PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left
Artículo De la humillación a la venganza: retóricas de la violación en la literatura Lit

Lit

De la humillación a la venganza: retóricas de la violación en la literatura

H

 

¿Cómo se ha representado hasta ahora la violación en nuestra tradición literaria? ¿Bajo qué patrones y arquetipos hemos modelado nuestra idea de "víctima normal"? ¿Qué respuestas y reacciones aparecen legitimadas por las visiones morales que subyacen a estos prototipos de conducta?

Eudald Espluga

23 Noviembre 2017 06:00

La cultura de la violación se sostiene en el silencio de quienes callamos ante los abusos, en la tibieza acrítica de quienes participamos en las lógicas estructurales que hacen posible que ciertas agresiones sean invisibilizadas. Se sustenta, también, en la literatura; en las palabras y los marcos mentales; en las articulaciones culturales de nuestra imaginación. No basta con acercarnos a la violación como hecho social: debemos cuestionar las retóricas con las que la explicamos y nos la explicamos.

¿Cómo se ha representado hasta ahora la violación en nuestra tradición literaria? ¿Bajo qué patrones y arquetipos hemos modelado nuestra idea de "víctima normal"? ¿Qué respuestas y reacciones aparecen legitimadas por las visiones morales que subyacen a estos prototipos de conducta?

No son preguntas banales. Las ficciones que consumimos determinan nuestro universo imaginativo: desde los cuentos infantiles —plagados de violaciones e imaginería sexualizada— hasta las novelas de consumo masivo, estamos travesados por guiones culturales que nos ayudan a orientarnos en el mundo. Son guías de acción y de valor.

LEER MÁS: ¿Vivimos en una cultura victimista?

Por eso, ante casos como el de la Manada, cuando nos vemos sorprendidos por la perversidad de las ideas y retóricas que operan entre los diferentes actores sociales —la mujer como presa, la víctima como paria social que no puede rehacer su vida—, debemos mirar atrás y cuestionarnos qué relatos culturales sostienen estas ideas.

I. El peligro de ser cazada: Calisto como arquetipo

Violación, culpabilización de la víctima y un triple castigo: humillación pública, marginación y penitencia. No es extraño que, de entre las muchas violaciones que forman parte de la mitología griega, la historia de Calisto —en la formulación clásica que le dio Ovidio en sus Metamorfosis— haya sido interpretada como arquetipo de cómo nos representamos públicamente a las mujeres que han sido víctimas de la violencia sexual.

Calisto era una de las cazadoras que acompañaba a la diosa Diana. Había hecho voto de castidad y seguía las enseñanzas de la líder de su cortejo con escrupulosidad. Sin embargo, Júpiter, el más grande de los dioses, la descubrió un día tumbada en una pradera, "cansada y sin custodia".

"Cuando ella se disponía a contarle en qué selva había estado cazando,

se lo impide él con sus abrazos y se delata no sin culpa.

Ella, desde luego, por su parte y todo lo que podía una mujer

—¡ojalá lo hubieras visto, Juno! Hubieras sido más blanda—,

ella desde luego luchó; pero ¿a qué hombre podía vencer una muchacha,

y a quién podía vencer el supremo Júpiter?"

Pero el tormento no terminó con la violencia del acto, con la bruta imposición del poder. Calisto, humillada y sola, trata de ocultar el crimen cometido contra ella, pero Diana le arranca el vestido con el que la ninfa quiera esconder su desnudez y descubre "la falta" en su cuerpo. Desterrada de su cortejo, recibirá un segundo castigo: Juno —presentada siempre como la iracunda y despechada esposa de Júpiter— la convertirá en oso, para que sus antiguas compañeras la persigan hasta darle muerte. En algunas versiones del mito, Júpiter interviene finalmente para salvar su vida y condenarla a una exposición eterna: la transforma en una constelación, la Osa Mayor.

Pan y Selene, de Hans von Aechen

Calisto es la cazadora cazada, y su tragedia concentra la idea de la violación como amenaza constante. El mundo exterior es un espacio inhabitable para la mujer: ¿qué hacía sola en medio del bosque? ¿estaba siendo prudente? ¿Qué habrá de malo en su interior si fue tan fácil de embaucar? ¿Se resistió lo suficiente?

II. El silencio del dormitorio: violación y conflicto social

"Y fue una noche, estando yo en mi aposento con sólo la compañía de una doncella que me servía, teniendo bien cerradas las puertas, por temor que, por descuido, mi honestidad no se viese en peligro, sin saber ni imaginar cómo, en medio destos recatos y prevenciones, y en la soledad de este silencio y encierro, me le hallé delante; cuya vista me turbó de manera, que me quitó la de mis ojos y me enmudeció la lengua."

Este divertido episodio pertenece al capítulo XXVIIII de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Divertido, sí, porque estamos ante una comedia. El episodio de la violación de Dorotea, cuyo testimonio empieza así, forma parte de un entramado de enredos cuya finalidad es deleitar al lector. La joven está narrando cómo don Fernando la asaltó en su estancia, después de que ella se negara a irse a la casa con él (un desdén que, además, la misma Dorotea señala como "causa de avivar más su lascivo apetito").

"Y así, no fui poderosa de dar voces, ni aun él creo que me las dejara dar, porque luego se llegó a mí, y tomándome entre sus brazos (porque yo, como digo, no tuve fuerzas para defenderme, según estaba turbada), comenzó a decirme tales razones, que no sé cómo es posible que tenga tanta habilidad la mentira que las sepa componer de modo que parezcan tan verdaderas. Hacía el traidor que sus lágrimas acreditasen sus palabras, y los suspiros su intención."

