Trump, me parece muy divertido el paralelismo que haces entre el Batman de Nolan y la Administración Bush.

En El Caballero Oscuro, Batman y los suyos actúan claramente igual que hacían Bush y su vicepresidente Dick Cheney durante los años en los que gobernaron. Pero lo que más me preocupa del cine de superhéroes actual no es eso, sino lo serias que son esas películas; su falta de sentido del humor. Por eso en el libro reivindico el Batman de Tim Burton, que me parece divertidísima.

Otra cosa que me ha sorprendido mucho leyendo The Time of My Life es la relación entre el ejército y películas como Top Gun.

Hay un departamento entero del ejército en el que éste y Hollywood trabajan codo con codo, incluso a día de hoy: el ejército presta material militar a los estudios y, a cambio, éstos les permiten dejar su impronta en los guiones de las películas; propaganda de la de toda la vida, vamos. Top Gun es el ejemplo más extremo de eso, porque a la salida de los cines que la proyectaban, había militares tratando de que los espectadores, que justo acababan de verla, se alistasen. Muy enfermo.


El ejército presta material militar a los estudios y, a cambio, éstos les permiten dejar su impronta en los guiones de las películas


Hacia el final de tu ensayo haces hincapié en que sí hay relevo generacional y gente joven interesada en todo este cine. Siendo así, ¿por qué crees que Hollywood ya no está interesado en producir películas como El club de los cinco o Cuando Harry encontró a Sally?

Porque, como decía antes, El club de los cinco no tendría éxito en China. Incluso siendo capaz de producir cosas interesantes, como La boda de mi mejor amiga, Hollywood piensa que el éxito de películas así es algo aislado. ¿Cuántas películas protagonizadas por seis mujeres has visto desde entonces? Y La boda de mi mejor amiga fue un taquillazo. Es sorprendente cómo se repite la historia: Geena Davis me contó que, en la época, ocurrió exactamente lo mismo con Thelma & Louise.

Y, por último, ¿qué le dirías a todos aquellos que desprecian el cine de los ochenta?

Que se callen (ríe). La gente sigue disfrutando de Cuando Harry encontró a Sally, pero me gustaría ver a cuánta gente le interesará la basura de Transformers dentro de 30 años. Las películas que trato en mi libro ofrecen cosas que ya no encontramos en el cine actual. Y no, no creo que haya una persona en este planeta a la que no le guste Indiana Jones o las películas de Eddie Murphy. Los que dicen que no, o están mintiendo, o intentan ir de cools. A mí me importa un pimiento ser cool (ríe).

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