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Cuando la vagina de Simone de Beauvoir escandalizó París

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Imagen: Malota
 

Tras la publicación de 'El segundo sexo', la filósofa recibió toneladas de insultos: "insatisfecha, frígida, priápica, ninfómana, lesbiana, cien veces abortada, madre clandestina". Lo cuenta Carmen G. De La Cueva en 'Un paseo por la vida de Simone de Beauvoir'

Eudald Espluga

15 Mayo 2018 12:07

"Para escribir la primera condición es que la realidad haya dejado de darse por sentada; solo entonces una es capaz de verla y hacerla ver". Simone de Beauvoir escribió estas palabras poco después de terminar su primera novela. Durante años, esta cuestión había sido motivo de disputa entre ella y su marido. Jean Paul Sartre pensaba que un escritor no podía dejar que la realidad lo abrumase, sino que su obligación era distanciarse del mundo y mantener la sangre fría. Cuando contemplaban juntos un paisaje, la filósofa se enfadaba ante la indiferencia que él se esforzaba en demostrar: "hablaba de los ríos mucho mejor que yo, pero no sentía nada". Ante la desesperación de De Beauvoir, Sarte respondía jactancioso, soberbio: "¿qué es sentir?"

Lo explica Carmen G. De la Cueva en Un paseo por la vida de Simone de Beauvoir (Lumen), la biografía de la filósofa francesa que se acaba de publicar con ilustraciones de Malota. En más de una ocasión, De Beauvoir se había quejado de los mansplannings que Sartre iba soltando: "varias veces me explicó que un escritor no podía tener otra actitud; el que no siente nada es incapaz de escribir; pero si la alegría, el horror, nos sofocan sin que los dominemos, tampoco sabremos expresarlos".

(Ilustraciones de Malota para 'Un paseo por la vida de Simone de Beauvoir')

Por eso, es fácil leer las palabras que escribió al terminar La invitada como una especie de capitualización ante la perspectiva de Sartre: la novela reproducía el triángulo amoroso que ella y su marido habían mantenido con Olga Kosakiewicz, una de las alumnas de Sartre. Para escribirla, De Beauvoir tuvo que sobreponerse al torbellino de emociones que sentía: "me parecía que el día en que la alimentara con mi propia sustancia, la literatura se convertiría en algo tan grave como la dicha y la muerte". A regañadientes, y sin renunciar del todo a su perspectiva, intentó hacer lo que se esperaba de ella como escritor.

Sin embargo, cuando llegó el reconocimiento mediático y el existencialismo se convirtió en una moda, De Beauvoir no tardó en descubrir que por mucho empeño que pusiera, a ojos de la opinión pública, sólo Sartre aparecía como el escritor serio y penetrante que podía retratar la realidad. Mientras que de él se decía que en su famosa conferencia 'El existencialismo es un humanismo' algunas mujeres se desmayaron de la emoción, para la prensa ella era simplemente una "figura muy parisina", "la gran sartriana" o "Nuestra Señora de Sartre".

Fue entonces cuando comenzaron a gestarse las ideas que más tarde florecerían en El segundo sexo. "Empecé a darme cuenta de las dificultades, de las falsas recompensas, de las trampas, de los obstáculos que la mayoría de las mujeres encuentran en su camino; [...] Miré y tuve una revelación: este mundo es un mundo masculino, mi infancia se había alimentado de mitos forjados por los hombres y de ninguna manera había yo reaccionado como si fuera un muchacho". Simone estaba decidida a hablar de sí misma, y para hacerlo apuntó hacia la condición femenina. Pero la reacción de la sociedad francesa fue furibunda. Estaba claro que con El segundo sexo Beauvoir había hecho algo radical, distinto; algo que asustaba. La llamaron "insatisfecha, frígida, priápica, ninfómana, lesbiana, cien veces abortada, madre clandestina", y el escritor Charles Mauriac llegó a mandar una carta a la redacción de Les Temps Modernes, en la que decía a Sartre: "he aprendido todo sobre la vagina de tu patrona".

La concepción y recepción de su gran obra es sólo una de las muchas historias que se cuentan en Un paseo por la vida de Simone de Beauvoir. Aunque el libro persigue minuciosamente la trayectoria de la pensadora francesa, no puede considerarse una biografía al uso. Ya en el introducción, De la Cueva se agarra a la primera persona y en ningún momento trata de esconderse tras los andamiajes de la investigación objetiva. "Al principio me costó: niña violeta, niña mimada, Simone me pareció repelente y marisabidilla, alguien precoz que creía saberlo todo de la vida, alguien que se sentía más libre de lo que realmente era".

Es literalmente un paseo por la vida de Beauvoir, que se interroga a cada paso por el sentido de lo ocurrido, y que aspira a entender, mucho más que a narrar. "No sé bien cómo llegué a una Simone a la que no había atisbado hasta entonces, una mujer corriente que llora la enfermedad de su madre, que la perdona por todo el dolor causado y se perdona a sí misma. Había encontrado a mi Simone y ya no caminaría a oscuras".

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