Dorotea, en un grabado de Gustave Doré

En la literatura del Siglo de Oro, y especialmente en la comedia, la violación de la mujer es un tema asombrosamente recurrente. Como explica Frank P. Casa, la violencia sexual es un tópico utilizado para retratar a los personajes de alcurnia, mero motor narrativo para hacer avanzar la trama: la violación como origen del conflicto social.

Tanto Aristóteles como Maquiavelo ya habían hablado de "los peligros de la violación" en estos mismos términos. Es decir, habían hablado de los peligros que un señor-poderoso podría sufrir por verse metido en una disputa por haber abusado de la mujer de otro señor-poderoso. Hombres que discuten con otros hombres: la perspectiva de la mujer es borrada de la trama de la violación y, si se la incluye, como en el caso de Dorotea, es para disfrute y escarnio, como lío de faldas.

Ya no son los peligros del mundo exterior los que amenazan a las mujeres. Por el contrario, la soledad del dormitorio y el silencio de la víctima se convierten en símbolos de la violación como fatalismo social. Ante la agresión, solo se imaginan soluciones que permitan el acomodamiento y reinserción de la mujer mancillada, pero nunca se repara en el aspecto humano del crimen.

III. Una mundo enfermo: la violación como chivo expiatorio

El cuerpo de la mujer convertida en ofrenda, voluntaria o no, configura otra de las representaciones más repetidas del tema de la violación. Pensemos, por ejemplo, en Lucrecia. Ante la imposibilidad de seguir viviendo tras la deshonra sufrida, decide suicidarse y pedir venganza contra su agresor. Así, su heroico acto termina convirtiéndose en el desencadenante de la caída de la Monarquía romana. Muerta Lucrecia, vive la República.

En la Bíblia tenemos el caso parecido de Judith, quien, para salvarse a sí misma y a su pueblo, cede ante los avances sexuales de Holofernes para ganarse su confianza y terminar decapitándolo. Asimismo, en la mitología nórdica, encontramos el caso de Freya, que es ofrecida por Loki y Odín a un extranjero que promete construir a cambio un muro que los proteja de trols y gigantes de hielo.

Judith y Holofernes, de Caravaggio

Una versión más elaborada de este motivo la podemos descubrir en Tess, la de los Urberville, la novela de Thomas Hardy, que no por casualidad fue relanzada en forma de novela erótico-romántica tras el éxito de Cincuenta sombras de Grey. Sin embargo, en ella nos encontramos con una historia de acoso y agresión sexual: su adolescente protagonista es violada mientras duerme.

A partir de ese momento, su vida se convertirá en un infierno consistente en purgar "la culpa" de su pecado original. El ejemplo de Tess es utilizado como crítica a la doble moral victoriana, precisamente porque la construcción de la novela nos revela que la joven adolescente sirve de víctima propiciatoria, de chivo expiatorio de una sociedad enferma. Tess es sacrificada para suprimir el conflicto: si la culpa es de la mujer seductora, de la campestre facilona, los hombres civilizados quedan completamente libres de falta.

IV. Criada sexual: la violación como cultura

La parábola sobre la que Margaret Atwood construyó el universo distópico de El cuento de la criada hace explícita una idea que nunca antes había sido formulada con tanta fuerza en la literatura: nuestra cultura patriarcal se asienta sobre la violación ritualizada de las mujeres.

Ya no es la lujuria o la moral depravada de un noble lo que origina el abuso. No es posible tampoco culpar a una sociedad en descomposición. El violador deja de ser el otro, la alteridad profunda, para inscribirse en la normalidad: es el amable padre de familia, es el devoto religioso, es el político preocupado por el bienestar de nuestro país. Violadores somos todos, activa o pasivamente, como cómplices de un sistema que abandona las mujeres al rol de criada sexual.

Y aunque la novela de Atwood no sea el primer caso de ficción que trata la representación de la violencia sexual con consciencia crítica, lo cierto es que el éxito de la adaptación de Netflix ha supuesto que su profundo cuestionamiento del imaginario literario permee en nuestro lenguaje, en nuestras metáforas, en nuestras retóricas.

La violación de Lucrecia, de Hans von Aechen

Ya no deberíamos poder representar la violación del mismo modo, relegando las mujeres a un papel pasivo, convirtiéndolas en un cuerpo sin voz. La violación como excusa para hablar de otras cosas, como motor de la trama, como cómico enredo de faldas. Tampoco podemos pensarlas como un utilitario mal necesario o chivo expiatorio, pues si algo enseña El cuento de la criada es que la felicidad de una parte de la sociedad no puede sustentarse en la explotación de una minoría.

Y luego está la ira, está la venganza. Hasta ahora, la culpable de la violación era la víctima: incluso lo era triplemente, como nos enseña el caso de Calisto. En el mejor de los casos, se aceptaba lo indecoroso del comportamiento del agresor y se buscaba un arreglo o solución de compromiso, que permitiera restituir la virtud pública de la agraviada. Pero una representación crítica de la violación, como la de Atwood, demanda que esta siempre esté conjugada con la venganza.

LEER MÁS: Ellos la violaron primero, ahora vosotros le queréis cortar la lengua

Por esto, la publicación de V y V. Violación y venganza, novela de Pilar Bellver —que reinventa otra de las representaciones clásicas de la violación, la que hace Ovidio en el mito de Filomela y Tereo—, es el mejor colofón posible para cerrar este pequeño recorrido y apuntar hacia el futuro.

"En el ideario de los hombres, a la mujer no le caben ni la ira ni la venganza. Reivindicamos, pues, contigo, furiosa Filomela, nuestro derecho a la ira y a la venganza. No porque ira y venganza sean loables, no por tanto, sino por menos, porque nos son negadas."

share