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Guía básica para sobrevivir a 11.000 kilómetros de distancia de casa

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Ben Blennerhassett
 

/OPINIÓN/ “La vida sigue, el tiempo pasa y los recuerdos cada vez son más borrosos. Te vas olvidando de todo aquello que dejaste… y al final, ¿te vuelves más fuerte?”

Angie Varela

07 Febrero 2018 15:07

Cuando vives a miles de kilómetros del lugar donde naciste, creciste y te formaste, estás expuesto a que los golpes sean más duros. La vulnerabilidad que te acompaña no te va a dejar escapar. Cuando uno parte, ya sea por decisión propia o por circunstancias inevitables, deja un poco de sí en el lugar que abandona. Llegas a pensar que la vida que dejas, se detiene. Que tu familia, tus amigos o conocidos se congelan en el tiempo.

Aunque no es así.

La vida sigue, el tiempo pasa y los recuerdos cada vez son más borrosos. Te vas olvidando de todo aquello que dejaste… y al final, ¿te vuelves más fuerte?

Si pienso en mi abuelo y abuela, o en mi bisabuelo y bisabuela, me siento una cobarde. Eso sí que era un verdadero partir. Emigraron de sus tierras cuando tenían más o menos mi edad y nunca más pudieron regresar. Sin embargo, mantenían un acento bien marcado, como una constante negativa a ese cambio. Lo nuestro, a priori, es más sencillo: Internet y las nuevas tecnologías nos ayudan a conectar con lo que dejamos cuando queramos. Pero ocurre que a menudo estas ventajas también pueden traer melancolía, ya que son un constante recordatorio de que tú ya no formas parte de ese “allí”.

Borges dio en la tecla al recuperar esta reflexión de Proust para explicar el sentimiento que genera partir: “Marcel Proust decía que cuando uno extraña un lugar, lo que realmente extraña es la época que corresponde a ese lugar; que no se extrañan los sitios, sino los tiempos”.

Entenderás que el hogar cabe en una maleta

Pero cuando te marchas, ¿dónde guardas tu hogar?

Hace unos días, una amiga que ha tomado recientemente la decisión de mudarse a otro continente me bombardeó a WhatsApps. “¿Cómo hiciste la maleta?, ¿la hiciste en plan toda tu vida en un cuadrado o como si te fueras de vacaciones?, ¿cuántos bultos llevaste?, ¿qué dejaste y qué tiraste?”. Ella se estaba ahogando en la angustia de pensar que su vida entera pueda o no caber en una maleta. Lo cierto es que es difícil hacerse a la idea, pero sí que cabe. Una buena forma de asimilarlo es caer en la cuenta que todo lo que puedes tocar con tus manos, es reemplazable. Incluso algunas personas.

Recuerdo una cena con mi ex suegra belga: ella hablaba un inglés paupérrimo y para mi el flamenco era chino básico. Se notaba que yo no le caía bien. Sé que hubiese preferido a alguien de su propia comunidad como novia de su hijo, no una joven perdida que había viajado de aquí para allá sin remordimientos por dejar el pasado. Me increpó sin escrúpulos: “Pero, entonces, ¿dónde está TU hogar?”. No le supe responder, empecé a tartamudear unas frases sin mucho sentido entre “Latinoamérica, familia, mochilas perdidas, Madrid, Barcelona”, creo que hasta llegué a decir “ciudadana del mundo”. Me sentí patética. Estuve muy reflexiva durante semanas… no tenía respuesta a su pregunta.

Finalmente comprendí que el hogar es el que te acompaña y también el que dejaste atrás. Son los recuerdos, las conversaciones a distancia, un puñado de fotografías, aquel souvenir de un viaje memorable o tu libro favorito…

Los contratiempos golpearán más fuerte

Hay momentos en los que la vida te sacude. Te da un par de golpes para que recuerdes que estás vivo. Estos años, viviendo a casi 11.000 kilómetros de distancia de mi “hogar”, la vida me sacudió en alguna que otra ocasión.

Situaciones como la muerte de un ser querido o como romper con tu pareja se pueden intensificar por diez si no estás en tu “zona de confort”. En el caso de las muertes a distancia, estas se viven como no-muertes. No te puedes despedir de la persona y te auto-engañas pensando que todavía está allí, a la distancia, despertándose y yéndose a dormir unas cinco horas más tarde que tú, dependiendo de la zona horaria.

Las relaciones amorosas también se viven diferentes, “la muerte” de ese amor está de tu lado del charco y el luto lo tienes que pasar tú solo. Tienes que enterrarlo rápidamente y no puedes buscar apoyo en irte a dormir a la casa de tus padres o distraerte viendo una película con tu amiga de la infancia.

Tu definición de patria se verá tergiversada

Si vives fuera de tu patria, todo suceso en tu país natal se vuelve más inverosímil. Te enteras a través de las redes sociales, lo lees en tu periódico nacional favorito o te lo cuentan en una llamada de WhatsApp con tonos que desbordan emoción y subjetividad. Pero tú ya no formas parte de aquello y entonces te preguntas: “¿Cuál es realmente “mi patria?”. Creo que en este fragmento de la película ‘Martin Hache’, Federico Luppi nos enseña una mirada acertada:

Te sentirás un ‘outsider’ repetidas veces si vives en el exterior. No puedes asociarte a tu propia “patria” pero tampoco a la del país en el que vives en el momento, te quedas como en un “limbo”. Me ha sucedido volver por unos días a Argentina y que me digan: “estás hecha una española” o cosas peores como “te vendiste al colonialismo”. Aunque suene poco amable, procuro entenderlo. Siempre pienso que el que se queda guarda algún tipo de rencor… porque, al final de cuentas, tú lo abandonaste.

Y al final, para sobrevivir a tu propia huida, lo que tienes que hacer es traducir estas vivencias en aprendizaje. Saber que ya no volverás te fabrica unas cuantas capas sobre la piel. Te fuerza a valerte por ti mismo. Pronto te das cuenta que, desde que vives fuera, muchas cosas y personas son de paso. Y, como resultado de tu lucha constante entre nostalgia y pragmatismo, el valor de la mayoría de las situaciones se relativiza. Y concluyes que, a pesar de todo, la cosa irá bien.

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